En el siguiente cuento de Serner Mexica, el protagonista entiende que a veces la vida depende de impulsos que van desde el más profundo deseo del corazón hasta el tacto de un dedo sobre el gatillo.
“EL BALCÓN” DE JEAN GENET Y LA BOMBA NORCOREANA, PARTE 1
A la memoria de Akhnaton
(1983-2017)
Todo comenzó la tarde del sábado cuando fui a ver la obra La pinta de Ana en La Teatrería (colonia Roma). Llegué un poco temprano y encontré estacionamiento justo al frente, pagué de una vez tres horas en el parquímetro —porque una vez me pusieron el inmovilizador en ese mismo lugar y, a pesar de la hermosa voz de Daisy en el escenario esa noche, no quería repetir el riesgo y el consecuente pago para su retiro— y fui a la taquilla para pedir mi boleto de prensa. Me asignan el lugar al centro de la segunda fila, comienza la obra y, como siempre, escribo cuando la correspondencia poética se apodera de mi mano, cuando el ser y el devenir se despliegan en un mismo plano.
—La comprensión ontológica —así le llamo a dicho suceso literario.
Termina la obra, aplaudo como reconocimiento del trabajo escénico y reviso mi cuaderno lleno de apuntes deformes, tengo que corregir la legibilidad de varias palabras que la mayoría del tiempo escribo a oscuras y, si en ese momento no las verifico, luego no recuerdo su sentido. Entonces reconozco entre el público a Marielos, la hermana de una actriz que tiene una sonrisa encantadora, unos ojos profundos y una mirada que ilumina, literalmente, la vida. Me invita al día siguiente al cierre de temporada de la obra en la que actúa, “El Balcón” de Jean Genet, en el Foro Vicente Leñero de CasAzul.
—Claro que voy.
Salgo de La Teatrería, me subo al auto y, al revisar mi teléfono, me sorprende que tengo dieciocho llamadas perdidas. Verifico, niego con la cabeza y lo confirmo. Es mi primo Eric Ramner, ¿lo recuerdan? Fue quien hace un año me pidió acompañarlo a Tamaulipas, lo que no me dijo es que el auto en el que viajaríamos traía escondidos treinta kilos de cocaína. ¿Si se acuerdan? Pues luego de un desmadre, al final de todas las complicaciones progresivas, mi sobrina Aline —de sólo trece años— resolvió toda la crisis con su increíble y sorprendente talento con las armas. Impresionante. Bueno, pues ahora este cabrón quiere verme urgentemente y me dice que es un asunto de vida o muerte.
—¿Dónde andabas? —le pregunto luego de encontrarnos en un café sobre Álvaro Obregón— ¡No te veo desde hace un año!
—Antes que nada, gracias por ayudarme la otra vez.
—¿Ayudarte? ¡Terminé haciéndolo todo! ¡Y por poco nos matan! ¡A mí y a tu hija!
—Sí, ya me contó Aline. Disculpa por haberte involucrado en algo que nada tiene que ver contigo, de verdad lamento que hayas pasado un mal rato.
—¿“Un mal rato”? ¿Así le llamas a casi morir a balazos?
Un silencio prosiguió el conflictivo momento y sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos a lo lejos. Lo miro y está cabizbajo. Pinche primo, siempre ocultando sus desmadres y siempre engañando a todos haciéndose el santo, y así ha sido desde niño. Es la tormenta de Parménides, la locura de los romanos ante Cristo y el más brutal torbellino; sin embargo, es mi primo. Lo quiero aunque esté loco y sea un potencial convicto. Esa es su esencia, creo. Bueno, eso diría Platón. O su naturaleza, según Aristóteles.
—Y Nietzsche diría que eres un pendejo —me dice riendo.
—Ya estás muy de buenas, ¿no? ¿Y el asunto de vida o muerte?
No le hubiese preguntado y, antes de ello, debí pararme y retirarme tomando la disculpa por lo de hace un año como un buen acuerdo sobre el pasado. Pero no fue así, comenzó a explicarme el favor que quería y el dinero que me daría en caso de asentir. Me negué alegando la experiencia anterior aunque me ofreció 500 mil por cruzar un camión a El Paso, Texas. No necesitaba preguntar sobre su contenido, seguro se trataba de narcóticos. Me negué.
—¡Por favor, ayúdame! Ya me comprometí y no quiero asociarme con nadie para esto, sólo tú y yo y te juro que te doy 500 mil en efectivo.
—¡Ni por un millón de pesos lo haría! —afirmé seguro de mí mismo.
—Pendejo… —me replicó— ¡Yo te estoy dando más de un millón de pesos!
—¿Pues no que 500 mil?
—¡500 mil dólares!
