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HISTORIA

La siniestra leyenda del maniquí que camina por Paseo de la Reforma

Por: Gabriela Castillo23 de septiembre de 2022

¿Alguna vez has caminado por las oscuras calles de Reforma durante la noche? Después de leer estas historias, quizá no quieras hacerlo más.

Si alguna vez has caminado por las calles de la Ciudad de México de noche, entonces sabes que encontrar personajes excéntricos es relativamente normal. Como en cualquier urbe gigantesca, la capital mexicana es transitada por miles de personas; su vida nocturna hace más común que las avenidas importantes y el transporte público se llenen de personas que salen de fiesta o se dirigen a sus empleos de madrugada. Lo que no es normal es encontrarse con un maniquí que camina en pleno Paseo de la Reforma, con vestido de novia, sin ser impulsado por nada más que sus piernas de plástico.

El maniquí de la colonia San Rafael

Hay habitantes de la ciudad que aseguran haber visto al extraño maniquí. En el podcast Relatos de la Noche, Horacio Martínez comparte una experiencia en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, en una casa abandonada que “parece salida de una película de terror, de dos pisos y de acabados finos y viejos que parece abandonada más bien, no muy lejos de Insurgentes”.

Él dice que un día tuvo una reunión en casa de un amigo suyo, quien rentaba un departamento a pocos metros de la casa abandonada. “Mi mejor amigo, Héctor, y yo estábamos en una fiesta por el rumbo del centro cuando nos hablaron por teléfono para recordarnos que habíamos quedado de ir. Nos despedimos de los amigos con quienes estábamos y tomamos un taxi hasta la San Rafael. Ahí nos íbamos a reunir con los amigos de la prepa”.

Todo iba normal hasta que su amigo, quien no les dio la dirección exacta donde sería la reunión, les dijo que debían llegar a “cierto hotel” y los verían ahí afuera, cerca de la una de la mañana. Cuando llegaron, caminaron con sus cuatro amigos rumbo a la casa: “Ellos traían cerveza que compraron quién sabe dónde y hablaban de algo extraño que acababan de ver”.

“’Nada’, dijo uno. ‘Es que vimos a una señora muy rara afuera de donde nos vendieron las chelas, traía como una máscara’. ‘Era un mono’, interrumpió otro. ‘Estos weyes se asustaron con un mono’”. Los amigos discutían sobre la posible naturaleza de la extraña mujer a la que acababan de ver, pero un sonido apagó las risas: detrás de ellos se escuchó un extraño sonido, seguido de algo que los espantó a todos. “Vi cómo mis amigos pelaban los ojos, gritaron y empezaron a correr calle arriba. Me giré de nuevo para ver hacia atrás (...) lo que vi fue a una mujer caminar por en medio de la calle hacia nosotros, hacia mí, que era el único que se había quedado pasmado por la impresión”.

Él describe a la “mujer” como un ser que caminaba de forma muy extraña, en la punta de sus pies y en reversa. “Parecía correr, pero lo hacía de puntitas, aunque los brazos los tenía estirados y a los lados como si fueran prótesis que caminaban inertes”. De repente, la criatura giró y se metió corriendo a una casa. “Era esa casa que parece haber salido de una historia de fantasmas”, cuenta. “Pero aquello, aquello era real”.

Al calor de las cervezas, unos minutos después, el grupo de amigos estaba más divertido que asustado por lo que acababan de ver. “Vamos a ver quién es, vamos a meternos”, decían. Aunque él trató de disuadirlos, ellos salieron a investigar y, con suerte, entrar a la casa. La criatura había abierto una reja para entrar a la casa pero, cuando ellos llegaron, esta estaba cerrada con candado. Fue así que decidieron saltarla.

Algo abrió lentamente la ventana del segundo piso. ”Era un maniquí o... parecía serlo. O era una persona con una máscara, pero sigue siendo la visión más horrible que he soportado en la vida”. Todos corrieron hacia Insurgentes y pidieron un taxi, en el que volvieron a la fiesta del centro en la que se encontraron originalmente. Esa noche, él cuenta que tuvo muchas pesadillas en las que entraba a la casa del maniquí y la recorría por dentro, abriendo cada una de las puertas, con miedo de encontrar al objeto en cada habitación.

