El hombre que no ha planchado una camisa desconoce el verdadero sufrimiento. Es, seguramente, un tipo que ignora más de lo que sabe. Si los filósofos plancharan lo harían mejor que cualquier profesional de la eliminación de arrugas, en el hipotético caso de que usaran camisa, pues el desaliño es lo suyo y prefieren vestirse con cualquier harapo.

Planchar es una actividad intelectual que combina la destreza y la hombría. Va más allá de escribir un ensayo o del simple trabajo mecánico; se trata de generar un lenguaje único para iniciados en el que convergen la inteligencia, la fortaleza de voluntad, el tiempo, la experiencia y la resistencia. Es una metáfora de la conquista. Todo macho que busca hacer un imperio, tener una casa grande, un auto nuevo, una mujer envidiable o un pene legendario debería ser entrenado en el arte de planchar, ya que abrigarse de buena manera es un acto tan crucial y estratégico como la recolección y la caza: una práctica elemental del principio de supervivencia. Aliñar las rugosidades, dotar de dignidad y buena presencia la coraza, es parte de la confección de aquel abrigo, es la preparación para resguardar la tribu y debiera ser un privilegio reservado a los machos. ¿Qué sociedad puede generarse si los protectores de la familia piensan en no planchar? Quien diga que planchar es de mariquitas, de dandis pobretones o de lavanderos será un pusilánime o un hijito de mamá –la edad no importa, hay quien “viviendo solo” le lleva la ropa a la madre a fin de que le lave y planche los fines de semana- o un enfermo. Las camisas son, en gran medida, igual que las mujeres: escudo y refugio, deseo y, cierto, también, demostración de poder. En la tabla de planchar se conoce al buen seductor, al que triunfa sobre la arruga, al que sabe extender la tela, voltearla con movimientos sutiles de caricia, presionar sobre ella, deslizar con aplomo y delicadeza el metal ardiente sobre cada forma, recorrer las texturas con las yemas de los dedos, aplicar adecuadamente el ritmo y someter a esa otra piel –textil-, cálida y húmeda al inicio, con el fin de obtener una viril e inmaculada rigidez en la ropa que otorga el porte, que despierta la admiración, que da la seguridad antaño proporcionada por las armaduras. Este nuevo rito es fundamental, pero pocos entienden de ello; ignoran la prestancia obtenida de pasar largos ratos enfrascados en esa práctica dialéctica incomparable. El hombre que no lo ha hecho desconoce el sufrimiento y la felicidad que da sentirse dueño del fuego, poderoso, realizado y, también, hay que decirlo, la incomprensible sensación de ser un mandilón irredento.
