El perro que comió los hongos

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El perro que comió los hongos
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Amanita muscaria - el perro que comió los hongos

Adriana lloraba inconsolable por la desaparición de su pequeño hijo Luis, secuestrado por el padre la tarde del viernes. Antonio lo recogió del jardín de niños y ambos se dirigieron a una cabaña en el oscuro bosque de Meztolotla, municipio de Acaxochitlán, en el estado de Hidalgo.

—¿Por qué no vino mamá con nosotros? —preguntó Luis.

Ella, según Antonio, no había querido y por eso viajaban solos. Llegaron a un motel en Acaxochitlán, el último pueblo antes de adentrarse y sumergirse en la densa y misteriosa montaña de Meztolotla. Luis se había quedado dormido y Antonio lo dejó en el coche para ir a la recepción, donde sólo había un tétrico anciano durmiendo en una mecedora. “Más bien parece muerto”, pensó Antonio cuando llegó una anciana limpiándose las manos, quien se disculpó por la ausencia y de inmediato le dio las llaves de un cuarto.

—¿Qué tiene el señor?

—Siempre es así —contestó la anciana—, a veces se queda dormido hasta varios días, como si estuviera muerto.

Más bien parece drogado.

—En efecto —hubiera contestado la anciana.

Antonio entró al cuarto cargando a Luis, lo acostó en una de las camas y tomó su teléfono celular.

—¡Dónde estás! —preguntó Adriana desesperada. ¡Dónde está mi hijo! ¡Te voy a meter a la cárcel por esto! ¡Te voy a matar, hijo de la chingada!

—Sólo quiero estar con él durante un tiempo, pero si me sigues amenazando, te juro que nunca más lo vas a volver a ver —dijo por último y colgó. Miró a Luis dormir y se cubrió el rostro. Hija de puta.

A la mañana siguiente, Luis salió a explorar el lugar.

—Hola —dijo la anciana—, qué bonito estás. Llegaste ayer con tu papá ¿verdad?

—Sí.

—¿Tienes hambre?

Él lo pensó y, segundos después, asintió. Ella le tomó de la mano y ambos se dirigieron a la cocina. Luis comió una quesadilla y, cuando salió al vestíbulo, se sorprendió al ver al anciano, quien continuaba dormido y en la misma posición que la noche anterior. Luis se acercó para tocarle la cara, luego la frente y el cachete bruscamente.

—¡Luis! —lo reprendió Antonio—. ¡Deja al señor en paz!

—No se preocupe —dijo la anciana—. Mi viejo no se despierta por nada. Tienen que pasar hasta dos días después de su dopada.

Antonio se despidió de la anciana y ella les pidió que regresaran, ambos agradecieron y reanudaron su camino al extraño bosque de Meztolotla. Por los mágicos hongos de la zona —según la señora. Luego de dos horas de terracería llegaron a una vieja cabaña abandonada. Luis miraba emocionado y quiso bajar del auto, momento en que apareció un perro asomándose con sus patas y lamiendo el vidrio de su ventana. Era un tierno y amigable labrador de color dorado, sucio de tierra y mojado. Ambos lo acariciaron y, a partir de entonces éste los siguió para todos lados. Entraron a la cabaña y los pocos muebles estaban cubiertos de polvo, mugre y telarañas. Limpiaron e intentaron encender la chimenea pero no había suficiente madera.

—Voy por leña —dijo Antonio.

—¿Puedo ir contigo?

—No, ya está haciendo mucho frío.

Antonio tomó un machete y se dirigió al bosque, el perro lo siguió y ambos se adentraron a la parte más densa de aquella selva negra. Se puso a cortar con dificultad la madera de un viejo árbol derribado por el tiempo, recogió los trozos y, cuando los echó sobre su lomo, notó que el perro comía unos hongos amarillos con puntos rojos. ¿Los mágicos hongos? Inició la partida hacia la cabaña con la leña y se percató que el perro ya no lo seguía, lo buscó dando chiflidos, preocupado por su pérdida. Dios mío… Lo encontró entre unos matorrales, echado, tirado, derribado. Lo miró de cerca y, tocándolo con una rama y luego con la mano, concluyó que estaba muerto. Pinches hongos venenosos. Truenos y relámpagos anunciaron una lluvia cercana, Antonio cargó los troncos y volvió a encaminarse de regreso dejando atrás al perro muerto. Pobre. La lluvia se soltó con fuerza sobre el bosque y, después de una hora, Antonio deambulaba perdido, intentando encontrar la cabaña y su camino. Ya sin los trozos de leña consigo, lo único que quería era regresar con su hijo. Resbaló por una pendiente y quedó cubierto de lodo y hojas doliéndose por el golpe, no obstante, frente al camino y la cabaña a la distancia. ¡Luis! Antonio entró completamente empapado a la cabaña, temblando de frío y llamando a su hijo. Se secó con una toalla, se puso ropa seca y, ya cambiado, buscó a Luis con más calma. Le intrigaba que no le contestara.

