-Yo también detesto los mall, me dijo y después nos conocimos.
Nos citamos en el corazón del DF, entre las jardineras de Bellas Artes, lugar que ha sido testigo de innumerables encuentros y ha observado alejarse a recién conocidos dejándolos prendidos al destino.
No recuerdo sus primeras palabras. Permanece la imagen lánguida de un joven aliviado de cabello graso y despeinado que acerca sus pasos a los míos. A la distancia su honda mirada me registra, se comunica fijamente con mis ojos pero éstos se han prendido a las líneas duras de su primera plana que anuncia sensualidad abrupta: boca amplia de labios hinchados que revientan en palabras; su nariz, un grueso falo de punta cabizbaja con pizca de aguileña, un ejemplar perfecto para hundirse en cuerpo ajeno y que incitó en mí el deseo de ser aspirado.
Los intentos para enajenarnos fluyeron rápido y nos unimos a cientos de pasos que no terminan de llegar a su destino, aquellos que se engañan en cada parada y lugar donde bajan el ritmo, así lo hicimos nosotros y cruzamos calles, doblamos a la izquierda hasta llegar a tierras de eruditos y fantoches que se montan en lomos y portadas, ahí compró “Huesos en el desierto” de Sergio González Rodríguez, me preguntó si conocía al autor y negué con la cabeza, aconsejó que debería leerlo y dio breve reseña de la violenta narrativa.

Toda la tarde nos intercambiamos en palabras, con preguntas de inercia: ¿Qué tal el trabajo?, ¿qué tipo de música te gusta?, ¿te apetece un cigarrillo? Al compás del humo llegamos a confiarnos aventuras eróticas, compartimos ideales y pasajes de la vida que son una ventana sin vista, cuatro paredes donde se filtra la humedad y nos hace sentir miserables.
Arrastramos la palabrería por la avenida Reforma hasta que topamos con el ángel que remojó sus alas en el ocaso, tomé algunas fotografías, él intentó captarme con la cámara de su móvil pero su lentitud no lo permitió, así que decidí posar para una foto que expondría una mentira, en esa última ocasión yo sólo miraba por el lente sin el afán de guardar más fragmentos de la vida. Caminamos por la Zona Rosa y me contó historias de emos y punketos, encendimos más cigarrillos y le platiqué el día que casi conocí Palenque en Chiapas y terminé enredado con el doble de un artista, un joven ranchero, el fugaz chacal y un ebrio enamorado que sólo quería sexo; en lugar de espantarse sonrió y me contó historias de leones.
La noche anunciaba una llovizna que no llegó, aun así nos dirigimos al subterráneo para llegar a su guarida, un piso recién fumigado libre de chinches y cucarachas, plaga que azotaba por los barrios del la ciudad. En lugar de insectos nos recibió un yonki que escribía en una libreta interpretaciones de películas mexicanas de narcotraficantes de los 70 y 80, aderezadas con reflexiones bíblicas y bailes de cabaret; del cuarto del fondo salió una dibujante de pelo corto y eróticas facciones de niña, trazaba robots en una hoja blanca y cada que soltaba palabra me parecía más cachonda. Juntos invadimos el ambiente con olor a marihuana, era la última reserva de mota de éstos personajes a los cuales me unía aquella noche.

Charlotte y yo nos besamos torpemente en la cocina, no fue un beso donde los dientes chocan primero, pero los labios no lograron amalgamarse por completo. Al regresar al sillón nos leímos las líneas de las manos, la camaradería de las palmas inició a intercambiar el calor de nuestros cuerpos que momentos después se fundirían bajo un halo rojo, neblina que caía sobre los hombros al deshacernos de la ropa, de exponer los sexos a una viscosa danza animal. Cual felinos nos retorcimos ante el altar de Rimbaud, testigo del empalme, del desborde de saliva tibia que escurría por los dedos y el brutal choque de los miembros erectos, ambos búfalos en embestida sin necesidad de impresionar a una hembra.
Había momentos en que Charlotte paraba para encontrarnos los labios, esta vez las lenguas danzaban la misma melodía, su aliento a whisky con soda extasiaba mis sentidos y por un momento deseé quedar anudados para que no se quitase de encima, pero los tambores de batalla enardecían nuestras bocas para trasladarse a otras comisuras donde se azotaban cual ventisca las puertas del placer; como todo fenómeno natural fuimos disminuyendo hasta que nuestras ramas quedaron quietas, entrelazadas con vista a un cielo rojo que se apagaría media hora después.
Ese día besé a Charlotte Gainsbourg y descubrí que jamás será de nadie, es un alma nómada destinada a intercambiar momentos de sabor infinito que se evaporan con baños de agua tibia, y cabe la posibilidad de ser traídos por la memoria alguna tarde de ocio varios años después.
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Viviendo del pasado que no podemos remediar suele ser la manera en la que nos inspiramos para plasmar en historia escritas nuestros fantasmas, por ello te compartimos 10 sencillos pasos para convertirte en escritor.
