Dolor, pobreza y sangre: los hombres que flagelan su cuerpo en el metro

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por agosto 15, 2017
Dolor
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Las marcas en sus espaldas son jeroglíficos que cuentan la historia de la desigualdad en nuestro país. Sus muecas, los focos, botellas y ventanas rotas son sinónimo indiscutible de la indiferencia que nos invade cuando los vemos caer desde las alturas hasta esa cama punzocortante que amenaza con convertirse en su destino. Para el capitalino promedio son otro espectáculo de ese circo que se esconde en el hormigón; para un visitante, quizá sean algo más, pero prefieren ignorarles ante la creciente amenaza de la violencia.

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El sufrimiento de ser faquir en la Ciudad de México no se encuentra en los pedazos de cristal que se clavan indiscriminadamente en el cuerpo de estos mártires de la posmodernidad, sino en la desigualdad social que en un principio los llevó a flagelarse para “divertir” a aquellos que ni siquiera quieren voltear a verlos. En efecto, es un espectáculo difícil de apreciar, sin embargo, también es una estampa típica en el metro o, por las noches, en el punto en el que se juntan la Avenida las Torres y Calzada Minas de Arena.

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Tradicionalmente la palabra ‘faquir’, en efecto, se utiliza para designar a una persona pobre. Sin embargo, también para los ascetas orientales que dedican su vida a realizar esta práctica con el fin de conseguir la iluminación o algo que los salve de la banalidad del mundo y los eleve a una calidad de santos de la vida real. Con los taumaturgos mexicanos, los nuestros, la cosa no es tan diferente, sólo que su iluminación se extiende a lo terrenal y se traduce en una moneda que bien puede convertirse en cuatrocientos o apenas cincuenta pesos; mismos que no sólo son la promesa de salvación para quienes se flagelan, sino para toda su familia.

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«”No les voy a dar dinero porque lastimen su cuerpo”, dice una señora que lleva una figura religiosa de cerámica de un metro de altura».

Sergio Otoniel Zuloaga

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Gracias a Sergio Otoniel Zuloaga y a Daniel Geyne es como tenemos acceso a la sensible realidad que rodea a personas como “Chino”, “Coreanito” y “Cheque”, tres hombres que literalmente se juegan el pellejo para que algún día sus hijos vean este “oficio” como algo lejano. Al menos ésa es la visión de Chino, quien a base de cortes en la espalda, paga esa educación que le promete a él y a su familia una vida vida lejos del tendencioso juicio de la gente que, más que mártires o asceta del asfalto, los mira como si fuesen ladrones que con trucos que distraen a la audiencia para arrebatarles sus pertenencias.

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«No. Ya estamos estudiando para echarle más ganas. Tú y yo sabemos que esto se va a acabar algún día. Por eso queremos seguir en la escuela».

Chino

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Probablemente ese miedo injustificado que un transeúnte común siente al verlos volar entre los tubos del metro, se traduce en la desconfianza que estos hombres sienten del resto del mundo, ése que los lanzó a los vidrios para su divertimento y sin embargo se niega a ver a la cara. ¿Será que por fin se dio cuenta de que su realidad es causa de vergüenza? Es difícil saberlo, pero puede adivinarse a través de las pocas palabras que algunos faquires intercambian con Zuloaga, temerosos de que el halo de delincuencia y drogadicción que injustamente los persigue continúe creciendo.

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«Regresan a su jornada, con otros faquires. Habíamos pedido a los adultos que hablaran, pero se negaron. No ganarían nada. No les ayudaría; al contrario, los denostaríamos. Les diríamos drogadictos y aprovechados, porque así los han calificaron antes en “algunos medios”».

Sergio Otoniel Zuloaga

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Resulta una decisión difícil continuar alimentando esta tradición que inevitablemente alude a la marginalidad, por el momento, lo único a lo que aspiran Coreanito y Chino es a seguir aspirando los asfixiantes vapores de orines, esmog y urbanidad que impregnan el aire dentro de los andenes del metro capitalino.

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