Pararse frente a un espejo es, dependiendo del cristal con que se mire, un acto de profunda cobardía o de una valentía pocas veces reconocida. En el primero de los casos, la mirada se enfrenta a un bucle interminable de dimensiones y posibilidades de existir, al menos virtualmente: el infinito. Tal como Jorge Luis Borges lo postuló, los espejos y la cópula son espeluznantes pues ambos se encargan de prolongar la existencia del hombre hasta nivele inimaginables; en ese sentido, pesar en el infinito dentro de un espejo es negarnos a nosotros mismos la posibilidad de la no existencia, de modo que no nos permitimos la posibilidad de morir o de concebir un espacio y tiempo sin nuestra presencia en el Universo.



Contraria a esta idea de la repetición eterna de un ser, está la de lo pasajera que resulta la vida. Ese instante que parece brevísimo comparado con la edad del Universo mismo, lo queramos o no, termina por desvanecerse, pero en ese proceso de finitud el tiempo comienza a dejar marcas en todo el cuerpo; si lo queremos ver de esta manera, cada señal nos habla del poder que el tiempo mismo tiene sobre nosotros y el espejo, en este caso, está para dar testimonio de cómo poco a poco comenzamos a morir. Ahí está la valentía, en el aceptar nuestra condición de seres vivos y no aferrarnos a ideas que, más allá de la esperanza de la trascendencia, nos venden la horrible idea de existir en todos los planos posibles.



Abrazar cuanto antes la idea de la muerte es abrirnos a la posibilidad de conocer cada día una parte nueva de nuestro cuerpo. Ya sea un pliegue o una diminuta peca, siempre hay algo oculto en nuestra piel; ese detalle tan minúsculo que ante la mirada inexperta podría no significar nada, frente a alguien que tiene un especial apego por la vida y sus matices, tal rasgo podría esconder, sin temor a exagerar, todos los secretos del Universo. Aunque deberíamos dejarlas trascender por respeto al cuerpo y al tiempo mismo, nace dentro de nosotros la necesidad de resguardar estos detalles como una especie de recuerdo de lo que somos y no dejaremos de ser en ningún momento y la foto, sin ser un arma del todo invasiva al cambiante proceso vital, nos ofrece esa posibilidad de conservar los años.



Trabajos como el de Li Hui son, sin duda alguna, esas expresiones que vale la pena mantener entre nuestros recuerdos. A pesar de que evidentemente no somos nosotros quienes se encuentran retratados en cada una de las tomas que conforman su portafolio, la ausencia del rostro en muchas de las figuras ahí retratadas nos otorga la posibilidad de vernos reflejados en un cuerpo que, aunque ajeno, nos recuerda incluso ese vínculo que creamos con las cosas que nos rodean, tan pasajeras como nuestra propia existencia.



A través de sombras y reflejos de luz sobre la piel de sus modelos, Li Hui crea puentes conceptuales que a pesar de ser sencillos guardan dentro de sí todas las bondades de nuestra existencia. Desde la fortuna de haber nacido, hasta el aun más afortunado paso del tiempo que nos conduce a un final necesario; absolutamente todo cabe en estas fotografías en las que incluso el detalle más pequeño de la figura humana debe ser recatado para convertirse en un pretexto más de ese aprecio que sentimos hacia la existencia, misma que sólo encontrará la verdadera trascendencia en cuanto se sepa alcanzada por la muerte o, por qué no, por la vida, mas nunca gracias a un artefacto cuya función reveladora ha sido desviada a fin de crear fantasías triviales e imágenes sin sentido.



Aprender a manipular las imágenes que involuntariamente creamos en nuestras mentes quizá resulte una tarea complicada, reflexionar a partir de cuadros y escenas ya establecidas probablemente sea aun más complicado, no obstante, entre el espejo y la cámara existe esa relación de elementos que al final del día nos permiten darnos cuenta de que todos estamos hechos de detalles que retratan nuestro camino hacia un futuro que, muy a pesar de la muerte o la infinidad, siegue siendo incierto.
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Para conocer más a fondo el trabajo de Li Hui puedes visitar su sitio web.
