Para el protagonista del siguiente cuento de Janet Sánchez, el olvido es un largo trago amargo que deja un nudo en la garganta desde el que tropiezan las palabras.

ELLA
Ayer la recordé tendida en mi cama, con la respiración lenta que solía tener después de besarle hasta el alma. Acostumbraba abrazarme y discutir asuntos sin importancia, le gustaba verme y no dejarme dormir; mientras yo cerraba los ojos, sentía su delgado y moreno cuerpo, tocaba con mis dedos sus piernas, su espalda.
Ella era lo que me gustaba, tenía los brazos listos siempre para mí, ella me amaba…
Podía ver en sus manos el amor, la pasión, las ganas de tenerme siempre. Ella tenía su alma anclada a un puerto lleno de inciertos, pegaba ese barco junto a la cama de la que yo vi marcharse a tantas mujeres, saqueadoras de los más altos deseos que pueda tener cualquier hombre.
Ella no era las más bella, pero siempre había estado ahí, lista para escucharme, hacerme saber que siempre ha tenido significado mi existencia. Me lleva a su lado en cada oportunidad que tiene, se aísla de la calma para llegar a esta vida llena de tempestad y enmarcar un recuerdo, muchos, tantos que no la puedo olvidar.
Nunca me detuvo para estar a su lado, incluso ha dejado que me pierda en el más profundo amor de otra mujer, con la esperanza de siempre regresar a ella. Ella es mi confesor y mi verdugo, la amiga que escucha aquellas anécdotas pertenecientes de un patán. No encuentro consuelo en ningún lado, al final siempre busco la manera y nuevamente estoy con ella, tocando sus manos.
Ella me amaba, pero en una perturbante lucha de violencia entre el deber y el querer, se dio cuenta de que no la amo, se preocupo por mí ese y muchos días más. Dijo que la olvidara, que guardara su recuerdo como una buena amiga.
Ayer que la recordé, me pregunté qué estaría haciendo. Me imagino que me está olvidando, con muchas ganas de no volver a amarme nunca, pues su deseo y cariño iban más allá de ella. Ahora que no la tengo y sólo quedan algunos vagos recuerdos de su cara, me doy cuenta que al pasar de los años cambió todo su entorno, no estaba yo incluido, lo único que con seguridad sabía es que ella me amaba.
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Escribir y leer poesía es una forma de sanar el alma. Si quieres leer más poemas de amor y desamor, te invitamos a que conozcas a los autores de los poemas para los que se resisten a superar las decepciones y los poemas para los que no quieren olvidar.
