Ella comienza a articular sonidos incomprensibles, yo soy sólo un espectador. El sujeto sentado frente a nosotros no cabe de felicidad al escuchar por fin que alguien habla su misma lengua. Es su turno de hablar, ahora sabremos por qué le han traído aquí. Conforme el relato avanza, el rostro de ambos interlocutores se transforma. Él se muestra atormentado por la angustia, ella es una mezcla de tristeza e impotencia. La voz del hombre se deforma por el llanto. Ha terminado de contar su historia.
La habitación donde nos encontramos queda en silencio por un par de minutos. La traductora se dirige a mí, dice que el hombre vino de su pueblo natal a la capital para encontrar trabajo. Sin embargo, fue asaltado y despojado del poco dinero que tenía. Persiguió a los ladrones, pero mientras corría fue interceptado por dos sujetos uniformados. Intentó pedirles ayuda, explicar lo sucedido con las pocas palabras que sabe de español. “Los hombres vestidos igual” le sujetaron con fuerza, lo subieron a un coche ruidoso y lo trajeron a esta institución mental. Eso ocurrió hace dos años.

Le pido a la traductora que le diga al pobre hombre que la pesadilla ha terminado, que pronto saldrá en libertad, pero me veo interrumpido por ese desconocido dialecto, el entrevistado ha retomado la palabra. Ante la falta de entendimiento sólo me queda observar, ver de nuevo sus rostros transformarse, sin embargo el de ella ahora refleja lástima. Otra vez el llanto del hombre culmina su relato. Ella gira hacia mí, afirma que el entrevistado acaba de repetir su historia como si fuera la primera vez que la escuchamos. No cree que sea correcto dejarle en libertad, dos años en una institución mental afectan hasta el cerebro más sano. Las palabras de la traductora de lenguas indígenas paralizan mi capacidad de reacción, sin embargo, escucho vagamente que el sujeto comienza a hablar de nuevo.
