
(©Wolf Ademeit)
En la última instancia del periplo de Hannón, el explorador encuentra una isla densamente poblada de, los que describe como, gente peluda y salvaje. Los intérpretes que viajaron con Hannón llamaron al pueblo gorillae. No es de extrañar que los exploradores europeos del siglo XIX sospecharan que los salvajes que Hannón describió fueran los gorilas con los que acababan de encontrarse; después de todo, compartimos el 97,7% de los genes.
No me detendré a contar más del periplo de Hannón. Solo quería usar la frase como preámbulo para esta fotografía. Un gorila. Quería escribir “El grito del gorila”, pero no estoy plenamente convencido de que sea un grito. Puede ser un grito, pero también puede ser un bostezo, o que esté cantando, o que fuera de cámara un veterinario le esté haciendo una revisión dental (no parece tener caries, pero qué sé yo).
Además, escribir que el gorila grita me obligaría a establecer su estado de ánimo. Si me debiera, por mandato editorial, preferiría no pensar que es un grito de dolor, producto de algún espectáculo para la diversión perversa del humano o de la soledad y desesperación en una jaula estrecha de zoológico. Me gustaría creer que es un grito de placer, y que debajo hay un gorila hembra disfrutando igual que él.
Sé que a muchos les llegará la imagen de King Kong golpeándose los pectorales antes de escalar el Empire States o de pelear contra su archienemigo Godzilla. Sería un ejercicio interesante que nos creyéramos del tamaño de su colmillo; imaginar que grita o que bosteza, que golpea sus pectorales, que destroza edificios y nosotros lo vemos desde abajo asustados. La verdad es que toda idea es posible mientras haya perspectivas. Por ahora lo único cierto es que en la fotografía hay un gorila con la boca abierta. Habrá que preguntarle a Wolf Ademeit, el fotógrafo, por la razón del gesto del primate para reemplazar el mutismo de la imagen. Sin embargo creo, sería perder la divinidad de la incertidumbre.
