Hace unos días me encontré con un tweet de @FaenaAleph recomendando un libro que prometía, según el artículo compartido, recobrar a sus lectores el amor por el Cosmos. Un amor que en mi caso ha ido creciendo a medida que entiendo más y mejores cosas, pero que no le venía mal una sacudida para poner todo en perspectiva. Con este pequeño ensayo no pretendo reseñar la obra que mencionaré a continuación, sino expresar una de las tantas reflexiones que me dejó.
Dicho libro es The Accidental Universe: The World You Thought You Knew, escrito por el físico teórico y novelista Alan Lightman. El libro presenta una serie de ensayos escritos con un fin sistemático, en el cual cada uno se complementa con los demás para formar una explicación sencilla de algunas nociones básicas de cosmología, física, química e incluso teniendo abordajes importantes en el campo de la filosofía y la religión.

Una de sus premisas principales es la teoría del multiverso. El multiverso no es más que la vastedad de universos paralelos al nuestro, ya sea en tiempo, en espacio, o en ambos. Como justificación para dicha teoría, Lightman se basa en la noción de que vivimos en un “universo accidental”, uno que tiene, en contra de todas las probabilidades, las condiciones necesarias para albergar vida, al menos como la conocemos. Esto gracias a la existencia de elementos como el hidrógeno o el oxígeno, necesarios para el diseño natural del agua, sustancia sin la cual, según los científicos, no podría existir vida. Si nos presentamos en un universo tan improbable, no es absurdo pensar que existen otros universos con elementos y dimensiones totalmente distintas a las que percibimos.
Leer esto intensificó esa sensación de insignificancia tan familiar que he sentido desde que conozco la noción del Cosmos y su creciente inmensidad. Lightman, en su ensayo titulado The Gargantuan Universe expresa que la totalidad de materia viva en la Tierra –no sólo humanos, sino también animales, plantas y bacterias– llega a sumar un 0.00000001% de la masa de nuestro planeta. Teniendo esto en consideración, y asumiendo que existe vida en otros planetas en los cuales es conocida la presencia de elementos básicos para sustentarla, la totalidad de “cosas vivas” sería aproximadamente un 0.000000000000001% de la masa en el universo observable hasta la fecha.

Ahora, si formamos parte de un porcentaje tan mínimo en lo que conocemos como “nuestro universo”, ¿qué porcentaje acumularía toda esta materia viva en el multiverso? La frase célebre de Carl Sagan en la que menciona que somos, simplemente, polvo estelar, no llega a expresar lo insignificante que llegamos a ser cuando nos comparamos como especie al espacio que nos rodea. Aun así tenemos desbordes de egoísmo y grandeza ante situaciones o personas.
Alan Lightman establece en su ensayo The Spiritual Universe una división entre dos dimensiones, las cuales, para él, son la dimensión física, el Cosmos como lo conocemos; y la dimensión espiritual, lo intangible pero siempre presente. Una división que expone como razón por la cual la ciencia no puede refutar o probar las premisas religiosas y viceversa. Desde el punto de vista psicoanalítico, existen dos dimensiones en lo que respecta al ser humano, el cuerpo y el yo, siendo éste último la esencia o “alma” de una persona en contraste con su presentación terrenal o corpórea.

No sería descabellado proponer una división dimensional definitiva con respecto al universo físico, una especie de subdivisión a lo que plantea Lightman cuando separa lo material de lo espiritual. Separando así el universo interno, aquel sistema en funcionamiento dentro de los límites de nuestro planeta, del universo externo, aquel que como raza humana apenas comenzamos a descubrir. Después de todo, a todos nos resultaría aún más difícil la búsqueda –a veces eterna– de la plenitud al estar conscientes de nuestra minúscula presencia en el universo.
