Te presentamos “Susurros al amanecer”, un cuento infantil corto que nos transporta a uno de los pasajes más tiernos y sensibles de nuestros sueños. Un lugar donde nuestros sentimientos afloran de la manera más sutil posible.
La nieve, el frío, la apacible noche y el tenue sonido de la brisa que acaricia mi rostro antes de llegar a la cima de la montaña más alta de un pequeño pueblo. Abajo, dormidos, en las llanuras, descansan sobre sus cálidas camas cientos de familias abrazadas por el silencioso letargo de sus más deseados sueños. Mis ojos, mis manos, mi ardiente corazón lleno de deseos, es testigo de lo único intangible en esta corta vida, el milagro de una promesa que se hace realidad tan sólo en un abrir y cerrar de ojos. Estar atentos y despiertos aún cuando la más fuerte fatiga atente con disiparnos y apartarnos del camino que hemos recorrido por siglos y que solamente al final encontraremos aquello que hemos estado esperando por años.
¡Hemos llegado! ¡El cielo se ha despejado! Ante mis ojos retumban los colores de miles de estrellas que parpadean al unísono de los susurros que sólo se oyen al amanecer.
***
La pequeña Aure soñaba cada día con ver una aurora boreal. Antes de irse a dormir rezaba incansablemente a todos los dioses para que le concedieran dicho favor. Un día, sobre la pequeña ventana de su habitación, se posó un pequeño búho que traía en su pico una diminuta hoja sin color. La depositó cerca de su cama y se marchó sin decir adiós.
Aure, extrañada, tomó la hoja en sus manos, la miró detenidamente y la guardó en el pequeño velador de su habitación. A la mañana siguiente alguien tocó a su puerta, era el pequeño Edú que traía consigo unas jugosas manzanas. Se las ofreció a Aure y juntos salieron al campo a jugar. Edú corrió velozmente al inicio del bosque donde otros niños ya se encontraban jugando. Muchos de ellos llevaban en sus manos grandes resorteras, pues algún soplón les había dicho que cerca de allí se ocultaba un gran halcón.
Uno de ellos encontró un nido con dos huevos, no dudó en hacerlo saber al otro grupo de niños y en menos de lo que se imaginaron el nido ya había desaparecido. Se disputaban entre ellos qué hacer con los huevos. Uno de ellos pensó: —Arrojémoslo al río a ver si flota—. Mientras que otro dijo: —¡Ya basta! Mejor llevémoslo al pueblo a ver qué pasa—.

Aure y Edú se enojaron mucho al ver lo que habían destruido. Increparon a los niños a recomponer el nido y dejar los huevos en su lugar. Pero nadie quiso escucharlos, huyeron corriendo entre los árboles mientras Aure y Edú llorando los seguían. Ella pensaba en la mamá ave, y él en los pobres polluelos. Los niños llegaron al pueblo y sin darse cuenta una carreta casi los atropella. Los dos huevos cayeron de momento, a uno de ellos se le abrió un agujero quedando vacío por completo.
Un fuerte silencio invadió a los niños que nerviosos se miraban de reojo. Nadie quiso saber qué sucedió con el otro huevo y sin decir adiós huyeron sin mostrar siquiera su lamento. Las lágrimas de Aure a Edú empezaron a asustarles. Sabían lo que habían hecho y no pensaron en marcharse. Al final, lo hallaron en medio de una espesa hojarasca, por suerte estaba ileso pero ahora era muy tarde para volver al bosque, así que decidieron quedárselo hasta la mañana siguiente prometiendo llevarlo a casa lejos de cualquier bastardo.
Esa noche una fuerte tormenta cayó sobre el pueblo, primero la lluvia que lo inundó de lodo, luego un fuerte viento que amenazaba con destruirlo todo, luego llegó la nieve y todos los campos se pintaron de blanco y en sus casas las familias buscaron tener un apoyo. Los días pasaban y la nieve no se alejaba, los caminos estaban ocultos y los niños tenían prohibido salir al bosque. Aure se desesperaba cada día más, pensaba en aquella mamá ave, y sus mejillas se sonrojaban al saber que quizás ella ya se habría ido a otro lugar.
