Un hombre jamás encuentra el erotismo en compañía de sus amigos, eso le convierte en gay.

Las muestras de afecto entre dos hombres es completamente inaceptables.
Todo vínculo emocional entre dos varones debe ser familiar; de lo contrario, su masculinidad está en juego.

Cualquier señal de homoerotismo o sexualidad diversa en un hombre indica que éste desea convertirse en mujer y, claro, no hay nada más aberrante que querer eso.
Un hombre tiene prohibido extrañar a otro hombre.

Es intolerable que cualquier varón quiera compartir tiempo con un congénere.
Experimentar contacto con alguien del mismo género vuelve a todo hombre en presa de la homosexualidad.

El deseo sólo debe presentársele al género masculino en forma de vulva.
La orientación de esos deseos es una opción deliberada que puede modificarse a voluntad.

Un hombre que no se siente atraído por una mujer, acosa entonces a gente de su mismo género en busca del perjuicio de los otros.
Toda relación sexual que involucre a un hombre conlleva alguna penetración.

Toda actividad sexual requiere forzosamente una erección.
El punto G de un hombre es inalcanzable; llegar a él implica dañar su hombría.

Sólo los hombres con un pene descomunal pueden provocar grandes placeres en la cama.
Los hombres jamás lloran ni entran en contacto con su sentimientos.

Ellos, en una relación heterosexual, son quienes siempre llevan la batuta en términos carnales.
Todo hombre debe dejarse llevar, salvajemente, por los atributos femeninos.

Cuando a alguno le gustan atributos no físicos de su pareja (inteligencia, sentimientos, valores, etcétera) no se trata de un “verdadero hombre”.
Los afectos de un hombre deben dirigirse con exclusividad hacia una mujer; en caso opuesto, la masculinidad no está cumpliendo con sus cometidos y vulnera la hombría de los demás. No hay razones naturales para querer o amar a otro hombre.

Con estas y otras mentiras solemos atacar al género masculino y sus prácticas sin percatarnos de que son sólo prejuicios.
Las fotografías que acompañan a este texto pertenecieron alguna vez a Herbert Mitchell, fallecido exbibliotecario de la Universidad de Columbia y quien heredó estas curiosas imágenes al Metropolitan Museum of Art. Coleccionista obsesivo de antigüedades y rarezas, Mitchell guardaba celosamente estos retratos que datan del siglo XIX –entre 1850 y 1890– y muestran a hombres tomados cariñosamente de las manos, con las piernas entrecruzadas y disfrutando de contacto íntimo sin ningún rastro evidente de culpa, autocensura o asco. Ninguna de las capturas se acompaña de leyenda o identificación, dejando la relación entre los modelos a total interpretación del espectador. Una de las apuestas es que no todos los sujetos involucrados eran homosexuales ni se encontraban atraídos, aunque podían lidiar con la representación erótica de las tomas siendo nada más que amigos, parientes o compañeros. ¿Y quién les podría culpar? ¿Tomarse de la mano les haría gays al instante?

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