—¿Luis?

Salió de la cabaña y buscó con su vista, pero la noche y la espesa neblina no le permitían ver nada. Expulsaba vapor de su boca mientras experimentaba el terror de no encontrarlo. Sacó de su mochila una lámpara y, finalmente, lo encontró en la parte trasera, boca abajo, inconsciente y completamente mojado. Antonio lo cargó, lo metió a la cabaña, lo desnudó y con tres frazadas lo cubrió, pero Luis no reaccionaba, se mantenía inmóvil e inconsciente. Antonio, angustiado, lo llamaba por su nombre con llanto pausado, puso la cabeza sobre el pecho de su hijo intentando escuchar sus latidos. Nada. No escuchaba nada. Nada de latidos. Entró en la desesperación y le abrió la boca para que pudiese tener oxigenación, momento en que sorprendido y paralizado entró en shock. No. Sus ojos expresaron terror. No puede ser. En la boca de su hijo había pequeñas partículas, con puntos rojos, de color amarillo, semejantes a la forma y textura de los hongos que el perro había comido.

El silencio en un grito.

Al día siguiente, al amanecer y luego de una noche de llanto sin poder dormir un poco, enterró a su hijo a unos diez metros de la casa. Perdóname. Antonio se miraba fijamente en un espejo roto de la cabaña, completamente ausente, mientras en sus manos inertes voluntariamente, sostenía una vieja navaja de rasurar y pasó algo por su mente. Se la pegó en el cuello y, mirándose en la espera de la decisión para cortar con fuerza… Adiós. Pero la decisión no llega, sosteniendo la cobarde navaja ya sin fuerzas el llanto se manifiesta. Y las campanas suenan. Antonio yacía dormido sobre la tumba de su hijo. Y la noche llega. Antonio yacía sentado en el suelo de la cabaña, derribado, completamente ausente de ese bosque denso, oscuro y raro. Amaneció, manejó hasta Acaxochitlán para que su teléfono tuviese señal y se estacionó frente al templo prehispánico dedicado a San Serapio, un santo local.

—¿Bueno? —contestó Adriana—. ¿Antonio? Si eres tú contesta por favor —pedía angustiada—. ¡Dime por favor dónde está mi hijo! —suplicaba con horror. No obstante el dolor, Antonio, sin decir ni una palabra, cortó—. ¡Antonio!

Maldita cabaña. La miraba desde el coche mientras la noche suavemente se presentaba, se bajó y caminó hacia ésta insultándola, culpándola, y al continuarla maldiciendo parecía que le contestaba como si estuviera embrujada. Entró decidido e iluminó el lugar con un quinqué, se sentó a la mesa y de la maleta sacó una botella de ginebra. Se sirvió en un vaso y bebió como cosaco. Maldita. La botella se acabó y, después de un rato, Antonio ya estaba inconsciente y roncando.

Algo en la puerta rascando. Despertó escuchando ruidos pausados… Vienen de la puerta. Levantó su cabeza y dirigió su vista hacia ésta, pasaron algunos segundos y los ruidos fueron acompañados por unos gemidos. Como chillidos. Antonio miraba la puerta mientras los ruidos sonaban con más fuerza, se levantó de la mesa y los ruidos aumentaron y sonaron con más insistencia. Sus ojos estaban exaltados cuando acercó lentamente su mano a la perilla mientras los ruidos acrecentando. Abrió la puerta y quedó inmóvil, sorprendido y asustado de lo que estaba mirando… El perro.

El perro que comió los hongos.

* * *

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