Lo ves desde lejos. Lo sientes. Como un nudo en la garganta. Como una explosión minúscula en el pecho que te lastima y va creciendo, te va consumiendo, te va ahogando. Sabes que te va a sumergir, sabes que pronto perderás el grip que tienes sobre las cosas y sientes terror de lo incontrolable; como el crescendo de una canción que no escribiste, como un incendio que no puedes apagar, como la marea que te arrastra violenta hacia el corazón oscuro del mar.
Luchas al principio. Nadas, pataleas, te aferras, tensas cada músculo flácido de un cuerpo que poco a poco deja de pertenecerte. Ves tus dedos arrugados y sin fuerzas soltar la piedra que te mantenía firme, los ves bailar arrítmicos al enfermo compás del caos. Sin fuerzas te rompes. Te entregas al movimiento brusco, al agua turbia, a los movimientos inconstantes, a la corriente fúrica. Tu cuerpo se mueve de un lado a otro sin control. Tus huesos se rompen. Estás ciego y sordo. Te hundes cada vez más y tu cuerpo es cada vez menos. Los golpes hacen que pierdas toda noción de corporeidad. No sabes dónde empiezas o dónde acabas. No sabes si estás vivo o si has muerto y cada vez estás más adentro, más profundo y parece que el remolino nunca va a terminar.
Pero termina. Encuentras el piso y la corriente se detiene, flotas sin respirar, atemporal e incorpóreo. Te das cuenta que lo has conseguido. Sin buscarlo, has llegado al fondo; a lo más profundo; al centro sin orilla. Sin buscarlo, lo has encontrado, lo que tanta falta te hacía: terreno estable. Sin aliento y exhausto flotas sonriendo sin rumbo, inconsciente de cuándo te encontrará la siguiente corriente incalculable que te llevará a nuevas profundidades.

