
Lo que más me gusta del día es cerrar la oficina e ir a casa; no precisamente por haber terminado la jornada laboral. Creo que caminar es un acto de regeneración, aprendizaje y recreo. Me encanta ir por el camino de regreso a casa, andar por ese “intento” del París de finales del siglo XIX y principios del XX, ese París del que Porfirio Díaz se enamoró.
Hoy al caminar, no me daría cuenta de lo que me rodea, sólo cuidaría no chocar con las personas que vinieran de frente y no ser atropellado por algún vehículo de transporte urbano al cruzar las calles.
Es extraño que pasen al mismo tiempo dos cosas que me fascinan: cuando cierro la puerta con llave y tomo camino, el sol apenas se va metiendo y, tontamente, como todos los humanos, empiezo con planes en la cabeza, a recordar, a emocionarme y a pensar en otras cosas que no tengan que ver con la señora a la que no le devolví el saludo por hacer todo lo anterior.
Fue justo en estos meses que nos hallábamos solos por accidente, platicando, pellizcándonos y mordiéndonos los cachetes uno al otro. Hoy estoy enojado conmigo, me siento triste.
Contigo viví algo que quizá cualquier hombre sueña y lo mandé al carajo. Quería vivirlo, quería atender a tu llamada de esa noche en que me dijiste “me gustas mucho”; quería seguir sintiendo cómo no me besabas, y en su lugar dabas besos a mis labios; no sabía cómo cargar con esa responsabilidad. No sabía ni cómo ser responsable de mi propia persona.

Estoy seguro de lo que sientes por él y de lo que piensas al sentirlo. Hoy no fue un día fácil para ti, lo sé por esos minutos que estarías dentro y que al final fue una hora. Sé que no fue fácil verlo así.
No estoy enamorado, creo. No nos di la oportunidad de estarlo y por últimas fechas no nos la quieres dar. Estoy triste porque me equivoqué, por pensar que estaba cerca.
El sábado estuve a punto de concluir con éxito el plan de no ir a la reunión en casa de tu prima, de no haber sido por que me preguntaste a media noche si iría o no. No quería ir, quería verte. Quiero verte siempre, y te vi espectacular. Lo que sentí cuando mis ojos te alcanzaron no está ni cerca de lo que siento cuando te paras a un lado mío, de lo que siento cuando por accidente (planeado) alcanzo a tocar tu mano con la mía, de lo que parece que va a reventar en la boca de mi estómago cuando tu cara está cerca y tus labios son tan vulnerables.
Estoy triste porque “me cayó el veinte”. No hace falta besarte -como en aquellos días- para sentir que vomitaré mariposas. Hoy tuve que dejar ir miles por la puerta, y tú en el hospital, convirtiendo cinco minutos en sesenta.
Los espasmos en el pecho, cabeza y corazón a veces son consecuencia del dolor que causa el amor y nos vuelve frágiles.
