William Herschel creía que mirar al cielo era mirar al pasado. Lejos del sentido metafórico, el astrónomo estaba seguro de que cada una de las estrellas que veía al levantar la vista, devolvían una imagen que no correspondía al presente, sino a distintos momentos del pasado. Algunos tan próximos como el segundo anterior al observar la Luna y otros tan remotos que sucedieron cuando aún no había nacido. Otros pocos, habían ocurrido hace miles de millones de años, cuando ni Herschel ni cualquier otro hombre existía en la Tierra.
Entonces un sentimiento de ingravidez invade la calma y transforma los problemas más urgentes en simples minucias ante tal evento. Es la misma impresión que se tiene al mirar un muro repleto de fotografías de todas las épocas a lo largo de la vida de una persona. La fotografía es una forma de mirar al pasado, tal y como ocurre cuando en una noche sin luna, un instinto más allá de la razón nos lleva a perder la vista en la bóveda celeste y tratar de encontrar una gran certeza frente un insoldable misterio.


Nada hay más complejo que el tiempo. Su paso implacable construye a cada instante lo que somos, mientras delimita lo que fuimos y encierra cada acto en momentos que no volverán jamás. A veces, el andar cronométrico se torna cruel y cada segundo pesa como una loza sobre la espalda de los vivos, que cargan con tradiciones, pensamientos y el inminente miedo a la mortalidad que hacen del tiempo un sutil suplicio. Otras tantas, el transcurso de las horas trae consigo una calma pasmosa, la misma tranquilidad de saber que a cada noche precede un nuevo día y a pesar de cualquier eventualidad, todo se mantiene en movimiento.
Para una relación de pareja, diez años son un verdadero reto. Un sinfín de hechos trascendentales pueden suceder en ese lapso. Es complicado encontrar a dos individuos que se mantengan unidos después de una década. Aún más difícil resulta que ellos mismos mantengan una relación plena después de tanto tiempo, donde los principios que construyeron y procuraron durante los primeros instantes juntos perduren intactos.





Sin embargo, en una escala cósmica, diez años son mucho menos que un parpadeo. Se trata de una cifra asombrosamente pequeña para la edad de la Tierra e insignificante para la del Universo. La formación de un cúmulo de estrellas requiere una calma de cientos de miles de años para que una nube de gas molecular colapse, elevando su temperatura y densidad hasta que fusione el hidrógeno en su interior.
A partir de este instante, el hidrógeno que forma su interior habrá de consumirse lentamente en el ciclo de vida estelar, perdiendo un poco de sí a cada instante, tal y como ocurre con la oxidación y el envejecimiento en el cuerpo humano. Una vez que agota el hidrógeno disponible, la fase final dependerá de su masa. Si se trata de un objeto masivo, entonces habrá de perecer “ahogada” bajo su propia densidad y dará inicio a un agujero negro.




Algo similar ocurre con el amor a través del tiempo. Aquellas promesas que se hicieron hace una década pueden borrarse con el viento, consumirse lentamente con el paso de los años, convertirse en algo opuesto a lo que aseguraban ser o devorar a todo cuanto encuentren a su paso en un final catastrófico. Aún así y después de tanto tiempo, una declaración romántica que se hizo en una fría noche de invierno tendrá como testigos a los mismos astros diez años más tarde.
En el caso de Susann Probst y Yannic Schon, una década es un buen principio. La pareja de fotógrafos comparte su pasión viajando a través del mundo para elaborar series fotográficas de bodas, donde capturan cada una de las promesas de amor entre dos personas que unen sus vidas con el deseo de trascender al tiempo.




Después de diez años de relación, decidieron viajar a Nueva Zelanda, donde se maravillaron con los imponentes paisajes naturales y sobre todo, con las noches en que la bóveda celeste sobre sus cabezas inundaba el cielo nocturno con historias de hace cientos, tal vez miles de años. Al mismo tiempo, se sintieron identificados: descubrieron una sensación similar a la que produce mirar sus fotografías del pasado, donde lo único que se mantiene inalterable es su amor.
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Referencia:
Yannic Schon
Susann Probst
