Eran las 9:00 pm y el transporte a casa iba repleto de personas que, como yo, dormitaban un poco, jugaban con su celular o veían al infinito mientras esperaban la llegada a su destino. El hombre que iba a mi lado no dejaba de verme, supuse que sólo echaba una mirada a la calle, puesto que yo iba sentada junto a la ventana. No obstante, sentía tensión. «¡Por favor! No me está observando a mí, tengo acné y el cabello revuelto», pensé. Sin embargo, lo miré discretamente y tenía los ojos clavados en mi rostro y una sonrisa un tanto tétrica. Al percatarse de que lo había atrapado, sonrió aún más. Lo ignoré.

Traté de no verle y subí el volúmen a mi música. Sonaba una pieza de KISS y el sonido lograba escaparse de los audífonos. Él daba golpes al suelo del camión a ritmo de la canción, mientras sonreía cada vez más aterrador. Seguí ignorando cuando, de pronto, sentí su fétido aliento un poco más cerca. Se había girado casi por completo hacia mí. En el afán de no tener problemas, recosté mi cabeza sobre el cristal y lo ignoré. Entonces, como si de un milagro se tratara, mi papá llamó. El hombre se incorporó para escuchar mejor, estaba atento a lo que hablaba por teléfono.

«Sí, ya casi llego a la Marina […] ok, ahí te espero. Bye». Dije con miedo. Parecía que le había dicho a mi papá que lo esperaría unos minutos sola en una avenida a la que estábamos por llegar, que por cierto, a esa hora no es muy concurrida. Lo hice para que el hombre pensara que me bajaría ahí y yo pudiera ver si tenía alguna actitud diferente ante ello. En efecto, ocurrió. En cuanto llegamos a la avenida mencionada, se levantó y descendió del camión. Abajo giró esperando verme bajar y tenía una mano tocando su miembro por encima del pantalón. No me moví, pero sí lo miré desde la ventana. Él se quedó atónito por haberse bajado solo y logré leer sus labios, dijo «Pinches viejas» seguido de un «chinguen a su madre». El camión aceleró y llegué a mi destino en donde mi papá aguardaba por mí. No pude decirle nada.

¿Por qué tuve que quedarme callada, por qué no pude expresarlo en el momento? El camión iba lleno, alguien tuvo que ver lo que ocurría. La señora que nos veía fijamente, el hombre que iba de pie y que lo vio cuando se tocaba en la acera, el chico que estaba a su lado e incomodó cuando el hombre giró su cuerpo hacia mí. Sin embargo, nadie hizo nada al respecto. Pudo haberme tocado o decirme un molesto piropo y nadie fue capaz de hacer algo. ¿Por qué somos tan indiferentes? Hemos hecho de la violencia de género un hábito, es parte de la vida diaria y no debería ser así. No es por la ropa que llevemos, tampoco importa lo bellas que seamos y mucho menos si somos introvertidas o no. Todas somos víctimas y estamos expuestas en cualquier parte del mundo.

A lo largo de este artículo has visto una serie de selfies. Te preguntarás qué tienen que ver con la violencia a la que estamos expuestas y la historia anterior. Es un proyecto impulsado por una joven estudiante, de 20 años llamada Noa Jansma. Ella sufría acoso como la mayoría de sus amigas, su familia, tú y yo. Cansada de lidiar con personas que la miraban en la calle y la ofendían por el hecho de llevar falda, de maquillarse, de usar el cabello largo o de pararse de determinada manera, optó por exhibir a sus acosadores con una selfie de manera que quedaran expuestos en las redes sociales. Lo hizo para que el mundo se concientizara respecto a la gravedad de los piropos callejeros y cómo podían convertirse en tocamientos, invasión al espacio personal y violaciones.

Jansma usó su cuenta de Instagram para subir las selfies en las que se aparecía con los hombres que la habían molestado en las calles usando el hashtag #dearcatcallers. A partir de su iniciativa, la cual se hizo viral por lo fuerte que son las fotos, logró colocar el hashtag de manea que impulsó a que otras mujeres en el mundo hicieran lo mismo: enfrentar a sus acosadores con una foto. Contrario a lo que podemos pensar, los hombres que las acosan, posan felizmente con ellas, pensando, quizá que no han hecho nada malo, o que al contrario, sus halagos las complacieron.

La respuesta fue tal que basta con buscar la etiqueta en Instagram para darnos cuenta de la magnitud del impacto del proyecto, muchas mujeres han seguido la tendencia con el hashtag esperando que cada una aporte un testimonio visual de lo que sufrimos día con día. No es fácil salir a la calle sabiendo que habrá alguien que te va decir algo por el simple hecho de llevar un vestido, maquillaje, de tener el cabello largo o corto, de llevar un piercing en el ombligo o en la nariz, de tener un tatuaje de ancla o una cruz… Nada importa ya, somos presas del miedo y el acoso, de la objetificación y del acecho. Frenemos esto con el poder que nos dan la redes sociales. Sigue la iniciativa con el hashtag #dearcatcallers y no temas a denunciar. No debemos pasar por alto el acoso.
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Como saber si eres víctima de acoso sexual leyendo algunos textos clave algunos textos.

