
Las llamas del infierno en la tierra. Una recámara invadida de sangre, charcos en el piso y vísceras por todas partes. El asesino utilizó las cobijas como esponja para pintar las paredes, el techo y las ventanas de rojo. El escarlata en diversos tonos. Los cuerpos de sus dos víctimas, una mujer y una niña, sentadas cada una en una esquina. Ambas sin ojos.
Termino la nota para el periódico con mi mano temblorosa, se me resbala el lápiz y cae entre los restos de sangre, cierro mi cuaderno. Me retiro del lugar pasando por un pasillo atiborrado de investigadores y policías. En todo el recorrido hacia la calle no miro a nadie, no quiero mirar a nadie. Sólo quiero estar en otra parte.
Camino pensativo, dudando, meditando sobre continuar este trabajo. Necesito el dinero pero no soporto las macabras imágenes estampadas como piedra en mi cerebro. Camino distraído y tropiezo con un desnivel de la banqueta, la raíz de un árbol sobresaliendo del piso. Doy una machincuepa, me tuerzo la mano derecha y me raspo el nudillo y la rodilla izquierda. Me recupero del madrazo, apenas me estoy levantando del suelo y suena el teléfono. Es el jefe de mi chamba.
—Ya hice la nota —le contesto luego-luego.
—También te toca la entrevista.
—¿Entrevista?
—Quiero una entrevista con el homicida.
—¿Con quién?
—Con el asesino —dice por último y, como siempre, me cuelga.
Llego al reclusorio norte. Muchos locales de comida en la explanada del exterior y una enorme fila de visitantes. Me presento con uno de los policías y me lleva al primer puesto de revisión. Me quitan el cinturón, las agujetas y mi último bolígrafo. ¿Cómo haré la nota? Adentro me darán uno. Recorro un largo pasillo, quizá cien metros, y al final hay un gran zaguán blanco; el segundo puesto de revisión. Ahí se quedan mis llaves, paso el zaguán y salgo al patio principal, me aborda un reo punk y chaparro con muchos tatuajes. Me dice que me acompaña de ida y vuelta por una lana; levanto la vista y muchos reos me miran, me asedian. Asiento y lo sigo sin mirar a nadie, atravesamos el patio, y el chaparro, efectivamente, me hace el paro. Llegamos a un edificio gris con blanco (para reos de alta peligrosidad) y nos abren dos corpulentos policías.
—Aquí te espero pa’ llevarte de regreso —me dice el punk reo.
Entro al edificio y paso por un último puesto de revisión, donde conozco al coronel Jiménez, quien revisa mi credencial y mi correspondiente acreditación como reportero. Lo sigo por un ancho pasillo con celdas de ambos lados, cada una con una pequeña ventanita de vidrio en la puerta. Nos detenemos en la última, entramos y no es una celda sino una espacio grande y blanco con sólo una mesa rectangular en el centro con argollas en sólo uno de los extremos. Voy a preguntarle sobre el homicida cuando aparece el asesino custodiado por dos guardias y con un bozal como perro. Está encadenado de muñecas y tobillos, pasando por la cintura, descalzo. Lo sientan en una silla atornillada al piso en el extremo donde las argollas y pasan por éstas la larga cadena. Se retiran.
—¿Me van a dejar solo con él?
—Lo estaremos monitoreando todo el tiempo —dice Jiménez.
Señala dos pequeñas cámaras en el techo del lugar y cierra la pesada puerta. Volteo a verlo y me mira sonriendo. Temeroso, me siento al otro extremo.
—No pase de la línea roja —me dicen por micrófono. Asiento y el asesino se me queda viendo.
—¿Eres honesto? —me pregunta.
—Simón —respondo, ofendido, luego de una pausa.
—Entonces te voy a contar la verdad.
Trago saliva de nervios, saco mi cuaderno y me doy cuenta que se me olvidó pedir un bolígrafo o de menos un plumón. Bueno, pues a ver qué retiene mi cabeza (cansada ya de estas desgracias de la tierra).
—Adelante, dime:
Afirma que llegó del trabajo a su casa como siempre lo hacía desde varias semanas, cuando los del sindicato petrolero le dieron finalmente su plaza. El contrato incluía un jugoso seguro de vida para él y su esposa, sobre todo el de ella por ser más joven y no enfrentar los riesgos laborales. Al llegar, le sorprendió ver a su cuñada, la hermana de su esposa, pues además de que nunca los visitaba, siempre los criticaba por la colonia que habitaban. Ella fue quien ayudó a su esposa a cocinar y, al sentarse a la mesa, no comió alegando que estaba delicada del estómago. La sopa no le supo rara, empero, apenas al terminarla, perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos, dice, ya estaba la recámara ensangrentada. Se horrorizó al ver a su esposa e hija, los cuerpos en las esquinas. Un brutal golpe en la cabeza lo volvió a dejar inconsciente. Lo miro a los ojos y están llorosos.
—Mientes —le digo muy seguro.
Enfurece e intenta atacarme, pero las cadenas se lo impiden. Repite dos veces el intento y a la tercera uno de los ganchos sobre la mesa sale disparado y, extendiendo la cadena, se avienta sobre mí y me sujeta por el cuello con todas sus fuerzas. Entran los guardias y lo someten con golpes en las piernas, costillas y cabeza.
—¡Es verdad! —dice mientras se lo llevan arrastrando.
—¿Estás bien? —me pregunta, y sorprende, una hermosa mujer de ojos verdes.
—Sí, estoy bien, gracias.
—¿Qué fue lo que te dijo? —me pregunta ella.
—Pues… —comienzo a decir mientras el coronel Jiménez ayuda a levantarme.
—Ella es la hermana —me dice Jiménez—, y tía de las víctimas.
