La vida, esa puta incierta que cachetea mi ánimo hasta bajarme a las profundidades del vacío, me persigue cada día sin tregua. Por más que le quiero dar esquinazo permanece quieta, en espera de que sucumba. No estará mucho tiempo allí, expectante. En efecto, el brillo de mis ojos se va opacando. Los apetitos humanos arrasan sin contemplación los estorbos que les impiden lograr sus cometidos.
Nada me sorprende. He visto hipocresía al por mayor, abandono indiscriminado cuando los intereses ya no convencen a los impostores. No hay variación entre primer, segundo y tercer mundo. Si hubiese cuarto y quinto sería igual.
¿El amor? Eso es algo que se consigue a base de pavoneo, falsa esencia y dinero a manos llenas. Los jodidos en la perrera de la rutina no tienen elección. Las ilusiones se evaporan mientras van apareciendo los encantos sociales, propios de esta comedia que oculta con lisonjas maquilladas la oscura calamidad que implica estar de pie, en escena.
En el nombre de la libertad se cometen atrocidades dignas de un monumento. Ya no hay cosa que me asombre. La noche es una losa cada vez más pesada y densa. El día se borró de mi memoria por culpa de esta existencia tan guarra. Me exprimió hasta el último pedo en silencio. Estoy noqueado en la lona. Sin fuerza para levantarme y escupir el hastío de correr hacia el fondo de la nada. He muerto desde hace ya algunos ayeres. Del manicomio a la calle no hay diferencia. ¿Hacia dónde corres? No hay forma de esconderte.
Séneca, Sócrates, Seymour Hoffman, Cobain, Hemingway. Todos ellos famosos por alguna gracia, se devastaron sin esperar a que los huesos decayeran. Los “otros”, los desconocidos, la carne de cañón de los cabrones potentados sirven para la estadística, nada más.
Cada día las vías del metro se ensucian de sangre asfixiada. Los hígados, saturados de venenos líquidos o sólidos, colapsan la maquinaria orgánica que carga almas rotas. Los puentes se soplan los últimos suplicios o hartazgos de los que se arrojan al aire, para darle punto final a un viaje sinsentido. Los más cosmopolitas se aseguran un cóctel de diversas drogas para reventar sus entrañas mientras el corazón se detiene. Todo un numerito con espasmos incluidos.
Para los románticos, cortarse las venas supone una forma digna de apagar el switch de sus contadas crónicas terrenales.

Leyendo las mismas, unos bostezos de los buenos produciríamos. Tal vez, morir de aburrimiento sería una forma más digna de desaparecer sin provocar daños o molestias a algunos curiosos, amistades o allegados que tienen que soportar el espectáculo por culpa de llevar la misma sangre o haber compartido alguna banalidad con la víctima en el camino. Sin tanto escándalo, lo deseable sería arrojarnos a un agujero, apilarnos en torno a nuestras desgracias y acabar con nuestros pensamientos de una buena vez, a la par que escupimos sangre y mierda, huesos y podredumbre mezclada con tierra, para por fin desaparecer sin dejar rastro. Todo a la chita y sin rodeos.
La mentira más grande es la verdad oculta. Todos tienen recelo al morir. No se dan cuenta que ya lo están desde que se acostumbraron a esta farsa, esta puta que no deja de pedir lo suyo sin importar el modo, la forma y el contexto. Expirar sin un sentido es un crimen que merece castigo, cuanto antes mejor.
Si tu ciclo es absurdo, deja de jalar aire. Arrójate al olvido y piérdete en la nada. Para siempre. No habrá retorno, entre más pronto mejor.
