Borgman, la metáfora de la violencia

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por julio 23, 2014
Borgman
Borgman

Hace precisamente una semana que veía por primera vez Funny Games (1997), de Michael Haneke, una de las principales películas del maestro de la transgresión en la pantalla. En ésta asistimos a los juegos sádicos de una pareja de jóvenes que irrumpe en casas de campo con el hilarante plan de pedir huevos regalados. Este hecho desencadena una pesadilla para la familia que planeaba pasar unas vacaciones tranquilas y terminó por vivir el infierno de sus vidas.

Funny games - borgman, la metáfora de la violencia

Hace dos ediciones, el Foro de la Cineteca proyectó Alps: Los suplantadores (2011), de Giórgos Lánthimos, película que mostraba a una curiosa compañía teatral compuesta por cuatro personas ordinarias, dedicadas a hacer el papel de difuntos para ayudar a sus seres queridos a sobrellevar la pérdida. Entrar a dicha compañía no es cualquier cosa, y su director es implacable a la hora de exigir el rendimiento adecuado.

Alps - borgman, la metáfora de la violencia

Un cinéfilo que guste de este tipo de cine no podrá dejar pasar las alusiones a estas dos películas europeas. Cintas que vuelan la cabeza, que muerden en la perversión y los miedos humanos. Después de esta introducción –que sirve como conexión- habría que hablar de Borgman (2013), del director Alex Van Warderman. Si bien el cineasta en una entrevista tacha de estúpida la comparación entre su película y Funny Games, no puede dejar de lado la forma similar en la que tratan la violencia, lejos de una simple explotación y más cercano a la metáfora con tintes de sangre.

Borgman - borgman, la metáfora de la violencia

Al principio de la película se observa a tres personas (incluido un cura) que se alistan para salir a cazar en un bosque. Con una estaca tientan el terreno hasta que encuentran un hueco que hace sucumbir a una casa-madriguera de la que, con cautela, su ocupante pudo escapar a tiempo. Este ocupante es Borgman (Jan Bijovet), un hombre con barba y pelo dignos de una persona que ha pasado mucho tiempo refugiándose; después de huir de sus captores, recorre el bosque en busca de sus compañeros, los cuales viven en una especie de vecindad subterránea conectada.

Borgman logra salir del bosque y llega a una zona residencial. Con el hilarante pretexto de bañarse, toca a las puertas de los incrédulos habitantes que ven ante sí un hombre desaliñado. En uno de esos intentos logra hartar y sacar de quicio al hombre de la casa, quien lo muele a golpes con una furia desatada ante el asombro de su esposa Marina (Hadewych Minis), quien nada puede hacer para impedir la golpiza. Pero Borgman no desiste y se esconde dentro de la casa para convencer a Marina de que le deje darse un baño. Con esta simple petición, y sin saberlo, la familia adopta a un ser casi místico, que cuenta historias nórdicas a los niños de la casa y pasa el día encerrado en el cuarto de servicio, escondido del furioso marido.

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La primera mitad de la película capta nuestra atención, mantiene un tono que los actores saben asimilar, se centra en narrar la forma de vida que lleva una familia europea – los países de primer nivel del viejo continente-. El día a día dentro de una ciudad de la que uno podría pensar, ¿qué les puede faltar a estos ciudadanos? Es precisamente una forma de retorcer este tipo de historias, ubicarlas en sociedades aparentemente “perfectas”, para dejar que brote una verdad irrefutable: la violencia no sabe de situaciones cómodas, simplemente crece en las mentes más retorcidas.

Marina, de una forma ridícula, desarrolla un apego hacia Borgman, éste idea un plan para que pueda pasar más tiempo dentro de la familia, conviviendo con ellos. Decide matar al jardinero de cabecera, un hombre apacible que cumple con sus funciones sin causar mayor atención en la familia. Borgman llama a su clan –los hombres que vivían en el bosque y dos mujeres más, igual de misteriosas- y planea todo perfectamente para que el esposo responsable -pero muy inocente- no lo reconozca con su corte de pelo y lo contrate como su nuevo jardinero.

Es justo aquí cuando la familia cambia radicalmente con la presencia de Borgman: él parece tener la fuerza mental para inducirlos a actuar como le conviene; hace que la pareja tenga disputas; genera un ambiente lleno de humor negro que no está pensado para que desviemos la mirada de la violencia, sino para que sea un ingrediente más que sazone la rara mezcla que plantea Borgman.

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El director, como el dios momentáneo en el que se convierte durante la película, hace y deshace sin esperar que el espectador asimile lo que se le presenta. Podría pensarse que la incursión en el mundo burgués es provocada para hacer una reflexión, pero tras la duración de la película, nos damos cuenta que bien podrían haber sido otros los factores que incitaran a crear Borgman, porque al final de cuentas, la violencia está representada por muchas formas, y suele esconderse dentro de los rincones más apartados.

Borgman es la octava película de Alex Van Warderman; ganó en la edición 2013 en Sitges. Bien vale la pena atreverse a probar nuevas propuestas en la 34 edición del Foro de la Cineteca y sus sedes alternas.

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