Las llaman locas, enfermas, pacientes, internas; pero humanas, ni pensarlo. A pesar de que están destinados al bienestar de una comunidad, algunos hospitales y centros de salud se convierten en el perfecto sinónimo del infierno; encerrados entre sus muros se encuentran personas aisladas esperando, si no un diagnóstico, la misma muerte. La horrible sensación de estar ahí dentro hace que llamarles personas les devuelva la esperanza que habían perdido justo cuando pudieron percatarse de que sus rasgos de personalidad se habían convertido poco más que números determinados por los dígitos de su cama y cuarto. El mundo les olvidó mientras ellos trataban de incorporarse a cualquier precio.

Sus rostros son el reflejo de nuestro egoísmo y de qué tan dispuestos estamos a cargar con el dolor de los demás con tal de sentir que la estamos gozando plenamente de una libertad de la cual ni siquiera tengamos la certeza de que existe. Basta con evocar a la historia de La Castañeda para entender que los hospitales psiquiátricos son palacios de la locura en donde los verdaderos desquiciados son quienes, sin tocarse el corazón, someten a maltratos y encierro a personas que ingresaron a esos lugares con la fe de volver a encontrar la belleza de la libertad más allá de todas las voces que rondan en sus cabezas.

Han pasado poco más de 100 años de que La Castañeda abrió sus puertas, sin embargo, es increíble enterarnos que no basta un siglo para que estas atrocidades paren. Paz Errázuriz a través de su serie fotográfica Antesala de un desnudo nos da una visión de la crueldad que se vive en estas prisiones. Hablar en presente sobre las escenas de esta serie de 1999 es necesario para que quienes se enfrentan a ellas se percaten de que la locura y la crueldad siguen tan vigentes como en ese momento.

Pocas cosas hablan más de la deshumanización en estos centros que las tomas de Errázuriz, el hecho de ver ancianas desnudas y encerradas en un enorme baño nos habla de la crueldad que incluso les ha arrebatado su privacidad que en otro momento fue el único rasgo de humanidad que les quedaba.

Visto desde un enfoque diferente, aunque no menos desesperanzador, es justo esa desnudez la que les permite reconocerse humanas, ya no son parte de un sistema absurdo que encarcela a quienes son diferentes. En este sentido, ese baño es una cámara que les devuelve la posibilidad de despojarse del carácter de internas, locas o pacientes, para reconocerse como parte de una comunidad de personas capaces de valerse por sí mismas. No importa si es en la sencillez de un baño, el hecho de saber que hay más como ellas devuelve a sus rostros una mirada que parecía haberse perdido en la blancura de un acta de ingreso.

Incluso quien se enfrenta a estas fotos sin conocer su contexto se percata de ese ir y venir de la locura, misma que no deja de ser asfixiante y perturbadora en cuanto se vuelve el pretexto perfecto para arrebatar a alguien no sólo las esperanzas de vivir, sino la posibilidad de sentirse como lo que son en realidad: humanos que, como series sociales, necesitan establecer relaciones con otros individuos para no perder la cabeza.

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Para conocer más acerca del trabajo de Paz Erráuriz puedes dirigirte a su página en donde además de Antesala de un desnudo encontrarás otras series poderosas.
