Lo recuerdo como un momento incómodo, pegajoso, mientras sentía cómo se iba escurriendo desde mi boca al resto de mi cara. Las manos pringosas, primero una, y después la otra, tras un sutil esfuerzo por detener el flujo que poco a poco mancharía mi blanco vestido, e incluso mis zapatos, perdían la guerra, y decidían dejarse llevar.
A pesar de lo incómodo que me resultaba en mi infancia, comer un helado, lo recuerdo con nostalgia. Mis amigos, a diferencia de mi controladora y perfeccionista actitud, se dejaban llevar. No les molestaba volver a casa con la evidencia, con los rastros del crimen cometido por el sol, quien sin piedad destruía la fría consistencia de este rico mensajero del verano.
Hechos de agua o crema, con diferentes figuras y formas, cual pequeñas esculturas con capacidad de metamorfosis, los helados son hoy en día unos de los postres favoritos; alimento que ayuda contra el dolor de corazón, dulce compartido entre dos, alivio momentáneo del calor, pero sobre todo disfrute. Debido a su capacidad de transformación, a su rápido derretir contra reloj tras salir del congelador, los helados vuelven a ser, en su estado primario, líquido.
Su forma natural no es perfecta, pero como demuestra el fotógrafo Michael Massia, puede llegar a ser estéticamente muy bella.

Massia juega con las posibilidades del helado derretido, realizando fotografías que podrían confundirse con obras surrealistas.Para hacer de este un proyecto más divertido, el fotógrafo buscó retratar los helados favoritos por los niños; aquellos que se venden por su temática de superhéroes o caricaturas, los que tienen ojos, colores varios y son por su puesto, los más artificiales. Esos, que al derretirse, no fueran homogéneos, que dieran lugar a un festín de colores en movimiento.
Son imágenes psicodélicas, divertidas, e incluso perturbadoras. Hacen que incluso sintamos tristeza por el helado, como si de un huérfano dejado al abandono se tratas, incluso, como un cadáver.

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Referencias:
The Huffington Post
Michael Massia
