
Era una noche de esas en la cuales el clima conspira para que te conviertas en un animal enjaulado. Poco iba sintiendo como crecían en mí las ramas de las impotencia por quedarme encerrado en esas cuatro paredes cuando, como una tempestad dentro de mi techo apareció; era ella, la mujer de la lencería inmaculada. Olía a la primera noche de primavera, ¿qué hace ella aquí?, ¿le debo dinero?, ¿está embarazada?, ¿la golpeó de nuevo el marido o viene a seducirme?, me pregunté, y como no creía que fuera la seducción su intención de estar en mi presencia, tomé un libro de mi estantería titulado: “El arte de ignorar a una mujer”, y me senté placido en el sillón de la sala a devorarlo.
Ella se acurrucó a mi lado y sus piernas torneadas envueltas en esa red de lencería me tocaban los muslos, además, cabe destacar, usaba unos tacones brillantes que no había visto nunca. Eran de un color tan negro y radiante que se asemejaban a las pupilas de un demonio excitado, y no paraba de rozarme con ellas. Yo continuaba leyendo, y en esas páginas venían buenos consejos de cómo sobrevivir a una situación así, pero todas eran para hombres que eran eunucos, ¡maldita sea yo, y mis testículos no cercenados! Estaba perdido y condenado.
Enseguida, esa sensual dama, al notar mi condenación, se llevó las manos a la pelvis, y con una sonrisa juguetona comenzó a deslizar sus panties por en medio de los muslos y a carcajada suelta, con sus labios -los de arriba y los de abajo- rojos como las mejillas de una virgen en su primer beso, y ya despojada de la prenda más íntima que puede haber, comenzó la satánica labor de ondearlos y a apuntarme como si su brazo fuera un arco, y sus húmedas bragas la flecha que cercena, como cupido, corazones; mentes, vientres, y sobre todo, partes duras en forma de palo inerte entre las piernas de los varones.
¿Qué sucedió después? El libro que tomé fue completamente inútil, la mujer fue insaciable, y yo, un simple escritor que usa las mismas ropas negras desde más de diez años, nos embravecimos entre sucios poemas escritos por mí y actuados por ambos; lascivas escenas explotadas, y para el gran finale, ella me exprimió completamente en un abrazo de piernas a mi cintura y un gemido tan largo y fuerte que hizo erizar las plumas de los mismo ángeles. Esa dama luego de llenarse de satisfacción se marchó, diciéndome antes de dejarme para perderse en la noche una sola frase:
“Gracias. Necesitaba desahogarme”.
Benditas las mujeres oprimidas. Y benditos los hombres que no saben tratarlas.
Atentamente: Un inmoral escritor vestido de negro.
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La sensualidad y el deseo no escapan a nadie, pues es éste el que nos lleva hacer todo lo que queremos.
