Me había mudado no hacía mucho al edificio aquel, uno de esos que tienen departamentos con ventanales y balcones hacia patios compartidos, apenas separados por pocos metros de distancia. Los cambios siempre me han estresado y no sé si mis nervios me obligan a cambiar o si esas constantes variaciones –de trabajo, de residencia- me han vuelto un tipo angustiado, insomne. Dados mis desvelos nocturnos, no tardé en descubrir, desde mi ventana, que hay pájaros que cantan de noche y que en el edificio de enfrente habitaban dos mujeres hermosas. A una la había visto un par de ocasiones, en el estacionamiento. Era rubia, bellísima. La otra, morena y con semblante feliz, la conocí –si acaso mirar es una forma de conocimiento- una noche, asomado desde mi estudio. Vi que salió a su balcón, frente al mío. Nos distanciaban apenas unos cinco metros, así que moví la mano, saludándola, cuando entendí que miraba hacia mi ubicación. No se inmutó. Tenía una sonrisa serena y su gesto no era pedante sino delicado y bello. De pronto, trepó a la balaustrada. Puedo asegurar que en ningún momento dejó de sonreír. Le dije que tuviera cuidado, que no siguiera, que se serenara, no obstante, al ver su tranquilidad y el aparente sosiego que denotaban sus acciones, dudé de que la angustia la llevara a querer arrojarse desde el cuarto piso en donde se hallaban nuestras viviendas. Bajé corriendo a buscar al conserje, aporreé su puerta, lo desperté y lo llevé a tirones al patio de mi edificio; al llegar, la mujer ya no estaba en su ventana. Tampoco había cuerpo alguno en el suelo. El conserje, llamado Nachito, me dijo que en ese departamento vivían tres mujeres: la rubia, la morena y la madre de ambas, pero que si no había yo visto a la vieja o a “la güera”, lo que yo había visto equilibrándose sobre el barandal había sido un fantasma, porque la morena era ciega y no se arriesgaría a caer al vacío a menos de que estuviera loca o quisiera morirse. Me aconsejó que descansara.
La noche siguiente estuve inquieto, oteando al frente durante largo rato. Casi a las dos de la madrugada se abrió la ventana esa. La chica, la morena, salió. Se quedó contemplando la noche, desde su mundo sin destellos. A pesar de que, en efecto, movía la cabeza con la aparente torpeza de quienes no ven, con cadencia de reptil, sentí que podía percibirme, escrutarme. Sonreía y esa expresión me incomodó. De pronto, trepó nuevamente a la barandilla. Caminó algunos instantes y después, con una agilidad impensable, volvió a su lugar. No era el único que la observaba. Desde la otra ventana de su apartamento, la hermana, la rubia hermosa, también la contemplaba con una expresión rayana en la envidia, al menos eso creí apreciar.

Desde esa ocasión noté que la ciega hacía el mismo truco –no sé cómo llamar a ese acto incomprensible- todas las noches, tal vez un desafío a la vida, el equilibrio justo entre el desdén y el amor hacia lo que mantiene activo nuestro corazón en un malabar existencial que, era evidente, yo no podría comprender jamás.
La imagen de la nocturna mujer equilibrista, inquietante, me persiguió durante el par de meses que me ausenté del departamento, a causa de un viaje al que me enviaron contra mi voluntad. En cada hotel, en cada balcón que visité, creía verla. A mi vuelta –no sabría decir por qué me sorprendió- supe que había muerto. Que había resbalado en uno de sus paseos extremos, dijeron. A mí me pareció rarísimo que con su precisión pudiera dar un paso en falso siquiera. Ya no vería más esa danza perfecta, escabrosa y precisa más que el paso de un gato; no volvería a mirar su sonrisa plácida; tampoco vería el rostro atento de su hermana, vigilante y celoso de la felicidad de la otra. Entonces tuve una idea terrible que al principio me sonó a disparate y luego se convirtió en una certeza molesta: la bella, en un ataque de egoísmo, con seguridad ayudó a que su hermana terminara los paseos turbadores, quizá sorprendida de ese acto que ella, aun con su capacidad perceptiva completa, era incapaz de comprender. La idea sigue siendo una osadía, sin embargo también me resulta, hasta ahora, la única explicación posible.
Nachito me miró desconfiado cuando le conté mi hipótesis y me confesó, espero que no influenciado por mis ideas, que él había notado que la rubia siempre había envidiado a su hermana. Ya nadie podría saber la verdad.
Durante semanas seguí espiando la ventana de enfrente, ansiando mirar la ágil silueta de la morena equilibrarse en la balaustrada, hasta que una especie de convencimiento no exento de decepción me hizo perder la costumbre de esperarla. Incluso cambié mis cortinas; coloqué unas más gruesas y oscuras. Me decidí a hacerlo tras una noche en que observé en ese balcón a la rubia, con la mirada extraviada, pensativa; tocaba la barandilla, la recorría con una mano, acariciándola, midiéndola; pasó cerca de dos horas así. Al percibirme, inexpresiva, se metió a su casa y cerró el ventanal. Era asombrosamente hermosa, parecida a la hermana, pero sin la sonrisa envidiable.
Fue la última vez que la vi.
Días después, la bella cayó desde el mismo lugar que la invidente. Fue una tarde de viernes. Yo volvía de la oficina. Al llegar al edificio miré un corro de curiosos sobre el mismo espacio en que, me contaron, el cráneo de la ciega se hizo pedazos, y no me costó trabajo adivinar qué había ocurrido. Nachito salió a mi encuentro y me dijo que la rubia se había suicidado. “Tal vez la empujó el remordimiento, ¡se suicidó!”, me dijo. “Ella lo habrá hecho con la cieguita igual”. Recordé esos ojos turquesa, hermosos y de mirada anodina, que debido a la oscuridad nocturna ya no pude apreciar la última vez que miré el balcón aquel, y entendí lo que de seguro ni Nachito ni nadie comprendería jamás: la hermosa sí resbaló, tratando de imitar la incomprensible felicidad de su hermana, mas su torpeza fue la que estrelló su cuerpo en contra del suelo al no ser apta para hallar felicidad en ese acto. Esta idea no se la dije a Nachito, quien aseguraba que el espíritu de la ciega algo habría tenido que ver en la muerte de la rubia. Él hallaba cierta venganza. Siguió repitiendo esa versión incluso cuando nos despedimos, yo subido ya en el camión de la mudanza que me alejó de aquel sitio. El nuevo departamento queda un poco más distante de mi oficina que el anterior, pero al menos no tiene balcones y se ubica en la primera planta, únicamente tiene una ventana y no me gusta mirar por ella.
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