Desde las nueve de la noche del 1 de julio, apenas un par de horas después de que habían cerrado las casillas electorales, los rumores de la llegada de esa que muchos han llamado “la cuarta transformación de México” comenzaron a circular. A partir de entonces, los ánimos de todos el país comenzaron a cambiar. Por un lado, los opositores de MORENA comenzaron a perder las esperanzas en sus candidatos conforme estos comenzaron a admitir su derrota. Los simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador, por otro lado, comenzaron a salir de sus hogares para celebrar el posible triunfo de su candidato.

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Las silenciosas calles que habían quedado desiertas un poco por la hora y otro tanto por la ley seca de cada seis años, comenzaron a llenarse de vida; esta vez los gritos y los aplausos rompían con la vigilia electoral acompañados de los cláxones de autos que no sólo se dirigían a la plancha del Zócalo de la Ciudad de México, también a algunas plazas y monumentos del país. Para las diez de la noche, las cifras apuntaban que al menos 5 de cada 10 mexicanos habían votado por AMLO y esto se reflejó en los ríos de gente que corrían a través de las calles de la CDMX para desembocar en el Zócalo donde se haría el anuncio oficial de quién sería el nuevo presidente de México.

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Todavía no estaban listos los resultados del PREP; sin embargo, las banderas de MORENA, las máscaras de AMLO y los amluches que ofrecía el ambulantaje se alzaban en el aire como una manera de festejar la inminente victoria de López Obrador. Ante los ojos de muchas personas, ésta era una estampa increíble; pues pocos habían visto a gente comprando mercancía con el rostro de algún candidato. Al menos quienes estaban viendo los efectos de su primera participación electoral, estaban acostumbrados a que estos souvenirs fueran regalados. Sin embargo, para un momento tan surrealista como en del la noche de este 1 de julio, la estampa, por alguna razón, no resultó extraña.

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Al salir López Obrador, sus simpatizantes entendieron dos cosas: primero, que sus voces y exigencias habían sido escuchadas y segundo, que en sus manos —así como en las de todo México— está el exigir que las promesas se cumplan en la medida de lo posible. Pues gracias al discurso de AMLO, quedó claro que el cambio no está completamente en él, sino que el gobierno obradorista será sólo un puente para poder llegar a ese nuevo horizonte con el que los eufóricos asistentes habían estado soñando desde que inició la contienda electoral.

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Las sonrisas y las lágrimas que derramó ese 56 % de la población mexicana no fueron sino la expresión de un pueblo que, después de depositar sus esperanzas en una boleta, veía su decisión materializada en un escenario mientras pequeños papeles de colores volaban por el aire como el confeti que indica el fin de una fiesta electoral donde, según los gritos de entusiasmo, «triunfó la democracia».
