
Helena Zanetti se echó de un trago el quinto mezcal de la noche y todos la ovacionaron, reunidos en El Manzanillo festejaban el fin de semestre en el Instituto de Artes. Helena estudiaba Artes Visuales y sólo le restaba un año para terminar. “Y me voy a Alemania por la maestría”, pensó mientras le servían el sexto mezcal. “Sólo un año más”.
A pesar de la insistencia en llevarla se negó a toda propuesta y prefirió regresar sola, caminando a su casa, por la calle de Guerrero y cruzar la plaza Juárez, hasta la colonia Periodistas. Era la 1:20 de la mañana y la neblina descendía como cascada blanca, su nariz estaba helada y apenas se adentraba a la plaza cuando un furioso ventarrón la desplazó por la espalda, se cubrió los ojos y prosiguió la caminata. Sólo un año y ya. El teatro Hidalgo tenía algunos vidrios rotos en sus puertas de acero y ella aceleró el paso mirando precavida a su alrededor. Un camino de adoquín y luego a la derecha, donde vislumbró el quiosco flotando sobre la niebla. Se detuvo para limpiarse la nariz cuando levantó la vista, frente a ella una sombra, la silueta de un hombre alto de gabardina y pelo largo. Helena quedó paralizada, sorprendida e indecisa. El hombre dio un paso hacia delante y su rostro se iluminó por la luz nublada del farol. Sus ojos eran verdes, su piel muy blanca y sus ojeras pesaban bajo su intensa mirada.
Helena despertó bajo la luz intensa del sol que entraba por la ventana de su recámara, se agitó el cabello y, algo desesperada, intentó recordar qué había pasado en la madrugada. Estaba desnuda y nunca dormía desnuda, estaba relajada y nunca estaba relajada; estaba calmada, serena y algo dopada. Suspiró hondo y sonrió. “¿Qué pasó en la madrugada?”
A medio día regresó a la plaza y recorrió el sitio de la madrugada, notó cómo cambiaban, en las puertas del teatro Hidalgo, los vidrios de una ventana. Pensó que todo había sido efecto del mezcal y la marihuana. No obstante se sentía aliviada. No estaba cruda ni cansada sino satisfecha, incluso estimulada. No recordaba qué había sucedido, pero sentía placer con sólo imaginarlo. “Me siento bien”, pensaba mientras regresaba a su casa.
Se puso a dibujar hasta la medianoche y una ráfaga de viento golpeó su ventana. No pudo más. Se puso una chamarra y, con el viento golpeando su cara, se dirigió a la plaza. La noche, la neblina y la ausencia de la luna, todos bajo una misma alma, y la luz sólo provenía de los postes en los jardines de la plaza. Y el quiosco, el quiosco flotando en la noche. Y el adoquín mojado. Y las plantas y sus sombras. “¿Qué hago aquí en la madrugada?”
Helena temblaba, tenía miedo pero algo dentro de sí le pedía aguantarse, le impedía irse como antes. Estaba decidida a permanecer en el quiosco, por la noche y sumergida en la neblina de la madrugada. Soltaba vapor por su boca cuando, saliendo de la nada, se topó de frente con el hombre de ojos verdes y piel blanca. Cabello negro. Sonrisa extrañamente rosada. “No hay nada malo bajo su mirada.”
Helena volvió a despertar bajo la luz intensa del sol que entraba por la ventana de su recámara, nuevamente desnuda bajo sus sábanas blancas, no obstante, se sentía sensual y excitada. “No sé qué hacer. ¿Ir todas las noches a la plaza? ¡Y qué es lo que pasa!”, se preguntaba mientras regresaba, por tercera y última vez, a la plaza en la madrugada.
En el quiosco estaba Fledermaus, el hombre de negro, ojos verdes y piel blanca. Ella detuvo sus pasos algo tímida y desconfiada, pero él estiró su brazo y abrió su palma. Helena tomó su mano y sintió la piel helada. Lo miró a los ojos y… Ahora eran rojos, hambrientos y locos. Como un rayo se dejó ir contra ella y ella se cubrió con sus brazos para protegerse, pero no le hizo nada, ningún daño le deseaba. Sintió sus colmillos y lo cálido de su labia, sintió sus brazos y le sintió la espalda, sintió cómo la abrazaba y la besaba. Ahora todo lo recordaba. “Me siento amada.”
Helena no volvió, jamás regresó, muerta se creyó pero como desaparecida formalmente quedó.
Pero me siento amada.
Ahora todos tienen miedo y ya nadie pasa por la plaza, mucho menos en la madrugada. Hay un vampiro —dicen— esperando tu alma.