El maniquí de la colonia Roma

Otro testimonio cuenta que, después de un turno laboral en la colonia Roma de la Ciudad de México, que también es aledaña a Paseo de la Reforma, un trabajador salió a la enorme avenida completamente desierta, sin gente ni autos. “Me despedí de mis compañeros que caminaban al Metro Sevilla y yo caminaba por Reforma unos veinte minutos hasta llegar avenida Insurgentes, donde tomaría mi metrobús hacia el norte de la ciudad”.

“Sentí un frío que me estremeció y me hizo apresurar el paso (...) Por primera vez me sentí con cierto miedo en aquella calle que siempre me había parecido la más segura de la ciudad para caminar a cualquier hora”. Él intentó trotar para alejarse de la zona y de ese sentimiento, pero se lesionó el tobillo. Fue en ese momento cuando miró hacia un local comercial vacío, donde sintió que alguien lo miraba.

“Pensé que alguien me estaba mirando en la oscuridad y por un momento sentí terror, pero me calmé al darme cuenta de que solo era un maniquí. Un maniquí al que por alguna razón habían dejado atrás cuando vaciaron aquel espacio y solo estaba ahí, con una de las manos extendidas hacia la calle, hacia mí”.

Él sintió una extraña tristeza y ganas de llorar, lo que lo hizo alejarse más. Pero escuchó el ruido de la puerta del negocio que se abría detrás de él. Cuando miró de nuevo, el maniquí ya no estaba ahí. “No sé si alguien estaba ahí dentro y movió el maniquí para asustarme”, dice, pero no se quedó a averiguar. Logró alcanzar el último metrobús de la noche y, desde la seguridad del transporte público, miró una última vez hacia Reforma.

“Ahí, no me lo van a creer, pero ahí vi a una silueta vestida como el maniquí que había visto en el local vacío. Si alguien me estaba jugando una broma, había corrido con aquel maniquí para pararlo en ese lugar y que yo pudiera verlo. Es increíble pero eso es lo que yo quiero pensar, porque si no quiere decir que aquello se movió y que caminó detrás de mí por Reforma y que llegué a tiempo para tomar apenas el último viaje del metrobús”.

El maniquí de la colonia Juárez

La última historia es de una mujer que vivía en la colonia Juárez de la Ciudad de México y quien acostumbraba salir a correr por Paseo de la Reforma a altas horas de la noche, para guardar la distancia con otras personas en la pandemia. “Recuerdo que cuando estaba por salir mi gatito empezó a llorar como si algo le doliera, casi como si quisiera decirme algo”.

“Ni siquiera era tan tarde, apenas iban a dar las 11, pero ya no se veía a nadie en la calle”, cuenta. “Empecé a correr pensando en llegar a la altura de la Torre Mayor para de ahí volver. Me comencé a sentir rara, incómoda, con cierta ansiedad. Me sentía muy alerta, como si tuviera que tener cuidado”. En los alrededores del rascacielos las luces estaban apagadas, pero ella pensó que era parte de un plan para disuadir a la población de salir de sus casas.

Después de tomar un breve descanso decidió regresar por el mismo camino, el de las luces apagadas. “No sé bien a bien cómo explicar lo que ocurrió a continuación, pero de pronto no se escuchaba nada, ni cerca ni a lo lejos, como si me hubiera puesto unos tapones para los oídos (...) Entonces, a unos 40 metros de mí, en la oscuridad, salió una figura que se encaminó en mi dirección. Podía ver la silueta con claridad. Corrí en diagonal para alejarme, pero la figura avanzó hacia allá también. Ya estaba segura, no había duda, venía por mí”.

La figura, dice, era un señor al que ya había visto antes, quien le hacía señas. Ella tomó el gas pimienta de su cangurera, lista para defenderse, cuando escuchó lo que el hombre le decía: “Cuidado, no, no avances”. Señaló detrás de él, hacia donde ella se dirigía, y allí vio algo que cruzaba Paseo de la Reforma. “Parecía que estaba vestida de mujer, con ropa muy vieja, y cruzaba lentamente, con pasos torpes”. La “mujer” caminó hacia una rejilla de desagüe, la retiró como si no pesara nada y se introdujo en la coladera.


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