Edú, por su parte, ideaba algún plan para ir en busca de ella y su nido arreglar. Pero era imposible, cada día la tormenta era más y más espesa y no había forma ni lugar para salir ni siquiera a merodear. La tormenta duró cerca de tres meses, para entonces las familias decidieron dejar aquel frío lugar. Lo habían decidido luego de anunciar que muy pronto vendría una tormenta más. Nadie quiso arriesgarse más de la cuenta y todos aceptaron la moción de emigrar.
La familia de Aure iría al sur con la familia de su padre, y el pequeño Edú al norte con sus primos y otros familiares. Se vieron por última vez al amanecer, cuando la suave brisa acariciaba la copa de los árboles. Aure llevaba una pequeña caja entre sus manos mientras que Edú una de sus jugosas manzanas. Los dos niños lloraron amargamente mientras el viento cada ves soplaba más fuerte. Los adultos habían alistado todo y estaban por irse cuando a lo lejos gritaron: ¡Edú! ¡Aure! ¡Vengan! ¡Nos vamos!
Era el final, una despedida que ya no tenía lugar. Aure abrazó con todas sus fuerzas a Edú y él hizo lo mismo. Le entregó la manzana y ella al verla lloró.

—¡Hemos hecho algo malo! ¡Por eso el bosque no deja de llorar nieve! —, dijo ella con lágrimas en su rostro. Edú agachó la cabeza y lloró también. Aure volvió a abrazarlo y le prometió que todo estaría bien. —¡Es cierto! ¡Hemos hecho algo muy malo! ¡Aquella ave ha perdido a su familia! ¡está perdida! ¡está buscándolos! Y nosotros somos culpables por destruir su hogar! —, gritó Edú.
Aure lo consoló tratado de animarlo con una ligera sonrisa dibujada en sus labios. Pero no fue suficiente, la nieve seguía cayendo y las lágrimas de ellos también. —¡Toma! He guardado esto desde aquel día. No he podido dormir bien al igual que tú. Siempre pienso en todo esto y quisiera arreglarlo de algún modo—, dijo Aure. Le entregó su pequeña cajita a Edú, la tomó, algo nervioso pues él sabía que era un invaluable tesoro.
—No sé a dónde iré. Tal vez no volvamos a vernos. Pero quiero que hagamos una promesa antes de no volvernos a ver—. Edú se limpiaba las lágrimas del rostro mientras asentía con la cabeza.
—Cambiemos al mundo Edú. Prométeme que juntos vamos a cambiar lo que hoy conocemos como mundo—, dijo Aure. Al unísono se volvió a escuchar la voz de los adultos que ya desesperaban por marcharse.
—¡Lo haré! —respondió Edú y dándose un último abrazo ambas familias desaparecieron en la espesura de la nieve.
***
Los años fueron pasando y los niños iban creciendo, su promesa más que ellos y sus sueños más que nunca. Edú no volvió a saber de Aure, sus familias se habían distanciado tanto que habían decidido ya no regresar a su pueblo natal. La ciudad les había abierto muchas oportunidades y decidieron quedarse allí para siempre. Por las noches, él salía al tejado a respirar un poco de aire. Veía el cielo y la inmensidad de la noche que lo cubría todo sin remedio alguno. —Aquí falta algo—, siempre se decía así mismo. Hasta que una noche, un pequeño búho entró en su habitación y tiró la caja que Aure le había dado hace años. Se rompió en diminutos cristales y Edú se enojó mucho. Quiso atacar al ave pero a su mente volvieron muchos recuerdos.
