“Uno de mis compañeros, creo que su nombre es Fujimoto, murmuró algo y señaló un punto en el cielo –un B-29 viene en camino– dijo. Me puse de pie, aunque aún no estaba del todo parado cuando sucedió. Todo lo que puedo recordar es una luz pálida que duró dos o tres segundos. Luego me desmayé. No sé cuánto tiempo estuve así antes de despertar. Fue horrible, realmente horrible. El humo salía de los escombros, el polvo se esparcía por todos lados. Estaba atrapado entre los escombros y sentía mucho dolor, aunque quizá eso fue lo que me despertó. No podía moverme, ni siquiera un poco, pero luego escuché a diez compañeros cantando la canción de mi escuela. Lo recuerdo. Escuchaba sollozos, alguien llamaba a su madre, pero todos los que estaban vivos cantaban esa canción. Creo que me uní al coro, creíamos que alguien vendría a ayudarnos, y por eso cantábamos tan alto. Pero nadie vino, por lo que dejamos de cantar, uno a uno, hasta que canté solo.

Empecé a sentir el miedo apoderarse de mí, y utilizando toda mi fuerza comencé a mover los escombros. Finalmente logré remover lo que había encima de mi cabeza, y fue hasta entonces que me percaté de la escala de destrucción. El cielo sobre Hiroshima estaba negro, algo parecido a un tornado o una bola gigante de fuego asaltaba la ciudad. Sólo estaba herido en la boca y alrededor de mis brazos, y aunque había perdido mucha sangre, estaba bien. Creí que podía escapar, pero tenía miedo de escapar sólo. Todos los días habíamos tenido simulacros militares, y nos dijeron que huir sólo era un acto de cobardía, por lo que pensé que debía ir con alguien más.

Me arrastré por los escombros, buscando a alguien con vida y encontré a un compañero y lo tomé en mis brazos. Es difícil decirlo pero su cráneo estaba abierto, su carne colgaba y sólo tenía un ojo, el cual me miraba fijamente. Murmuraba algo que no entendía, tomé su mano y noté que quería agarrar el cuaderno que traía en el bolsillo de la camisa. Le pregunté si quería que se lo entregara a su madre. Asintió con la cabeza, y antes de desmayarse le escuché llamar a su madre un par de veces. Creí que podía llevarlo conmigo, pero su cuerpo estaba atrapado en los escombros, y me pidió que me fuera. En ese momento otra ala de la escuela comenzó a incendiarse, por lo que intenté llegar al patio. A pesar de que había mucho humo, vi que había arena y empecé a correr en esa dirección. Miré hacia atrás y vi a mi compañero Wada viéndome. Aún recuerdo esa situación, misma que perdura en mis sueños. Sentí lástima por él pero fue la última vez que lo vi, y mientras corría sentía las manos de mis compañeros que intentaban sujetarme de los tobillos. Es horrible decirlo, pero lo único que podía hacer era patear sus manos. Aún me siento mal por ello.
Fui al Puente Miyuki para tomar un poco de agua. En la orilla del río vi a mucha gente tirada y el camino al río estaba lleno de gente que se abría paso para tomar agua. Era pequeño, por lo que me abrí paso entre los adultos, sólo para ver que el agua era en realidad gente muerta, por lo que tuve que empujar los cadáveres para tomar del agua convertida en lodo. No sabíamos nada de radioactividad en ese entonces. Me puse de pie y noté todos los cadáveres que flotaban en el río. No encuentro las palabras para describirlo. Fue horrible. Sentí miedo. En lugar de internarme en el agua, fui hacia la orilla. No podía moverme y no encontraba mi sombra. Miré hacia arriba y vi la gran nube en forma de hongo creciendo en el cielo. Era muy brillosa, tenía tanto calor dentro. Vi la luz y noté que mostraba todos los colores del arcoiris. Es extraño, pero recordando ese momento, diría que era hermosa. Viendo la gran nube, creí que nunca volvería a ver a mi madre, ni que tampoco a mi hermano menor. Y luego, perdí la conciencia”.

