Cómo esperar a que vuelva el amor que decidió ser libre pero prometió regresar

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Texto escrito por: Nancy Bucaramanga

Conoce a Leonor en este cuento para esperar que vuelva el amor.

Leonor resultó ser así, loca, apasionada, obsesiva, ansiosa; en pocas palabras, emocionalmente inestable.
Podía estar platicando conmigo por horas; siempre saltaba de un tema a otro, era como si de una danza se tratara, su danza. Levitaba al hablar, la manera en la que la luz de sus ojos se encendía cuando exponía algo que la apasionaba, era magnífica; de un momento a otro podía estar hablando de algo que la hacía feliz y enseguida de algo que la llenaba de melancolía. Hasta en esos momentos tenía una bella sonrisa, extraña; parecía que sonreía sólo con la mitad de su rostro, su comisura izquierda se elevaba y sonreía con los ojos entreabiertos.

En general solía ser muy tranquila, llevaba una vida a simple vista llena de paz, se le notaba en su andar.
Compartíamos el gusto por los libros y la música, a veces ella me presentaba cosas nuevas y otras era yo quien la hacía descubrir un mundo que desconocía.

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Y qué decir de las mañanas en las que se despertaba fresca y radiante; a mí siempre me lo parecía, pero ella se enfocaba en sus ojeras, su cabello desaliñado. A mí me resultaba hermosa, comenzaba a hacer el desayuno en ropa interior, ponía música y bailaba; realmente se veía preciosa, lo hacía cuando creía que no la estaba observando, o al menos eso le hacía creer. Me fascinaba. 

Ella estaba llena de historias que contar, defendía sus creencias pero no en público, lo dejaba para ella, no necesitaba demostrar nada y así se ahorraba momentos incómodos.

Había noches que la sentía salir de cama a leer, más de una vez me dijo que los libros le pedían que los leyera de nuevo. Nunca supe si era real o sentido figurado, con ella no se sabía. 

Tenía un deseo de amplio espectro, se sentía cómoda con su cuerpo, con su desnudez y su sexualidad, disfrutaba de igual manera del placer ajeno como el propio. Sabía amarse, complacerse, se bastaba. Sin embargo me eligió a mí entre tantos, yo que no tenía nada que ofrecerle más que mi amor, mi atención, mi admiración, mis poemas; yo que era un alma lacerada y marchita, deslavada por la vida.

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Volteó a verme a mí, precisamente a mí, y lamió mis heridas, me curó, me devolvió al mundo. No tenía horarios para amar, ni reglas, tan sólo me abrazaba, me besaba, me miraba a los ojos y me decía cosas; no sé cómo explicarlo, pero con eso lo decía todo, podía calmarme, reconfortarme o conquistarme. 

Cuando de seducir se trataba, ella era mágica, no le importaba dónde estuviésemos, respondía a su deseo y me hacía co-protagonista.
En una ocasión, visitamos a sus abuelos, en un pueblo alejado de la ciudad, llevaba rato acercándose a mí y como no queriendo la cosa rozaba mi piel; sabía exactamente que provocaba que mi ritmo cardiaco se disparara. Hicimos el amor, despacio, casi sin respirar, quedito; tenía una manera de morder su labio inferior cuando pasábamos por un momento así que me volvía loco. ¡Dios! Realmente me encantaba esa mujer.

Esa casa tenía varias cosas que quedaron en mi mente, entre ellas, una radio vieja en una mesita apolillada que despedía un fuerte olor, en la cual su abuelo sintonizaba con ansias La Hora Nacional, decía que esos eran los programas que deberían estar por horas al aire, y no la chica esta, Gloria Trevi; decía que esos “chores” no eran nada bonitos ni mucho menos decentes.

Conociendo a sus parientes, se podía ver que tenía un poco de todos ellos, no era ermitaña, pero a ratos me pedía soledad sin decirlo, creía conocerla lo suficiente como para saber cuándo lo requería. Recuerdo que una vez me dijo que deseaba ir a una playa en Oaxaca y quedarse ahí, no me dijo más, sólo un día lo comentó al despertar.

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Yo la amaba tanto que daba por sentado que toda la vida estaría para mí y yo para ella, no había otra opción, no había una realidad alterna en mi mente, y lamentablemente no fue así. 

Un día sin previo aviso, salió de la casa, sobre la mesa dejó una pequeña nota: “Cosecha mi aroma en soledad, volveré, te quiere, Leonor”. 

¡¿Cómo chingados descifraba eso?! ¡¿Qué quiere decir?! ¿Se fue?, ¿Volverá?, la frase retumbaba en mi mente una y otra y otra vez: “cosecha mi aroma en soledad… cosecha mi aroma en soledad”. ¡Jodida cosa!

A veces creo que está en esa playa que me dijo, Mazunte. Quizá entró al mar y desapareció entre las olas, o probablemente se convirtió en algún animal salvaje y vive dentro de la selva. No lo sé, tal vez sólo se hartó de mí o necesitaba huir, al fin y al cabo ella era un ave, no podía atarla nada ni nadie. Pero yo no la ataba, yo disfrutaba su libertad, tanto que en el fondo siento felicidad porque sé que dónde sea que esté, es libre.

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Hoy fumo cigarrillos con la muerte, estoy viejo, los años me cayeron encima sin piedad, la recochina vista se me fue, pero mis otros sentidos se agudizaron, mi oído es excelente, mi olfato se sensibilizó;  con decir que aún puedo olerla en el aire, alguna veces la escucho entonar The Rose, de Joplin, cuando la canta sé que está triste. Aún sirvo su taza de café en la mesa, le gustaba negro, cargado y muy caliente. 

Ayer la vi, entró por la puerta, vestía ese kaftán de seda negro que le compré una vez en una tienda en la Ciudad de México, recuerdo que cuando lo vio se enamoró a tal grado de él que yo sólo quise extender esa emoción y se lo regalé. Lo usaba todo el tiempo, si me pidieran hacer un dibujo de ella, cosa que no haría porque no sé hacerlo, definitivamente la plasmaría con él puesto; decía que esa sensación de la seda sobre su piel era como una caricia de ángel y solía frotar la tela para oír su voz.

Escribo en una vieja máquina polvienta que compré en un mercadito de tres pesos, le faltan teclas; al inicio me lastimaba los dedos, ahora tiene la forma perfecta para que continúe escribiendo sin que me percate siquiera de los fierros sin protección.

Bien decía Bukowsky: “¿Qué puede hacer un poeta sin dolor? Lo necesita tanto como a la máquina de escribir”. Yo tengo ambas cosas.

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Leonor volvió siendo una jovencita, con toda la energía de siempre; no mintió, regresó por mí. 

—Espero que no se haya enfriado tu café, está como te gusta —le dije. —Guardé, conservé y coseché tu aroma como lo sugeriste. 

Tomó mi mano, besó mis labios. Y de un suspiro sentí mi alma unirse a la de ella.

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