Luiz Carlos Reátegui a través de su cuento reflexiona sobre la fragilidad de la vida y la muerte:
Estoy en un centro comercial por Salaverry y tengo que ir a misa. Una amiga tuvo a bien invitarme. Por alguna razón me escogió entre sus contactos para compartir un momento familiar por alguien que ya no está. Nunca voy a misa. No soy católico. Respeto todas las formas de creencia pero tampoco defiendo ninguna. Desde el primer momento que una religión dice tener la verdad, ya te está mintiendo. Mucho o poco pero siempre para beneficio propio. Por eso creo en Dios a mi manera, soy un creyente de la nueva era. Sin apasionamientos, sin golpearme el pecho acepto la existencia de un ser supremo.
He dejado mi vehículo en la berma de enfrente. Miro hacia los lados, no hay nadie. Me subo, lo enciendo, tuerzo las llantas para poder salir y como si fuera un fantasma, se aparece un cuidador. Siempre aparecen de la nada, a veces, incluso te procuran un susto. Suenan el silbato, te hacen espacio y pasan el trapo. Bien cuidado, maestro. Me dice pidiendo propina. Reviso mi cartera, solo tengo billetes. En uno de mis bolsillos encuentro una moneda de 10 centavos, sin que se dé cuenta, la camuflo con la mano. Cuando veo la calle libre, bajo la ventana y extiendo el brazo. Toma un sol. Le digo. Entrego la moneda y acelero. El cuidador la cuenta entusiasmado. Por el retrovisor leo sus labios. Hijo de puta. Me dice. Lo lamento pero de niño me enseñaron que ahorrar es progreso.

Avanzo despreocupado, sin sentir un ápice de culpa, soy muy pillo, siempre hago lo mismo, tampoco es que sea duro, suficiente tengo con las cuotas del seguro como para estar dando de tanto en tanto un adicional a lo que mensualmente pago. Al doblar la esquina, siento la presencia de la justicia divina. El timón me jalonea a un costado, como queriendo que vuelva para resarcir mi acción, para pedir perdón. No estoy dispuesto a ceder e intento seguir. Ante la negación de la celestial llamada, el soberano me ha pinchado la llanta. Quedo arrinconado y varado. No importa, tengo gato. Pienso. Lo busco y no lo hallo. ¡Qué quieres de mí! Exclamo mirando al cielo y frunciendo el entrecejo. Busco un par de ladrillos y asumo el reto. Un hombre se convierte en varón el día que es capaz de cambiar por sí solo su propia llanta. Se me hinchan las manos, me encuentro embetunado de grasa, polvo y barro. Cae una tenue lluvia, la llave cruz se me resbala y me rompo una uña. Gimoteo de dolor pero no grito, me aguanto y ajusto el asterisco. Finalmente logro mi cometido.
Retorno a mi vehículo y tuerzo las llantas para continuar mi camino. De la nada, otra vez, de una, suena un silbato. Me cago echado. Pienso. Bien cuidadito, patrón. Me dice. Pero qué caraj… cómo mierd… por la put… ¿Tú eres el de la vuelta? Pregunto. No, maestro. Responde el canalla con templado cinismo. Le doy un billete de 10, esta vez soy generoso, no quiero problemas de nuevo así que le dejo el vuelto y me voy.

Llego a misa a tiempo. Ingreso rumiando por todo lo que me ha pasado. Tomo asiento casi adelante. Saludo a mi amiga pero ella ni siquiera nota mi presencia, está ensimismada. No la interrumpo, no entiendo nada de lo que el cura hace. Me duele el dedo y tengo hambre. No sé qué hacer para que se me pase el mal rato. El cura abre los brazos. Dense la paz hermanos. Dice. Tardo unos segundos en reaccionar. Veo a mi lado a una chica espléndida, pelirroja. Le doy la paz y me vuelvo más católico que nunca. La abrazo como si fuese el fin del mundo, ella hace lo propio y yo me aseguro que sienta toda mi paz, esa paz firme, enhiesta, que va creciendo dentro de mí. Siento que ha nacido una nueva criatura entre nosotros. Murmuro. Mi pacificadora me mira risueña, cómplice. Ahora pueden comulgar. Dice el cura. Veo que traen galletitas, cómo muero de hambre, me coloco adelante. Hago la cola dos veces gracias a un monaguillo medio afeminado y medio noble y me alimento por partida doble.
Si siempre dan la paz y galletas, entonces, ésta es mi iglesia, de aquí nadie me mueve. Pienso. El cura concluye la misa. Me acerco donde mi amiga, ella sigue pensativa. ¿Cuánto hay que pagar? Pregunto. Si algo he aprendido a mis años es que nada es gratis en esta vida, siempre hay un interés, un precio de por medio. Yo había dado la paz y comido doblemente. Mi conciencia me decía que algo tenía que pagar.
El precio lo llevas aquí dentro, creer en la esperanza de un mundo nuevo. Me dice colocando su mano en mi pecho. Recuerdo que el cura habló de reencontrarnos con nuestros seres más allá de lo eterno. Entiendo que ella está ahí porque tiene la esperanza de volver a ver a esa persona que se fue. El precio de tener la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve, es el precio de la fe.

Al verla con el corazón abierto en ese momento, le confieso que yo también tengo a alguien en el cielo. La ciencia te dice que los cuerpos son energía y que la energía no muere sino que se transforma, la religión te dice que habrá vida en la segunda venida. En cualquiera de las posiciones sé que mi papá vive en algún lugar a pesar de que haya sido el día del padre, aunque físicamente ya no está. Decido pagar el precio de tener fe y esperar. Te extraño mucho papá. Pienso.
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No volver a ver a un ser querido es sumamente doloroso y la pena es la respuesta emocional a la pérdida, si estás viviendo por algo parecido, te aconsejamos aquí cómo superar los distintos tipos de duelo cuando pierdes a un ser querido. Pero si ya lo has hecho, el fotógrafo que captura la belleza de la muerte en la morgue te dejará maravillado.
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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Vivian Maier.