Yoshitaka Kawamoto [1]
Kawamoto tenía 13 años en 1945, y mientras tomaba clase en su escuela ubicada a 0.8 kilómetros del hipocentro, la bomba Little Boy hizo explosión. Los 13 kilotones de TNT de la bomba de uranio construida gracias al Proyecto Manhattan, explotaron aproximadamente a las 8:15 horas del 6 de agosto a una altura de 600 metros sobre la ciudad. La gran bola descrita por Kawamoto, actual Director del Museo Memorial de Hiroshima, se produjo después de que la bomba elevara la temperatura a más de un millón de grados centígrados, hecho que incendió el aire circundante y creó una gigantesca bola de fuego de 256 metros de diámetro.
El ataque, inédito hasta ese momento, provocó la destrucción del 70 por ciento de la ciudad y la muerte de 80 mil personas, un 30 por ciento de la población. El resto de Japón se enteró del ataque cuando los servicios de Hiroshima dejaron de funcionar, como la estación de radio y la principal línea telegráfica, mientras que las ciudades cercanas comenzaron a recibir informes de “una nube siniestra”, “un terrible destello” y “un fuerte estruendo”.

A raíz de la explosión de Hiroshima, y la de Nagasaki 3 días después, el mundo conoció el poder destructivo del ser humano en toda su siniestra gloria. A partir de ese momento, el mundo entró en una profunda crisis internacional con la amenaza nuclear como constante recordatorio de lo efímero de la vida y el absoluto poder de las grandes potencias para decidir el futuro de todo el mundo.
La fotógrafa Ishiuchi Miyako aceptó la invitación para honrar a las víctimas del ataque nuclear de Hiroshima de forma individual, centrándose no en la cifra de muertos sino en las historias evaporadas de cada persona que falleció durante el ataque. Para ello, el Museo Memorial para la Paz de Hiroshima le dio acceso a las prendas, objetos y recuerdos recuperados después de la tragedia, muchos de ellos recogidos de las calles o donados por los familiares de las víctimas.

Miyako ya había trabajado en una temática similar en su serie fotográfica Mother’s, en la cual fotografió las pertenencias de su madre tras su muerte, logrando conectar con un pasado que se antojaba lejano y que le permitió entender a su madre. Ahora, con este proyecto que se remonta a 2007, la fotógrafa japonesa aborda la tragedia desde una perspectiva distinta, alejada de otros artistas que centraron su trabajo en la destrucción de la ciudad y el radical cambio del horizonte japonés. Entre el gran número de objetos disponibles en el Museo, Miyako tuvo un particular interés por los objetos que tuvieron contacto con el cuerpo humano: vestidos, anteojos, relojes, pantalones, blusas, camisas, calcetines, medias.
La intención de la fotógrafa consistió en conectar, recordar e identificar a la persona que utilizó tal o cual objeto, algo que podría servir para empezar a entender el concepto del horror detrás de la tragedia, mismo que no entenderíamos de otro modo. Un hecho experimentado por Miyako, quien no conocía la ciudad antes de comenzar el proyecto, y cuando inspeccionó los objetos resguardados por el Museo Memorial, descubrió que las prendas mantenían los colores, patrones e incluso la textura. Dichas características, que hablaban de la existencia de un ser vivo detrás de tal o cual prenda, motivó a Miyako a describir pequeñas historias, como “la muerte de una niña sin nombre que traía consigo una blusa floral”.

Anteojos que se rompieron al instante en que su dueño sufrió el embate de la gran bola de fuego; relojes oxidados que parecían perdidos en el fondo del río Orta; medias que adornaron las piernas de un cadáver; y un fragmento de dentadura postiza que se salvó del fuego que mató a su dueño. Cada uno de los objetos fotografiados por Miyako trae consigo una horrenda historia detrás, una vida con sueños y anhelos que terminó con el hermoso arcoiris del gigantesco hongo. Silenciosas historias que acompañan los testimonios de los sobrevivientes, cuya vida cambió en tres segundos en que el cielo se iluminó, y que hoy figuran como testigos de aquello que no debe repetirse nunca más, porque de suceder, acabaría con la Humanidad.

La selección final de Miyako consiste en 219 fotografías a color, mismas que forman parte del libro: Here and now: Atomic bomb artifacts / Hiroshima 1945-2007. Además, el proyecto fue expuesto en la galería Andrew Roth en 2014. Todas las fotografías aquí expuestas son propiedad de Ishiuchi Miyako.





***
[1] Testimony of Yoshitaka Kawamoto. Voices of Hibakusha.
Referencia de las imágenes: Slate
