Cuando niño solía preguntarme por el sentido de algunas palabras, no por su fonética o etimología, sino por el significado obtuso que éstas siempre tuvieron para mí. Verdad, mentira, tiempo, estrella, viento, olvido, corazón, Dios, Diablo, Mujer, etc. –nótese que éstas últimas tres inician en mayúscula por su similitud y alias-. Sin excepción alguna estas palabras y otras más inquietaban algo en mí. No pude contentar mi necesidad con las respuestas que para entonces estaban al alcance de un niño de siete años. Confieso que el diccionario nunca fue de mi agrado y por ello encomendé mi ceguera a los adultos… Error. Me dijeron mil y una cosas que sólo encajaba con su verdad. El viejo me recitaba el significado de las palabras según su diccionario esotérico y, aunque las letras ahí encontradas se acercaban más a lo metafísico de estos menesteres, aun así parecían no contentar al flacucho tipillo de lentes que solía ser.
Entonces liberé estas palabras vertiéndolas en mi cráneo por algunos años esperando su fermentación para después catarlas viendo dulcemente que el tiempo –por eso me interesa tanto esta palabra-, mis ratos de lectura, curiosidad, el deseo de aventura y sobre todo un lóbrego carácter habían hecho buen trabajo con ellas, ahora se volvían a mí en forma de poemas.

Hubo un día en que pateando basura –páginas y textos sin relevancia- me encontré con el Lexicógrafo del Diablo y, como ya no le tenía miedo a la palabra Diablo con mayúscula –sería injusto escribir el nombre de un contendiente en minúsculas si el de la otra esquina esta con mayúscula, ¿cierto?- porque el viejo ya me había convencido de que el hombre sólo le teme a lo que desconoce, yo por supuesto no conocía al Diablo pero sí sabía cómo erradicarlo de mí, no con un rezo como me habían enseñado, sino blandiendo la espada de mi verdad, y una vez más la palabra verdad venía a mí.
El Lexicógrafo del diablo, un tipo de estilo lúgubre, sádico, sagaz, mordaz y sobre todo sabedor de letras, fue capaz de heredarnos El diccionario del Diablo, obra que muestra su percepción Misantrópica –no lo culpo por sus argumentos, ni por mis razones- y su avidez por definir su mundo con excelsitud.

Ambrose Bierce confeccionó esta obra durante 1881 y 1906, construyéndola de 998 sulfúricas definiciones que tarareaba en su corazón y aún lo hacen en este individuo que ahora les presenta algunas de sus definiciones predilectas del diccionario del Diablo según su necesidad de reír:
Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.
Amor, s. Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expande entre las razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente para el médico que para el enfermo.
Ayer, s. Infancia de la juventud, juventud de la madurez, el pasado entero de la ancianidad.
Boca, s. En el hombre, puerta de entrada al alma; en la mujer, vía de salida del corazón.
Boda, s. Ceremonia por la que dos personas se proponen convertirse en una, una se propone convertirse en nada, y nada se propone volverse soportable.
Bruto, s. Ver Marido.
Cerebro, s. Aparato con que pensamos que pensamos. Lo que distingue al hombre contento, con “ser” algo del que quiere “hacer” algo. Un hombre de mucho dinero, o de posición prominente, tiene por 32 lo común tanto cerebro en la cabeza que sus vecinos no pueden conservar el sombrero puesto. En nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo de las preocupaciones del poder.
Cobarde, adj. Dícese del que en una emergencia peligrosa piensa con las piernas.
Destino, s. Justificación del crimen de un tirano; pretexto del fracaso de un imbécil.
Distancia, s. Único bien que los ricos permiten conservar a los pobres.

Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.
Emoción, s. Enfermedad postrante causada por el ascenso del corazón a la cabeza. A veces viene acompañada de una copiosa descarga de cloruro de sodio disuelto en agua, proveniente de los ojos.
Entusiasmo, s. Dolencia de la juventud, curable con pequeñas dosis de arrepentimiento y aplicaciones externas de experiencia.
Fidelidad, s. Virtud que caracteriza a los que están por ser traicionados.
Filosofía, s. Camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada.
Gato, s. Autómata blando e indestructible que nos da la naturaleza para que lo pateemos cuando las cosas andan mal en el círculo doméstico.
Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.
Hombre, s. Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso, se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.
Ignorante, s. Persona desprovista de ciertos conocimientos que usted posee, y sabedora de otras cosas que usted ignora.
Inmigrante, s. Persona inculta que piensa que un país es mejor que otro.
Juventud, s. Período de lo Posible, cuando Arquímedes encuentra un punto de apoyo. Casandra tiene quien la escuche y siete ciudades compiten por el honor de mantener a un Homero viviente.
Ladrón, s. Comerciante candoroso. Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire dijo:-Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos —y se calló. Como los demás lo alentaron a proseguir, añadió: -Ese es el cuento.
Libertad, s. Uno de los bienes más preciosos de la Imaginación, que permite eludir cinco o seis entre los infinitos métodos de coerción con que se ejerce la autoridad. Condición política de la que cada nación cree tener un virtual monopolio. Independencia. La distinción entre libertad e independencia es más bien vaga, los naturalistas no han encontrado especímenes vivos de ninguna de las dos.
Locura, s. Ese “don y divina facultad” cuya energía creadora y ordenadora inspira el espíritu del hombre, guía sus actos y adorna su vida.
Matar, v. t. Crear una vacante sin designar un sucesor.
Mío, adj. Lo que me pertenece, siempre que pueda apropiármelo.
Niñez, s. Período de la vida humana intermedio entre la idiotez de la primera infancia y la locura de la juventud, a dos pasos del pecado de la adultez, y a tres del remordimiento de la ancianidad.
Olvido, s. Estado en que los malos cesan de luchar y los tristes reposan. Eterno basurero de la fama. Cámara fría de las más altas esperanzas. Lugar donde los autores ambiciosos reencuentran sus obras sin orgullo, y a sus superiores sin envidia. Dormitorio desprovisto de reloj despertador.
Pandemonium, s. Literalmente, Lugar de Todos los Demonios. La mayoría de ellos han ido a refugiarse en la política y las finanzas, y el lugar se usa ahora como salón de conferencias del Reformador Vocinglero. Cuando son perturbados por su voz, los antiguos ecos clamorean apropiadas respuestas que halagan mucho su orgullo.
Pasado, s. Pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento. Una línea móvil llamada Presente lo separa de un período imaginario llamado Futuro. Estas dos grandes porciones de la Eternidad una de las cuales borra continuamente a la otra, son eternamente distintas. Una está oscurecida por la pena y el desengaño, la otra iluminada por la prosperidad y la alegría. El Pasado es la región de los sollozos, el Futuro, el reino del canto. En uno se acurruca la Memoria, vestida con un sayal, la cabeza cubierta de ceniza, musitando plegarias penitenciales; en la luz solar del otro vuela la Esperanza llamándonos a los templos del éxito y los pabellones del placer. Sin embargo, el Pasado es el Futuro de ayer, el Futuro es el Pasado de mañana. Son una misma cosa: el conocimiento y el sueño.
Reverencia, s. Actitud espiritual de un hombre frente a un dios, y de un perro frente a un hombre.
Solo, adj. En mala compañía
Verdad, s. Ingeniosa mixtura de lo que es deseable y lo que es aparente. El descubrimiento de la verdad es el único propósito de la filosofía, que es la más antigua ocupación de la mente humana y tiene buenas perspectivas de seguir existiendo, cada vez, más activa, hasta el fin de los tiempos.
Quien dijera que el Lexicógrafo del diablo, el cínico –como le gustaba definirse- había participado escénicamente en la Revolución Mexicana, formando parte de las filas del general Doroteo Arango, grata sorpresa con la que me topé al enterarme de esto, y más aún cuando supe que ahí mismo se le perdió el rastro. Desapareció en la humareda de la batalla o quizá se ahogó en las tetas de una Soldadera, tampoco lo culpo por sus argumentos, ni por mis razones.
Aforismos, cuentos, fabulas y artículos periodísticos durante su estadía en Norte américa, Londres, y México fueron sus formas de emancipar sus interés y también de ganar una familia que perdería súbitamente por las muerte de dos de hijos, hecho que agrió hasta la médula del hombre y nos trajo esta recalcitrante obra.