—Oh…
La codicia me brinca en el alma como una ambiciosa rana, niego varias veces la cabeza para quitármela pero, en milésimas de segundo, comienzo a considerar las posibilidades. Sólo sería un viaje. Y bueno, el tema de las drogas es algo que ya se está debatiendo y no creo que me deje una huella históricamente mala. Así pasó con el alcohol en un tiempo y hoy nadie juzga a los que lo traficaron durante la prohibición. ¿O sí? Me refiero sólo al tráfico y no a la violencia. Yo sólo sería la mula que lo traspasa y ya, no tengo nada que ver con la producción ni con las muertes que genera su ilegalidad. ¿O no?
—A ver, platícame el plan —le digo—, pero aún no te confirmo nada, primero necesito conocer los riesgos y deja lo pienso, reflexiono y, si es el caso, te confirmo. ¿Sale?
Me miró con una sonrisa, como si estuviera seguro de que aceptaría y que la explicación sólo era una formalidad para nuestro seguro acuerdo consensual. Me contó que el trabajo le fue solicitado por un empresario asiático que quiere pasar un camión de insumos (supuse, sin preguntarle, que la intención era producir drogas sintéticas en territorio estadounidense) como prueba paradigmática de futuros trasiegos. Si el plan tenía éxito, en el cual me involucraba como chofer, ello significaría un acuerdo millonario con mi primo, experto en el cruce fronterizo clandestino. Me despido de él y quedo en llamarle al día siguiente.
—¡Anímate, primo! —me dice de lejos—. ¡Saldrías de todos tus pedos económicos de por vida!
Me subo a mi coche, regreso a casa y me siento a escribir la reseña de La pinta de Ana; termino, la reviso y la envío por correo electrónico a los medios en los que colaboro. Ya desahogada dicha responsabilidad periodística, me pongo a reflexionar sobre la oferta millonaria de mi primo.
Chale.
Suena el timbre, me asomo por la ventana de la planta alta pero no veo a nadie. Vuelve a sonar, ahora con férrea insistencia, bajo las escaleras de la casa, abro la puerta de la calle y me encuentro de frente con un negro gigante y fornido.
—¿Es usted Serner? —me pregunta con acento cubano.
—¿Eres de Cuba?
—Sí, ¿por qué?
—Yo estudié en Cuba, en la Universidad de La Habana. ¿De qué parte de Cuba eres?
—Cerca de Camagüey, por… Eres Serner, ¿sí o no?
—Simón.
El tipo saca una pistola y me apunta, de la nada aparecen dos chinos (uno gordo y otro flaco) que me sujetan y, violentamente, me meten a la fuerza en la parte trasera de una camioneta. Yo grito como loco mientras intento defenderme hasta que recibo una descarga eléctrica acompañada de la brutal amenaza de cortarme la cara si no me quedo quieto. Ya no me muevo, la camioneta enciende y se pone en movimiento.
—¿Es un secuestro? —pregunto luego de unos momentos.
—No, pendejo —me contesta el cubano—, te estamos llevando de paseo.
—¿A dónde?
—¡Sí es un secuestro, idiota! —dice por último golpeándome la espalda con su pistola.
La camioneta siguió su curso durante una hora, sentí una pendiente y, finalmente, se detuvo para entrar en la cochera de una casona en Lomas de Chapultepec (eso lo supe después). Me bajan a la fuerza y entramos a una enorme estancia, me sorprendo al ver a mi primo muy cómodamente sentado en una sala de cuero roja bebiendo con el señor Wong, un asiático muy elegante, y su guapa secretaria Francesca, una chica italiana.
—¿Él es tu primo el filósofo? —pregunta Wong en perfecto español.
—Pues eso dice —contesta Eric— pero a mí se me hace que sólo es un güebón sin trabajo —y ambos se echan a reír a carcajadas.
—¿Qué pedo, Eric? —le reclamo— ¿Por qué me traen así? ¡Me secuestraron!
—¡No te secuestraron, primo!
—¡Me trajeron a madrazos!
—그가 돈을 많이 벌 것이라고 말해.
—¿Qué dice este pinche chino?
Wong explota molesto al escucharme y se pone a gritarme cosas en su idioma. El cubano y los otros chinos amenazan con golpearme pero, para mi sorpresa, es el señor Wong quien les ordena que me dejen en paz.
—No es chino —me dice mi primo discreto.
—Perdóneme, señor Wong —le interrumpo diciéndole—. No quise ser racista y asumir que era chino sólo porque es asiático. Sé que es una tontería, nuevamente perdón y disculpe mi torpeza.
—좋아, 좋아 —me dice sereno luego de una pausa en que me mira de manera intimidante—. 사과 드리겠습니다.
Me ofrecen asiento y me niego, alego que me tengo que ir, pero los dos asiáticos, el gordo y el flaco, me obligan a sentarme mientras el cubano me sirve un vaso de whisky (al parecer la bebida favorita del chino, digo, del señor Wong). Los tres bebemos. Apenas doy un trago y ya me están sirviendo el otro, lo pongo a mi lado sin dejar de pensar en cómo salir de allí.
