Si hay algo en lo que Jeff Bezos no está siendo para nada codo, es en su boda. Lo que prometía ser una celebración íntima, o bueno, tan íntima como puede ser la boda de uno de los hombres más ricos del planeta, ha terminado por desatar un caos y mucha polémica en redes.
Jeff Bezos y Lauren Sánchez han llegado a Venecia para casarse, pero lo que muchos veían como una postal de ensueño pronto se convirtió en el centro de un conflicto social, económico y ambiental que ha molestado a gran parte de los venecianos, porque si, la pareja se va a casar en Venecia.
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Y es que no todos están encantados de ver su ciudad transformada en una pasarela de yates enormes, helicópteros y lujo excesivo, pues desde que Bezos puso un pie en Italia, todo ha sido exclusividad: desalojaron a los huéspedes de su hotel, bloquearon calles, tomaron canales con embarcaciones privadas y crearon un sistema de seguridad y logística que no tiene nada contentos a los venecianos.

Aunque la boda podría dejar hasta 30 millones de euros en la ciudad, muchos habitantes de Venecia aseguran que lo que pierden es más grande que lo que ganan: privacidad, tranquilidad y dignidad como ciudadanos y además es aquí donde empieza el debate: ¿puede un hombre tan poderoso “alquilar” una ciudad para casarse?
La polémica detrás de la boda millonaria de Jeff Bezos
Venecia no es nueva en esto de recibir a ricos y famosos. Pero lo que está ocurriendo con la boda de Jeff Bezos y Lauren Sánchez es una cosa de otro nivel. La pareja llegó este miércoles a la ciudad italiana, se paseó en una embarcación privada y se instaló en un hotel que, literalmente, fue desalojado por completo para convertirse en el nido de amor exclusivo del magnate y sus invitados. Entre ellos, figuras como Ivanka Trump, estrellas internacionales y personalidades del mundo empresarial.
Este tipo de acciones, que podría sonar glamuroso en una alfombra roja, ha molestado a los residentes venecianos. No solo porque implica vigilancia y restricciones, sino porque refuerza el problema que lleva años sofocando a la ciudad: la masificación turística y la pérdida del espacio público para fines privados. “El problema no es la boda, el problema es el sistema”, dijo una habitante.
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Con toda esta polémica, asociaciones locales y activistas ya no se quedaron de brazos cruzados. Greenpeace desplegó una pancarta pidiéndole a Bezos que, si tanto le gusta Venecia, que empiece por pagar impuestos. Y hay grupos que incluso planean boicotear la boda con una protesta bastante creativa: llenar los canales de cocodrilos de plástico para arruinar las postales de los invitados en góndola.
Aunque todo apuntaba a que el centro histórico de Venecia sería el escenario principal de la boda, los activistas lograron una pequeña victoria: la ceremonia y el banquete fueron desplazados a un complejo un poco más a las orillas de la ciudad. ¿La razón? El ruido, las protestas, las amenazas de boicot y la presión mediática.
Este tipo de cosas nos siguen demostrando que para los millonarios el cielo es el límite (y eso para algunos), pero muchas veces se deja de lado la realidad de las otras miles de personas que son las que tendrán que lidiar con las consecuencias de sus lujos.
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