
Ah, qué gusto da saberse americano.
Si el sentimiento fuese riqueza material, acaudalado sería todo el que se hable de tú con el recuerdo de Simón Bolívar. El que se haya detenido a fumar tabaco en compañía de la puna, en los Andes; el que haya recorrido con la vista a Aconcagua desde una avioneta o el que tuvo algún encuentro mágico en la sierra de Oaxaca.
Rico sin duda el que siente el fervor de Guevara cuando algo no anda bien, el que entona a Víctor Jara en las noches de copas y más aun el que recita a Neruda en su soledad. Aquellos que sumergen su mirada en los dolores de Frida Kahlo, los que saborean las palabras de Borges, quienes bailan al son de Joe Arroyo y su “tortuga” o los que quedan sin palabras ante la majestuosidad del Amazonas, sépanse millonarios de grandeza.
Ahora, abramos los ojos y dejemos el velo del romanticismo. Veamos más allá del orgullo y la tradición; veamos a fondo y tratemos de no llorar, porque no hay mayor tristeza que el desengaño. Ver la belleza frente a nuestros ojos mientras ignoramos la suciedad en la que caminamos descalzos, es querer sembrar una flor en el desierto y llamar a eso un jardín.
Oh, qué tristeza da saberse americano.
Si existiese algo parecido al juicio final, ¿cómo responderíamos por el autoritarismo? ¿Qué decir a favor de la miseria institucionalizada, que se usa como estandarte por fuera, pero que no es más que herramienta propagandista en el fondo, siempre escudándose en la indiferencia social?
¿Cómo defender el aplazamiento y abuso contra nuestros indígenas, so pretexto de la “necesidad” por un piso y una vida moderna? ¿No sería sensato para los pueblos el reivindicarse antes de siquiera pretender alcanzar alguna divinidad? Se les reza a los ausentes, se les prenden veladoras a los invisibles; pero se les escupe a los vivos, se destierra y discrimina a los andantes que buscan refugio en la tempestad. Se mira al cielo con esperanza de una vida mejor al tiempo que se voltea la mirada a quienes se arrastran en busca de un trozo de pan. Bendecimos al señor que todo lo ve; maldecimos al hombre que todo lo necesita.
¿Cómo creen que nos juzgarían por lo ocurrido en las Bananeras, en el Salado, en Tlatelolco…?
Pero al final, pese a todo y contra todo, no deja de ser un privilegio vivir en el continente que maravilló lo mismo a Vespucio que a Colón. Y ese privilegio nos lleva a soñar, a añorar y a luchar por esa utopía, tan noble y tan pura, que a tantos ha hecho suspirar. El sueño de Manuel Ugarte –y de tantos más antes y después de él– de una Latinoamérica unida. La patria grande, la llamó. ¿Y no acaso nuestra tierra, nuestra historia y nuestra gente hacen que valga la pena cualquier sacrificio con tal de conseguir eso por lo que tantos han muerto?
Personalmente creo que sí.
