Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor (…)
Jaime Sabines
Antes de comenzar a leer el presente artículo, pido su colaboración para hacer a un lado la juiciosa moral que la sociedad nos finca y no aquella moral que, inherentemente, nos pertenece –en caso de tenerla; de lo contrario, omita este párrafo, pues el objetivo del texto no es sino responder una pregunta que flotaba por ahí-. No pretendemos ahondar en asuntos de promiscuidad –como los puritanos ortodoxos, compungidos podrían llamarle- pero sí en asuntos de invariable libertad a la hora de encontrar el amante idóneo que calce con nuestro ser.
Comencemos pues por encontrar nuestra definición de amante. Se tiene castrado el concepto amante como: persona presta al engaño amoroso, sexual, oculto, prohibido, pasional y suntuoso cuya verdad nunca debe mostrarse a los ojos del payaso social, aún más en nuestro país ante los ojos del poder legislativo en turno, pues por algunos, el término se entiende como sinónimo de infidelidad, no, no confundamos esta inmaculada palabra, vamos a utilizarla para identificar a la persona que amamos, la persona con la que eyectar nuestro amor Eros y, aquella que también nos destruye y construye a lo largo de las horas compartidas.

Hemos sabido de insaciables historias de amor – hetero y homosexuales –aunque no todas salen a la luz por diferentes razones y tapujos, podemos mencionar una de estas historias de ensueño, con la que todos algún día sueñan y que también por tapujos se niegan por evadir el sufrimiento de la despedida.
Henry Miller y Anaïs Nin
“Desde ese primer encuentro no habrían de separarse más, espiritualmente al menos, aunque sus amigos no les auguraron una amistad trascendente. Anaïs, a pesar de su vocación por sofocarse de sensualidad, en el fondo era una “niña-mujer” de vagos modales aristocráticos, que requería siempre tener a su lado a su marido, Hugh Guiler, un banquero próspero y sobreprotector, y tenía una verdadera debilidad por rodearse de un entorno armonioso, amigos elegantes, objetos caros, al punto de que con facilidad se le podía atribuir la superficialidad.
Miller, en cambio, era un gánster calvo, cuarentón, con aspecto de sepulturero y una sonrisa crápula que usaba para sobrevivir en la asquerosidad de los barrios miserables donde se veía obligado a vivir. Sin embargo, por insistencia del espíritu libertino de Anaïs y la tenue perversidad de Henry, se convirtieron en amantes”.

La historia también cuenta con una atribulada despedida. Una carta escrita por Miller.
Mi querida Anaïs:
¿Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo incasable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.
Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros (…)
Ahora volvamos al mándala de este artículo para responder a la pregunta que lo vio nacer, ¿En qué momento una mujer, un hombre, debe limitarse y conformarse a no encontrar al amante que le altera hasta las vísceras?, luego nos referimos a un fragmento de canción del trovador cubano Silvio Rodríguez: La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar. Encontrando pues ahí parte de la respuesta a esta terca pregunta.
Cada cual debe encontrar a su amante como y donde más le convenga, disfrutarlo por el momento –tal como los existencialistas lo recomiendan con todas las cosas de la vida-. Si es oculto, disfrutar de esa adrenalina y el matiz perverso. Más conveniente ¿será?, si el amor puede ser a ventana abierta, podremos ir por ahí de su mano, públicamente casarse o fugarse. Es preciso resaltar lo que a esta altura ya sabemos, no contamos con un número específico de oportunidades para encontrar el amante perfecto, y si hemos errado en una elección, también tenemos derecho a unos cuantos cientos de intentos más hasta que se forme un delta en nuestro corazón que nos frene sólo un poco en la búsqueda, tarde o temprano hemos de reanudar el quehacer. ¿Alguna vez usted ha caído en la redonda del amor de un alma afable?

Dadas nuestras imperfecciones físicas y psicológicas, de las que sabemos que también debemos purgarnos no sólo de pan sino también de letras, fieles al proverbio latín Semen retentum venenum est, deberíamos pretender hacer de un amante que sepa volar según Oliverio Girondo y su lado oscuro del corazón:
Espantapajaros
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento a insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible, no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
(…)

Entonces, sólo entonces, sabremos que hemos encontrado al amante y al mismo tiempo lo hemos sido, tal y como Dios manda, como el buen amor lo ha dictado.
Fuente
