El siguiente poema te recordará que el amor contiene luz y oscuridad, continúa leyendo…

Siempre que estoy al frente del folio en blanco, escribo tu nombre y lo borro a los cinco minutos para ver qué me surge.
Tal vez lo que me emociona no es mi poca habilidad histriónica de olvido, sino recabar en mí lo que es más profundo y me hace decirte en un folio lo que quiero, o lo que no, pero te lo escribo.
Yo vi a una mujer con las manos color verde pintando hojas en mi espalda, y vi un hombre siendo madera edificándome un tallo en el centro del pecho que me enseñó a enraizar de nuevo.
Para cuando el otoño llegó y las hojas empezaron a caer, pasó el barrendero y entre las cerdas, polvos, basura ligera y mis hojas sueltas, también lo hiciste tú y con sus pasos lentos las hojas caídas tenían tu nombre y las onomatopeyas de tus risas.
Me guardé tu jugo de naranja con zanahoria y el “despiértame antes de las 7” para ponerlos de alarma y hora de desayuno.
Aprendí a no saborearte en los helados de ron con pasas y a no escucharte en aquella canción de Pedro Aznar.

Ya te cito libremente cuando le digo a los demás que a los siete años le regalaron Revolver de Los Beatles y por eso Aznar se hizo músico.
¿Te acuerdas? ¡Me lo enseñaste tú!
Para entonces, el invierno había llegado, tenía mucho frío y sonreía de nuevo al ver tu cabeza que reposaba con la cobija que bordó tu abuela y tus tías para mí como regalo de cumpleaños dos años atrás.
Entonces, cuando envasé mis besos en una botellita de cerveza vieja y la tiré al mar para ver si llegaba al otro lado de la isla, supe de ti.
Me hablaste de lo que pensabas de mí y de lo que no debías pensar, pero muy en el fondo nada era igual para mí.

Decidí irme en silencio, cuando las diferencias iban a ser el puente que se construirían en tus brazos y mi amor terminaría en tus manos.
Y sobre tus pies, que eran mi tierra, iba a subirme para abonarnos.
Hasta que pude irme y, de una buena vez, no regresé más.
Es muy importante que sepas que se me hace bonito decirte que nada de olvidarte es cierto.
***
Hay amores que no se olvidan, que permanecen en la mente aferrados a ese espacio que debieron dejar de habitar hace mucho tiempo. Quizá seamos nosotros quienes los capturamos, porque, aunque ya no sea real, nos sentimos seguros a su lado; vivimos el síndrome de estocolmo de la manera más natural que existe y decidimos recitarle 5 poemas latinoamericanos porque sufrimos de desamor.