—Is he a good driver? —pregunta Wong a mi primo.
—The best —le contesta y luego me pregunta a mí— ¿Verdad, pendejo?
—¿Qué?
—¿Verdad que eres un chingón al volante? ¡Dile a mister Wong que corrías en rallys!
—No es cierto.
—Tú dile… —insiste mi primo cerrándome el ojo.
—Pues no manejo mal que digamos… ¡Pero no! ¡Yo no quiero hacer nada de eso, yo tengo cosas que hacer, mañana tengo una función y no puedo faltar y además…
El señor Wong levanta su mano para que me calle, luego dice algo al oído de su secretaria y ella voltea a verme llamándome, coquetamente, con la mano.
—Acompáñala, primo —me dice Eric sonriendo.
—¿Adónde?
—그녀와 함께가! —me grita.
—Dice el jefe que me acompañes —me dice Francesca.
—Bueno.
—그에게 차를 보여줘.
—¿Y ora qué dijo? —le pregunto a ella mientras nos alejamos.
—Dice que te va a hacer una oferta que no podrás rechazar.
—¿Eso dijo?
—Algo así. Vamos —me dice tomándome la mano para acompañarla hacia unas escaleras que descienden a un lado de la estancia, mientras escucho a mis espaldas algunas risas. Nos adentramos en una oscuridad total.
—No veo nada.
—Ten cuidado, puedes pegarte con-
—¡Auch! —me golpeo horrible en la rodilla.
Francesca enciende unas potentes luces blancas, me tallo los ojos por el resplandor y, cuando puedo visualizar sin problema, estamos en una cochera de lujo con una decena de flamantes autos de colección.
—Mira —me dice Francesca tocando suavemente un Ferrari rojo—, si haces bien el trabajo, este puede ser para ti.
—No me gustan los coches.
—¿Qué?
—No es que no me gusten, pero tampoco me emocionan.
—Pero los usas, ¿no? ¿O no manejas?
—Tengo coche pero preferiría usar bicicleta, aunque en esta ciudad es mucho riesgo, ¿no? Además tengo una fobia de morir atropellado. ¡Imagínate!
Francesca quiere decir algo pero lo interrumpe un mensaje en su teléfono, lo revisa y me mira.
—Vuelvo enseguida —me dice antes de salir.
En lo que regresa camino entre los autos. Hay un BMW, un Porsche, un Audi, el Ferrari y otros cuya marca no reconozco. Al fondo hay una puerta de vidrio deslizable, la abro y en una pulcra bodega descubro un camión con caja cerrada. El camión que hay que cruzar al otro lado. Voy a ver.
Era nuevo, completamente blanco y con el logo de una empresa de dulces mexicanos en los costados. Abro la puerta trasera, la luz ilumina el interior y me sorprende por completo lo que veo. Un extraño artefacto metálico, de un metro y medio de diámetro, encajado en una sola caja que aparentan ser varias con el logo de los dulces. Me subo, me acerco y veo que el enorme dispositivo tiene letras orientales. No son chinas, pero tampoco japonesas. Veo un sello y, sin saber qué significa exactamente, la intuición se apodera de mis sentidos y siento un hueco en el estómago, las piernas y los brazos fríos, la visión borrosa como la gestación de la más fuerte de las migrañas.
—¡No lo toques! —me sorprende Francesca.
—¿Qué es?
—No puedo decirte.
—¿Por qué?
Ella sólo niega con la cabeza.
—Es una bomba, ¿verdad?
Ella asiente.
—¿Nuclear?
Se encoge de hombros.
—¿Cómo puedes trabajar con ellos? —la juzgo.
—Me pagan buen dinero, como a ti.
—Bueno… —me quedo pensando— a mí todavía no me dan nada.
—¿Cómo?
—Olvídalo.
—¿No te dijo tu primo?
—¡¿Mi primo lo sabe?!
—Todos los que están aquí lo saben.
—¿Y qué van a hacer con ella?
—Pues detonarla —dice luego de una pausa.
—¡¿Dónde?!
—Eso sólo lo sabe el jefe.
—El chino.
—¡No es chino, es coreano!
—Sí, sí, el señor Wong. ¿Es coreano?
—Sí, pero no un burgués del sur sino un auténtico revolucionario.
—Norcoreano…
—Estás sudando —dice tocando mi frente—. ¿Estás nervioso?
Entra el cubano fumando un puro, nos mira a ambos y bromea creyendo que estamos ligando.
—Ya vengan, tórtolos —nos dice riendo—. ¿Ya escogió su automóvil? —le pregunta a ella.
—Aún no —contesta Francesca y el cubano se echa a reír a carcajadas palmeándome la espalda.
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