La miro a los ojos y estos me comen por su fijeza, me ponen nervioso. Quedo cabizbajo, recojo mi libreta e intento despedirme de ambos.
—¿Seguro se encuentra bien? —dice Jiménez.
—Sí, sí, sí, bien, bien, bien. Todo bien.
—Yo lo acompaño —dice ella.
—No hay problema, yo…
—Sígueme —casi me ordena y yo, netamente hipnotizado, la sigo por su belleza.
—Bueno.
Salimos del edificio y el compa chaparro se me acerca, ella le da unos billetes y éste se aleja. La sigo por todo el patio mientras todos los reos a nuestro paso nos gritan de cosas. A ella, por estar conmigo; a mí, por estar con ella. No obstante, mi temor aumentaba no por el asedio de los reos sino porque estaría afuera con ella en tan sólo unos momentos. Bueno, eso tendría sentido si el reo dijera la verdad, pero eso tampoco tiene sentido.
—¿Quieres ir a tomar algo? —me pregunta y la miro estupefacto. Bueno, tampoco tengo porqué estar asustado; es obvio que el tipo miente. Ella no puede ser la asesina. Está muy bonita. Sin embargo, propongo un lugar público.
—¿Y te puedo hacer una entrevista? —le pregunto.
—Sí, pero entonces vamos a mi casa —me dice.
Lo pienso. No, no tengo por qué tener miedo. El tipo del reclusorio no puede estar cuerdo. Además, puedo redondear la nota a través de ella, su versión y explicación como preámbulo de lo que trágicamente sucedió. Es mi trabajo. Llegamos a su casa que, repite varias veces, es rentada. Me siento en un sillón de la sala mientras ella va la cocina por algo de beber. Suena mi teléfono, es mi jefe de la chamba:
—¿Ya tienes la entrevista? ¡La necesito ahora mismo!
—Por qué la urgencia.
—Me acaban de decir que mataron a Juan N.
—¿A quién?
—¡Al asesino que acabas de entrevistar!
—¿Murió? ¡Cómo!
—Quién murió —pregunta ella cuando regresa.
—Nadie, nadie —le digo y guardo el teléfono.
—¿Era de tu trabajo? —me dice muy coqueta ofreciéndome un trago.
—Sí, sí, quieren la nota de otra cosa.
—¿Qué otra cosa?
—Una boda —digo por decir algo y ella ríe.
—Eres un mentiroso. ¡Salud!
Miro mi copa mientras ella da el primer trago.
—¿No vas a beber?
—Ando tomando medicina —miento, en realidad es miedo.
—No te pasa nada, tú bebe.
Miro mi copa nuevamente. ¿Estoy paranoico? ¿En verdad ese tipo me puso a alucinar? ¿A dudar? Todas las pruebas están en su contra. ¡Imposible! Pero lo mataron. ¿Quién lo habrá matado? Tal vez se excedieron cuando quisieron controlarlo. Sigo cavilando, miro nuevamente la copa y, a través de ésta, logro vislumbrar una extraña sombra. Enfoco y me sorprendo al ver entre mi ojos el cañón de una pistola con silenciador.
—¿Por qué me apuntas? —replico.
—Ochenta millones.
—¿Ochenta millones?
—Eso es lo que me va a dar el seguro por la muerte de mi hermana y mi sobrina.
—Entonces es verdad —suspiro.
—Sí, pero no como parece. Fui muy humana al respecto, sólo fue veneno, todo lo demás vino después; pero eso seguramente ya lo sabías.
—No lo sabía.
—Pues ya lo sabes, y aunque tu vida valga una mierda, no quiero arriesgarme. Adiós, pendejito.
Cierro los ojos y jala el gatillo, pero no pasa nada. Abro los ojos y ya no me apunta, batalla nerviosa con la pistola; logra quitarle el seguro y se la intento arrebatar, forcejeamos. Es muy fuerte y caemos al piso, ella encima de mí.
—¡Suéltala, maldita sea! —me grita—. ¡Suelta!
Me da una patada en los güebos y me desarma. Intento levantarme y me golpea con la pistola en la cabeza, luego en el ojo, empero, el silenciador se dobla y se pone furiosa.
—¡Vas a ver, hijo de la chingada! —me advierte y se retira de prisa.
Me levanto con mucho esfuerzo, apoyándome en un sillón. Entra con un enorme cuchillo y lo asesta en mi espalda, lo repite dos veces más y forcejeamos con el cuchillo ensangrentado. Me repite la patada en los güebos y vuelve a dejarme doblado en el suelo. Me sujeta del cabello y pega el filo del cuchillo en mi cuello.
—No, no —imploro—. Por favor…
—Diré que me atacaste porque querías el dinero del seguro, que me chantajeaste y que eres cómplice de mi cuñado. Yo me defendí como pude y, al final de cuentas, tuve que matarte. Así que, despídete de tu miserable vida, reportero de mierda.
¡Bang!
El silenciador se descompuso, se rompió, pero la pistola seguía funcionando. A tientas la encontré y, sin pensarlo, le apunté jalando el gatillo una sola vez. El resto del dispositivo salió impactado por la bala que, finalmente, terminó en su frente (justo en medio de aquellos ojos verdes). Las llamas del infierno se apagaron con su muerte.
Al final salió la nota, transcribieron por completo el audio en mi teléfono, nunca colgué y mi jefe graba toda las llamadas del trabajo. Así quedó todo registrado sin que, por fortuna, yo tuviera que escribir, y revivir en cierta manera, dicha experiencia para el diario en el que, lamentablemente, sigo trabajando pues, a pesar de todo lo sucedido, sigo teniendo el mismo mísero salario. No me importa, estoy vivo.
* * *
