Pintura por Patricio O´Hea y Juan F. Vázquez Camacho
Ciudad de México 2030
Por Jorge Sarquis Bello.
Entre las manifestaciones diarias que eran aplastadas por la fuerza del gobierno federal, la rigurosidad hacendaria ejercida por la mal llamada clase gobernante, mediocres servidores públicos, y la falta de buena comida en las tiendas, misceláneas, mercados y supermercados; en el Distrito Federal se vivió una época tremenda de locura y de miseria, de represión y muerte.
Por aquel entonces, la ciudad ya se había convertido en algo inhóspito, tan insoportable, tan caótico y tan lleno todo que, de no haber estado tomando vodka o fumando marihuana gran parte del día, uno podía llegar a suicidarse en algún arranque dramático, en uno de esos embotellamientos automovilísticos que podían durar hasta seis días. De forma que la ciudad había orillado a la mayoría de los hombres, que ya ni se respetaban a ellos mismos, a vivir conforme al tráfico.
También había muchos policías en las calles, en las plazas y en los parques para contener a la gente que, angustiada, se mataba a diario por entrar a un vagón del subterráneo, o al bajarse de los autobuses que no se detenían en ninguna de todas las paradas. Y tan enormes eran las colas de los centros médicos que la gente prefería morirse en casa, achispada por el vodka e intoxicada por las moléculas de tetrahidrocannabinol introducidas a su cuerpo por medio del cannabis.
Las personas, a no ser que las vieras, ya no vivían en la conciencia de nadie; habíamos demasiados. La gente ya casi no salía de sus barrios o colonias, al menos que fuera extremadamente necesario, y la idea de una bicicleta era lo que animaba la esperanza de algún futuro como un cándido anhelo o una ilusión preclara en una de esas noches que, entre sueños, te regalan otras vidas.
Por aquel entonces, ya nos habían despojado de los lujos pero aún nos quedaban los placeres más primitivos y cotidianos, así que nos bastábamos con aquellos goces para tener nuestras pequeñas porciones de felicidad al día. Pero la verdad es que la vida de todo ciudadano estaba resumida, básicamente, en su trabajo, si es que tenía, o en el ocio, un ocio con hambre, o, inevitablemente, en la supervivencia diaria que se daba en plenas calles llenas de basura y en todo espacio público.
La basura se acumulaba en montones inimaginables, donde millones de personas establecieron sus viviendas en busca de diferentes oportunidades. La basura se volvió un modo de vida. Fueron generaciones las que crecieron entre vertederos gigantescos y kilos de hojalata, sucios, desamparados, abúlicos, aún más decadentes que nosotros y a la vez, contradictoriamente, alegres y libres ante su anonimato absoluto.
Los estadios, poco a poco, se fueron transformando en oficinas; y los restaurantes, comedores y fondas, que no eran parte de alguna cadena o corporación internacional, se fueron convirtiendo en horribles tiendas de comida rápida. Y con el pasar del tiempo, la epidemia que es el sobrepeso en México se hizo generalizada y ya casi no se vieron más delgados caminando por las banquetas de las calles, a excepción de aquellos que cruzábamos veloces en nuestras bicicletas.
Y para final del año, las aerolíneas comerciales y las compañías de seguros desaparecieron completamente, arrasando con el ya raquítico régimen financiero. Así, la industria del entretenimiento se lanzó a la titánica tarea de apoderarse de las mentes de los hombres, acaparando el mercado y, por tanto, también acaparando el dominio de lo que debería ser lo simbólico y lo representativo en nuestra sociedad. Haciendo de este mundo, pero principalmente de las ciudades que articulan los límites de lo social y la cultura, un verdadero cagadero, confundiendo la poca ideología que aún nos quedaba.
En lo personal, en mi familia, cada año nuestra situación empeoraba y empeoraba, pues primero nos habían embargado el negocio y después habían continuado con la casas, los muebles, el carro, la ropa y las pinturas de mi hermano; empujándonos al despojo de todas las propiedades de la familia, aplastando nuestra pequeña burguesía hasta convertirla en considerado vulgo. Y aunque al principio fue difícil, terminamos por superarlo porque aun nos teníamos como familia.
Hemos construido un mundo a base de mentiras y nos damos cuenta y ni siquiera nos importa; ya somos tantos que la humanización es una pantomima, los derechos son quimeras y las naciones las construyen los bastardos que aún gozan de los lujos y que no están dispuestos a perderlos por ninguna causa, pensábamos todos en casa.