Quedó de pie frente a la ventana viendo su reflejo en ella. Era un niño con un brillo particular en los ojos. Su corazón empezó a latir con mucha fuerza y al ver los pedazos de cristal notó que también brillaban. El búho se había ido y ahora se encontraba él solo otra vez, al recoger los pedazos de la caja encontró una pequeña hoja sin color que tenía una pequeña inscripción en ella. Edú tomó todos los pedazos de la cajita, corrió por toda la ciudad dejando en la puerta de cada casa un pedazo de cristal, cuando hubo terminado notó que toda la ciudad se encontraba iluminada. El cielo se empezó a llenarse de estrellas que titilaban como si siguieran una danza en medio de la oscuridad.

Edú empezó a gritar de alegría y las luces de las casas empezaron a encenderse una tras otra, las familias salieron a ver qué sucedía y al ver el cielo estrellado lloraban de alegría y asombro, de pronto toda la ciudad se encontraba reunida afuera de sus casas viendo tal espectáculo. Y a lo lejos, hacia el horizonte se empezó a formar una gran aurora boreal que dejó atónito a cada uno. Las luces que danzaban al mismo compás de las estrellas zigzagueaban como lo hace el trigo en primavera. Aure despertó como si alguien se lo pidiera incesantemente. No había nadie en la habitación más que ella. La pequeña ventana estaba abierta y algunos copos de nieve iban colándose por los filos de las cortinas, uno de ellos se acercó tanto y ella lo tomó en sus manos, vio su reflejo en él y se emocionó por ello. Se levantó rápidamente, fue a la ventana y se quedó sin palabras al ver el espectáculo que había en el cielo.
—¡Son tantas luces! ¡Tan hermosas todas! —, dijo ella en medio del silencio y la fría noche.
Escapó por la ventana, llegó hasta la nieve, sus manos frías tocaron su rostro y sintieron una pequeña lágrima correr por sus mejillas. No quitaba su mirada del cielo, mientras pensaba en él, después de tantos no lo había olvidado. Sentía cómo la voz de Edú se reflejaba en cada danza que hacían las luces del norte al unísono con la fiel Aurora. Cerró sus ojos y pensó con el corazón. ¡Cuánto quisiera que él estuviera aquí!, dijo en su mente.
La apacible noche cobijaba en sus entrañas a un pequeña niña que en medio de la gran nevada disfrutaba de los colores de la noche mientras los demás adultos yacían en sus casas dormidos. Un copo de nieve de cayó en su rostro, secó una de sus lágrimas y Aure sonrió. Su corazón era el lugar más cálido de aquel lugar y sus ojos, llenos de magia, no dejaban de brillar. Estaba ahí, aferrada a la nieve, al silencio y a la mágica noche que la envolvía en millares de colores y estrellas.
***
¡Hemos llegado! ¡El cielo se ha despejado! Ante mis ojos retumban los colores de miles de estrellas que parpadean al unísono de los susurros que sólo se oyen al amanecer. ¡Estoy cada vez más cerca y lo que puedo sentir! ¡Sé que estás allí! Estén atentos y despiertos aún cuando la más fuerte fatiga atente con disiparnos y apartarnos del camino que hemos recorrido por siglos y que sólo al final encontraremos aquello que hemos estado esperando por años. ¡Aure es posible cambiar el mundo!
Mis ojos, mis manos, mi ardiente corazón lleno de deseos, es testigo de lo único intangible en esta corta vida, el milagro de una promesa que se hace realidad tan sólo en un abrir y cerrar de ojos. Abajo, dormidos, en las llanuras, descansan sobre sus cálidas camas cientos de familias abrazadas por el silencioso letargo de sus más deseados sueños.
La nieve, el frío, la apacible noche y el tenue sonido de la brisa que acaricia mi rostro antes de llegar a la cima de la montaña más alta de un pequeño pueblo. Desde aquí logro verla, y siento que ella también lo hace.

Si te gustó este cuento infantil corto, escrito por Steven Albán: músico de la vida, escritor, poeta de lo incierto, fotógrafo del alma. Puedes conocer más de su trabajo visitando su perfil en Cultura Colectiva
***
Te puede interesar:
Cuento para entender que los mejores consejos están en nuestro pasado
10 cuentos cortos infantiles ideales para la hora de dormir
