A Chema, por San Sebas y la furgo
¿La «maldita guerra», dice? Lo lamento. Yo, aunque quisiera, no puedo maldecirla. Verá: antes del 36 era un chaval menesteroso y bueno, y mi madre me odiaba. Sí, me odiaba. Decía que hubiera preferido no tenerme, que con Santiago, mi mellizo, y con Lucía, mi hermana mayor, pasaba ya suficientes penurias. Me llamó Miguel porque era un nombre que aborrecía, debido a algún secreto de juventud, supongo. El rencor le brotó con mi nacimiento. Cuando la comadrona tuvo en las manos a Santiago se dio cuenta de que el parto era doble y yo no venía en buena postura. «Doña Eva, esto le va a doler, pero ha de salvar al crío», dicen que le dijo. Entonces hizo vivir a mi madre un infierno, casi se muere. Nunca se repuso del todo, ni volvió a caminar con garbo, por eso no me quería. A Santiago lo mimaba y a mí me tundía por cualquier torpeza. Para no confundirnos a mí me cortaba el cabello a cero y a Santi no. Cuando le fueron a avisar que había empezado el alzamiento, mi madre le pidió a Santi que no saliera de casa y al hacerlo me miró con esos ojos oscuros que se volvían abismales cuando ordenaba algo sin ganas de dar explicaciones. No nos dejó salir de casa durante algunos días, hasta que hubo una batalla en los cuarteles de Loyola. Supimos que había habido muertos y nos escapamos a verlos. Aun estando acostumbrados a ver desfiles fúnebres, porque el cementerio de Polloe quedaba cerca de donde vivíamos, nunca imaginamos las expresiones con que la muerte podía llevarse a la gente, como vimos en esa ocasión. Aun recuerdo los rostros desfigurados. Volvimos a casa y la primera a quien relatamos nuestro espanto fue a Lucía. Mi hermana se lo dijo después a nuestra madre, quien casi me mata por exponer a Santiago a una muerte prematura, según dijo. Indiferente a mis dolores tras la paliza, mi padre dijo que la guerra no podría durar mucho. Sus razones tendría, pero no las explicó. Después permaneció callado, como siempre. Esa noche yo dormí soñando que mi madre me quería y que los muertos prometían llevarme. Mi padre se equivocó. La mañana en que llegaron noticias del incendio de Irún dejamos la casa. Al fragor de las escaramuzas en los montes cercanos partimos con rumbo a Bilbao en la furgoneta de Jesús, un gallego solterón y próspero, a quien mi padre hacía trabajos ocasionales. Horas después, no recuerdo cuántas, llegamos a la Gran Vía bilbaína. Ahí, antiguos vecinos de San Sebastián nos alojaron en el edificio Aurora. Conocimos a Benito, un combatiente que resguardaba el refugio y se encargaba de cortar el pelo a los chicos a fin de que no proliferaran los piojos. A mi hermano lo rapó, a cero, como yo, y a mí me dejó empuñar su fusil. Él tendría unos 17 años.
No olvidaré la tarde en que, tras volver a vernos después de una refriega, Benito nos regaló dos tebeos y un par de chaquetas de miliciano, por el gusto de encontrarnos vivos. Santiago y yo las recibimos gustosos. Nos iban grandes. Cuando mi madre nos vio portándolas ordenó que nos las quitáramos o ella misma nos las arrancaría «con todo y piel», pues alguien podría dispararnos. Por el rape, confundió a Santiago conmigo, le arrebató su tebeo y lo hizo pedazos. Santi y yo salimos corriendo del Aurora para huir de la zurra que veíamos venir. Avanzamos algunos metros apenas cuando, acaso un minuto después, los altavoces de alarma empezaron a sonar. «¡Todos al refugio!», ordenaron. Quisimos volver, pero nos pilló el ataque de los aviones alemanes. Las balas nos dejaron llegar ilesos justo frente a la entrada del Aurora, ahí alcanzaron a Santiago. Cayó junto a mí y me trompicó. Al vernos, mis padres salieron, en medio del tiroteo. Aturdido, me incorporé y sentí ganas de vomitar cuando vi la cara de mi hermano, convertida en una máscara sanguinolenta. Aun bajo el estrépito de las metrallas oía que madre gritaba el nombre de mi hermano. No sé en qué momento saqué de la chaqueta mi tebeo y lo agité: «Miguel está muerto, Miguel murió», grité. Mamá me abrazó y, como pudo, cargó conmigo hasta el Aurora. Papá lo hizo con el cadáver. Esa fue la primera vez que sentí un beso de mi madre, mientras me decía: «Santiago», «Santiago», y no fue la última; ignoro si algún día supo la verdad, si logré engañarla o si ella lo hizo conmigo o incluso con ella misma: tomé, sin preguntar, el cariño que me dio hasta el día de su muerte, ocurrida un par de años después de acabada aquella guerra a la que aún ahora no me atrevo a maldecir; ya usted entenderá por qué y podrá juzgarme si quiere.
Del vientre de Eva
