Te presentamos un cuento que te hará sentir que a veces no te perteneces…
Mirada. Tacto. Olfato. Se alinea el sol a espaldas de las nubes. Los parques se suspenden en el tiempo. El chusco sonido de los infantes en sus contenedores educativos se escapa al cielo. Una roca. Unos ojos. Sensaciones. No lo veo yo, lo ven unos ojos en un cuerpo. Jamás he sido un yo. Hoy soy ese sol tras las nubes. A mediodía me vuelvo en el liberado sonido infantil. Por la tarde una roca. Ayer no fui yo. Fui la sensación caliente del café sobre una lengua prestada, su caída sobre una garganta rentada. Me envolví en música, el cuerpo se desvaneció en compases que se estiraban a la muerte eterna y fui música mientras duró viva.
Antes de ayer tampoco fui yo. Fui la sensación fría de la mañana recién horneada sobre una piel morena y lampiña. Sudadera negra, pantalón de mezclilla, botas, eso era. Fui tiempo. Fui hambre. La caminata de la casa al autobús y del autobús a la universidad, los escalones, el polvo, el transito. Eso fui, nunca se trató de un yo, ni por error he sido yo.

Tampoco somos un “nosotros”. No somos dos personas caminando de la mano por el centro y llegando a una casa-mercado. Somos la caminata, la visita al lugar. No se trata de dos criaturas que se besan y demás cosas cariñosas en cualquier oportunidad que el día o la noche ofrezcan. Sólo se trata de esos besos nocturnos, de día, eso somos. De igual manera, no me acuerdo de ti, ni tú te acuerdas de mí. Es imposible. Únicamente se recuerdan las acciones, el cuerpo, los gestos. Pero no un yo, no un tú. Tú careces de serlo, careces de ti.
Sin embargo, es inevitable que la memoria sostenga esa caminata, coloree los besos a media luz que dos bocas se dieron, ilumine las palabras que el aire acarició e, incluso, que la sensación sudorosa de dos manos que se funden en una sola se mantenga latente. Y al recordarlos, una sensación venga a mí sin ser un yo, y nuevamente seamos un nosotros a través de esa sensación.

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Si llevas algunos días sintiéndote muy triste y sin saber la razón, quizá te pase algo más serio, descubre cómo esta chica curó su depresión a través de la carta que le escribió a sus padres. Además, la literatura puede salvarte de la tristeza, lee más aquí.
