Más de 43 mil personas no tienen hogar y viven en condición de desahuciados en Los Ángeles, California. Esa cifra es sólo un estimado basado en las personas que acuden a los refugios que les ofrecen asilo y comida todas las noches del año, sin embargo, existe una cantidad desconocida de personas que no cuentan con un patrimonio y son vistos como parias de la sociedad. ¿Cuántos de nosotros hemos visto a un homeless con miedo de acercarnos a él sólo por la manera en que se ven? ¿De qué tenemos miedo?
Quizá tenemos pánico de ver realmente lo que somos…



Menciono lo anterior por la frase de una película que no logro recordar: «¿Sabes por qué le tenemos miedo a los homeless?», decía mas o menos «… porque son como nosotros sin nada de lo que usamos para fingir que somos parte del mundo». Y tiene razón.
Las personas que duermen, viven y crean su historia en la calle son iguales a nosotros, sólo que sin la ropa limpia que compramos cada seis meses, sin el brillo en nuestro rostros de la constante renovación de sorpresas que nos ofrece el mundo digital donde la felicidad tiene su precio. Son iguales a nosotros, pero los vemos como figuras distintas, zombies que caminan en la calle sin rumbo que sólo piden dinero, arrastran carritos de supermercado con basura y tienen historias que nadie en su sano juicio podría creer.



En México, al menos, existen distintos prejuicios en contra de los homeless. Muchos se rehúsan a ayudarlos porque creen que es una manera fácil de ganarse la vida, otros, no desean darle su dinero a alguien sólo para que lo gaste en droga en vez de comida. Un pequeño porcentaje cree que nunca deberían recibir apoyo y que el mundo seguiría igual sin su presencia.
Ese último punto es cierto. Nadie notaría la desaparición o la muerte de un deshauciado. Miles de ellos mueren todos los años y no tienen a nadie que vaya a reconocer su cuerpo o que pueda pagar por su funeral. Son almas que no tienen valor para nadie más que para ellos mismos. Sin embargo, sus historias que nadie quiere escuchar –por más ilógicas o engañosas que parezcan bajo la fachada desarrapada de sus narradores–, son ciertas y prueban que sus experiencias pueden llegar a ser similares a las nuestras y que cualquier problema financiero o de salud puede terminar con nuestra vida como la conocemos.


Lo anterior lo probó Suzanne Stein, fotógrafa graduada de la Universidad de Pensilvania, quien decidió retratar la vida de los homeless que habitan el área de Los Ángeles, California. Sus imágenes son una mezcla entre fotoperiodismo y de fotografía tradicional; no se preocupa por un enfoque ni un encuadre en específico, captura la realidad en tiempo real y su ojo atrapa la belleza de la «suciedad» frente a la que se encuentra. En una entrevista para Linkedin reveló que no tiene ningún límite para tomar una imagen y asegura que, aunque tuvo miedo al inicio (como cualquiera de nosotros) decidió acercarse para retratar ese mundo constantemente ignorado por las personas “comunes”.


Stein se atrevió a acercarse a las personas y no sólo retratar sus imágenes, sino recopilar sus historias. Su página de Tumblr es un diario en el que escribe sus encuentros con las personas que aparecen en sus fotografías y cómo ha afectado a su propia vida. La mujer se convirtió en una narradora de esos individuos. Muchos de ellos tienen problemas psicológicos, otros sólo perdieron la esperanza y algunos más simplemente decidieron caer en la drogadicción antes de aceptar la realidad. Sobreviven de diferentes formas. Venden su cuerpo, mendigan en la calle, tratan de crear espectáculos, día tras día sin descanso, esperando solamente la hora en que la muerte se atreva a venir y finalmente se los lleve.



Suzanne le regresa la humanidad que las personas “comunes” le quitamos a los homeless. Sus fotografías no explotan la suciedad en la que viven, ni sus características extrañas, revelan un lado hermoso que el mundo parece haber olvidado. Las sonrisas son honestas pues son destellos de alegría en un contexto lleno de oscuridad. Las fotografías de Stein no sólo son de Los Ángeles, ha viajado a Europa y descubrió que en todas las ciudades los homeless se ven igual. Parecen revelar más de la especie más que nosotros mismos. Emanan un lenguaje universal e incluso parece que son mejores que nosotros: han perdido el miedo a la muerte, no dependen de objetos innecesarios y sus sentimientos aparecen justo cuando es debido.

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En México casi 36 millones de personas no cuentan con vivienda digna, según la Secretaría de Hacienda. Las imágenes de Stein bien podrían ser de la CDMX, Bogotá o Buenos Aires. En todo el mundo existen estas almas que navegan como fantasmas entre el resto de las personas. La fotógrafa logró capturar momentos que nos hacen deshacernos del miedo de acercarnos a esos seres que no sólo perdieron sus hogares, sino todo el vínculo que los unía con el resto de las personas y el mundo entero.
Ahora sólo caminan esperando a que todo mejore, cuando la realidad es que posiblemente nunca lo hará. Es trágico pensar que desde que fueron tomadas las imágenes es probable que algunos de ellos ya hayan fallecido.
Si en algo nos parecemos a ellos es que, eventualmente, nadie nos recordará.
Puedes ver más de Suzanne Stein en su Tumblr.
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Referencias
LensCulture
LinkedIn
DailyMail
