Los juicios inapelables fueron una de las herramientas más injustas y crueles de las que se valió la Iglesia Católica en su etapa inquisitorial. No se los inventó ella, pues proceden de los viejos sistemas imperiales, pero históricamente ha sido la que, de manera más desalmada, se ha valido de estos para eliminar a sus adversarios o disidentes. A los “Juicios de Dios” se les puso ese nombre con el propósito de que se asumieran sin chistar y los reos de pecado se sometieran sin derecho a defenderse ni protestar. Con la evolución del pensamiento nació el reconocimiento de los derechos humanos, y entre ellos la garantía de defensa por sí, o con ayuda de expertos en defensoría.

Pero ha quedado una triste evidencia de esos juicios de Dios inapelables: las decisiones al madrazo de los árbitros en las canchas de futbol. Esos fallos sin posible recusación debieran dejar de existir, sobre todo ahora que los árbitros son sospechosos de recibir dádivas millonarias para favorecer a alguna de las partes en contienda.
