La casa de la laguna

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La casa de la laguna
La casa de la laguna

Ya no dices nada, parece que te han comido la lengua. Estás a mi lado en este cuarto frío. Sostengo una de tus manos; delgada y lisa, otra vez tu cuerpo está helado. Esta habitación no te hace bien, te enferma. Estás tiesa sin decirme nada, y yo sólo logro pensar en aquel día de pesca: te ahogabas en ese lago verdinegro, saltaste de la barca sin sentido alguno. Llevabas puesto tu vestido de porcelana, aquel corset blanco -que tanto amo y que hoy llevas puesto, simplemente para hacerme feliz, ya que tú lo detestas, sólo te lo pones por educación, pues yo fui el que te lo regaló- te hundías, no sabías nadar. Yo con mi cara pálida te veía. Tu cuerpo desaparecía, se sumía en esas aguas fangosas, aún no creía lo que pasaba, mis pies se mantenían atados a la barca y mis dedos incrustados a las tablas.

Mientras las ranas croaban, las libélulas aleteaban y todo parecía dar vueltas a mi alrededor. En mis oídos retumbaban los aullidos de la laguna, tú gritabas, pedías mi ayuda. Seguía viéndote, no lograba pensar con claridad, pero te estabas ahogando, así que me tiré. El agua enchinó mi piel, tragué un poco; tenía un sabor amargo. No era tan buen nadador, pero me acerqué a ti y te tomé de la cintura, no sabía cómo evitar que te ahogaras. Me hundías contigo, yo evadía tus manos alborotadas, que se zangoloteaban, y luchaba por no ahogarme junto contigo. Te tomé por el busto, sentí sus curvas y su calor, y lentamente deslicé mi mano hasta llegar a tu suave cuello. Ya no tenías fuerza, no te resistías, tu cuerpo dejo de estar tenso, te arrastré hasta la barca y ésta se balanceó en el momento en que te subí a ella. Estabas agotada. Tus rizos de oro se adherían a tu cara, tu respiración entrecortada, como la luz que entra a esta recámara de sombras.

La casa del lago - la casa de la laguna

Cómo anhelaba volver a ver esos días soleados en este invierno en que estamos viviendo. ¿Hace cuánto no hay calor entre ambos? ¿Cómo llegamos a este pozo de recuerdos? El corcel siempre se ha balanceado en medio del cuarto como si tuviera vida, y aquí junto con él nos hemos venido a sepultar, encerrados con nuestro pasado, como el corcel, cada cuadro, cada muñeco de madera y reloj toman vida. Las pinturas de óleo danzan, la melodía del día, como tú y yo solíamos danzar esas canciones barrocas de la radio ¿Te acuerdas?

Amanecíamos juntos, era mágico despertar y verte a mi lado, con tus rizos de oro brillando por la luz que entraba por la ventana y sin embargo, ¿dónde quedaron todas esas cosas que nos solían hacer felices? La cama, la habitación se han hecho más frías, las sombras devoraron el día, y sólo estas velas alumbran la noche en que nos hemos ido a encerrar. Siento que la recámara se ha encogido con el tiempo, pero ya me he acostumbrado, ya no sé que es realidad. Quizá los paseos por las estelas del bosque y los paseos en remos sólo fueron un sueño. Quizá tus sonrisas y las charlas hasta la madrugada eran nada más lo que deseaba que hubiera entre ambos, sin embargo prefiero creer que existió, que esos días de campo fueron verdad, que los desayunos afuera de la terraza fueron un ritual cada domingo, que los viajes en carretera existieron. Aún así, no lo sé, han pasado ya varios años, que me parecen distantes; irreales aquellos momentos de alegría, en que jugábamos como niños.

¿Existieron? o ¿nos mentimos? ¿Fingimos felicidad pero siempre estuvimos hundidos en esta pestilencia de hogar? Justo junto al lago putrefacto, aislados de todo, hasta de nosotros mismos, y sólo una garza se ha atrevido a venirse a parar aquí. ¿Te acuerdas? Pensamos que detendría nuestra desdicha, que nos tiraría suerte, que de repente todo cambiaría, hasta pensamos en partir, irnos lejos, pero algo nos detenía, nos enraizaba a esta tierra maldita. Y los días pasaron, las cosas iban empeorando. Yo te decía que la garza sólo había traído enojo, tú lo negabas, era tu animal favorito. Decías que era una señal de Dios. ¿Realmente quién sabía?, yo le eché la culpa de nuestra desgracia, y un día, antes de que despertaras, la maté. No teníamos que comer, así que hice de ella un estofado. No comiste, y ahí fue cuando las cosas empezaron a empeorar.

Yo sabía sin necesidad de que insistieras que te estabas enfermando, mas nunca hice caso a tu llanto. Te miraba indiferente. Se volvió un habito. Tú me decías: “esta casa, este cuarto me enferma, este lugar. Vámonos, todo acabara mal”, y yo nunca hice caso. La casa se volvió más fría, más sombría y la maleza que la rodeaba se secó, solo fue cuestión de tiempo, sabía que esa enfermedad te llevaría a la muerte, y así fue. El primer día del año moriste, te encontré tirada en el suelo. La puerta estaba abierta, entraba el frío de invierno, y ahora sin ti, esta casa se encuentra a oscuras. Esa madrugada en la que desperté, nunca sentí tu cuerpo dejar la cama, sólo te encontré tirada. Habías querido salir, y la muerte te había encontrado. Querías tu libertad y sólo la obtuviste en la muerte.

Bello canario sólo ahora veo tu valor, ahora que de ti he creado una escultura. Nunca te sepulté porque desde tu muerte me he atado a ti; mujer que una vez fuiste de carne, me acompañas en mi soledad, pero eres ya de yeso, únicamente debajo de ese yeso estás tú, más viva que antes. Sin embargo sigues fría con esa cara de tristeza con la que se fue tu halo de vida. Yo sigo a tu lado, no me separo de ti, frío, atado a este lago verdinegro, ambos olvidados en esta casa de recuerdos. Mientras el corcel blanco sigue vagando por las noches, aquel corcel con el que llegamos a este lugar, donde enraizamos nuestras vidas, y a pocos días de nuestra llegada murió. Ahora sólo vaga en las noches, regresa su anima por nosotros, aun así quedamos atrapados en esta tierra fangosa, tierra de recuerdos, tierra sin tiempo.

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