Texto escrito por Héctor de Mauleón
La historia de las calles en la CDMX es inagotable, ya que están llenas de particularidades y cosas inesperadas pero que son fascinantes. Por ello y porque todo tiene importancia, te presentamos este artículo que habla sobre huellas. Sí, esas que están tatuadas en el cemento.

Me intriga esa gente que imprime su huella en las banquetas como si quisiera dejar algo suyo en la ciudad. Frente a mi casa estuvo la huella del zapato de una niña que probablemente ahora esté descansado bajo la tierra. Era una pisada que llevaba ahí toda la vida, a unos metros de la puerta. ¿Qué tan antigua sería? ¿Perteneció a una niña que habitó aquel domicilio antes que yo o fue dejada por alguien que sólo iba pasando y no resistió la tentación de pisar la superficie blanda y fresca que la obra pública le ofrecía?
Una vez le hice una pregunta a uno de mis tíos. Sólo movió la cabeza, compadecido por las cosas extrañas que ocupaban la cabeza de su sobrino. No volví a preguntar, por pena, pero cada que advertía la presencia de alguna huella en la banqueta, era como si un viento misterioso me envolviera. Pasé la primera parte de mi vida en un barrio antiguo. Las primeras casas. entre ellas la nuestra, fueron levantadas a finales del siglo XIX. Yo hallaba mil motivos para preguntarme si las huellas que tachonaban las calles podían corresponder a alguno de los habitantes originales de la colonia. Alguien corrió para abordar el tranvía de la Rosa y dirigirse al ministerio en el que trabajaba como escribiente; algún travieso estudiante de la primaria El Pensador Mexicano o alguna señorita que pisó sin darse cuenta mientras se dirigía al cine o a la Escuela Odontológica.
En alguna banqueta de Santa María de la Ribera dejé mi propio ejemplar de un zapato comprobado en El Taconazo Popis. Un amigo escritor asegura que la huella de los Exorcista Canadá con que una tarde quiso perdurar en el tiempo todavía es visible en una calle de la colonia Escandón. Manuel Gutiérrez Nájera se quejó de los Ayuntamientos que permitían a la gente de 1894 caminar en banquetas de 1849. “¿Ustedes han visto un Ayuntamiento que se esté más quieto, sin hacer ruido ni meterse los dedos en la boca? ¿Sabe de otro que haya dado menos qué decir? El Ayuntamiento recibió la ciudad como depósito y va a entregarla con los mismos adoquines, con los mismos baches, con los mismos precipicios y con los mismos desperfectos y averías ocasionados por el tiempo?”, escribió.

En tiempos del Duque no había llegado el cemento, el polvo del siglo XX y, por tanto, en las banquetas había poco qué explorar. En la Ciudad de hoy, los ayuntamientos cambian de banquetes cada año -movidos, sobre todo, por la necesidad de obtener el “guardadito” con que refaccionan las elecciones-. Y, sin embargo, en decenas de colonias las aceras so las mismas que inauguró el regente Rojo Gómez y están plagadas de rastros dejados por ciudadanos de ayer, huellas que no van a ningún lado y que continuarán allí mientras todo lo demás es devorado por el tiempo.
Una huella es algo extraordinario en una ciudad sumergida en sus transformaciones, en un mundo cuyo destino ineludible es la desaparición. Un día de hace 117 mil años, una mujer frágil, pequeña, que no pesaba más de treinta y cinco kilogramos, caminó con pasos torpes y cortos por la ribera del lago Langebaan, en la punta extrema del continente africano. Algo la hizo detenerse un instante: un ave que volaba sobre el lago, el reflejo del sol sobre las ondas azules, un aroma inquietante en un paisaje irrecuperable. Su pie derecho quedó paralelo a la pendiente de barro humedecido, mientras su pie izquierdo se hundía ligeramente en la arena y quedaba orientado hacia el lago. Un momento después, la mujer siguió caminando. No sabemos nada de ella. Se perdieron su rostro, su carne, sus huesos. Pero ese instante fugaz en el que posó sus plantas en las dunas reblandecidas del lago Langebaan quedó grabado para siempre. Sólo permaneció lo más sutil, una huella que resistió 117 mil años de embates, y que investigadores de la Universidad de Witwasterand hallaron a cien kilómetros de Ciudad del Cabo, en agosto de 1997.

Frente a Roma sepultada en sus propias ruinas, Quevedo miró el Tíber y descubrió que sólo lo fugitivo permanece y dura. En el mudar de casas y derribar de edificios que ha marcado que ha marcado la historia de la Ciudad de México, algunas banquetas guardan un misterio antiguo. Caminar por ellas es encontrar el secreto que Francisco de Quevedo le robó al Siglo de Oro.

Si quieres saber más historias de la Ciudad de México que seguramente no conocías, las encuentras en La ciudad oculta vol. 2, un libro de Héctor de Mauleón, editado por Planeta. En este primer tomo se narran 500 años de historia desconocidas acompañadas por fotografías de las época para revelar personajes y secretos de la imponente Ciudad de México. Entre sus páginas podrás encontrar historias como: La vuelta de los volcanes, Bocas de púrpura encendida, Breve historia de Tepito; Gentes profanas en el convento y La última cabalgata del centauro. Si te gustó este artículo sobre huellas y las historia de las calles de la CDMX, pero no soportas los textos aburridos, La ciudad oculta vol. 2 se convertirá en uno de tus libros favoritos.

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