“Eres una mujer única que el infierno deja ir, así como el cielo no desea aceptar; tus labios son tu firma que vuelven a todo hombre sufrir el eterno deseo”.
Fareno Danngel

Recuerdo esa tarde, el calor era endemoniado, como si el infierno hubiera extendido su terreno a la tierra de los infelices mortales. Me pregunto si el diablo habrá tenido un buen asesor de bienes raíces.
Esa mañana había recibido la llamada de esa joven hermosa; sus labios eran la máxima tentación en su ser y sus besos la firma que te condenaban a desearla por siempre. Ella apetecía beber y olvidarse de los planes que no pudo concretar, y a su vez, estaba determinada a volver una tarde común, en una en la que sacaría el mayor jugo posible, extrayéndolo por su propia mano.
Al verla de nuevo, después de varios meses sin saber de ella, me sedujo al instante: rápido, tajante, sin avisar. Como si su tierna mano blanca se metiera en mis pantalones y me tocara el miembro, flácido en ese momento, pero que entre sus dedos se endurecía. Nos besamos de manera infantil en la mejilla al saludarnos y sin escalas fuimos al bar donde todo daría inicio.
No sentamos y sin que ella se diera cuenta, mis ojos la observaron, la atraparon y la desearon. Sus piernas eran interminables y torneadas, se veían apretadas en la mezclilla, que por suerte la llevaba puesta, ya que sin ella, los jadeantes ebrios de las mesas de a lado se volverían más locos. Tenía un trasero que doblegaría al más casto y su cintura era demandaba abrazarla y sujetarla; sus senos que se resguardaban en la blusa, eran el misterio que hervía la sangre y torturaba mis manos. El rostro, su rostro, ¡Demonios!, ¿qué poeta olvidado en un templo pagano lo había esculpido?
Era blanco, sin maquillaje, con labios rosas y los ojos que eran dos perlas negras que apresaban mi alma cada vez que me miraba, era la cúspide del deseo.
Comenzamos a beber e iniciamos la plática, ella gustaba de mis escritos en demasía, de mis letras, de mis delirios (como éste). Sabía que con las palabras indicadas y la manera de contarle un relato, un poema, o platicarle una anécdota sucia, de esas que las acciones recordadas eyaculan en la mente del receptor, se humedecería. Y no dudé en hacerlo, y poco a poco apreciaba como su rostro cambiaba.
Continuábamos bebiendo y mi deseo aumentaba, me tenía en total perdición; la escuchaba y la tocaba con mis ojos, hasta que ya no pude resistir más y la besé: todo se incendió. Ella respondió con la misma intensidad al chocar los labios, me daba cuenta que me había tardado en hacerlo, que mientras yo esperaba el momento justo para besarla sin parecer desesperado, ella se impacientaba porque no me atrevía a meter mi lengua en su boca. Mordía su labio inferior, ese labio trazado con tal maestría que debía aprisionarlo con los dientes, rozarlo con la lengua y en ocasiones tentarlo con los dedos. Era la única mujer que poseía tal laurel.
El alcohol terminó, pero nuestro deseo comenzaba. Estábamos de pie recargados en los barrotes que separaban la terraza del bar de la calle. El lugar estaba repleto y nos besamos como si no hubiera nadie alrededor; la arrimaba a mí para que pudiera sentir lo que provocaba en mis pantalones, y ella al sentirlo, hacía lo mismo para sentir su humedad. Me gemía al oído, se imaginaba que ahí mismo, en la mesa redonda del bar, la volteaba, le bajaba con fiereza el pantalón, exponía su trasero blanco, firme y redondo al aire y la penetraba a la vista de todos. Y ella clamaba por más fuerte y más adentro, y era música para todo el bar que caldeaba a los presentes, mirando a las mujeres de manera frenética en cada penetración para que sus parejas las tomaran de la misma manera que a ella, como toda mujer desea ser tomada: con calentura urgente, sin avisarle y haciéndola sentir como la mujer más atractiva del mundo.
Pero no sucedió, salimos del lugar y caminamos alejándonos de la muchedumbre.
El día se esfumaba, el sol emprendía la huida al saber las intenciones de los dos mortales llenos de lujuria que caminaban por las calles abandonadas por los demás seres.
Tres largas cuadras tuvieron que lacerarnos en impaciencia para rendirnos a la lascivia.
La recargué a la pared sin parar de besarla, ella gemía y jadeaba, la tocaba dentro del pantalón sintiendo sus pantys empapadas, era como si besara seductoramente mis dedos, esos labios lujuriosos besaban mejor que cualquiera que hubiera sentido; afuera y adentro su olor era cautivador, lamía su lubricación de mi dedo para enseguida ella hacer lo mismo. Su sabor nos encantaba a los dos. Nos poseíamos como si estuviéramos en el cuarto más privado y nadie pudiera vernos. Pero a decir verdad, la adrenalina y falta de moral del sexo en la calle nos prendió de manera demencial. Era exactamente la prohibición, el que no debíamos hacerlo, lo que nos incitaba a llegar al orgasmo.
Y en una esquina, una barda que nos llegaba a la cintura, nos sirvió de escondite de las caderas hacia abajo. Ella desabrochó mi pantalón y sacó mi pene duro y listo, así como yo desabotoné su prenda y en una maniobra, casi circense, la levanté y por fin, después de un año de conocernos y desearnos desde la primera vez que cruzamos palabra, la penetré.
Su beso alrededor de mi piel era como sentir el cielo a través de una abertura hecha en el baño del infierno. Me besaba en los labios y me besaba en mi dureza al mismo tiempo. Ella me abrazaba y me sentía hasta el fondo de su ser, en sus ojos veía la impaciente acción que no habíamos podido realizar, y tras varias veces de habernos visto, por fin la calle nos fungió de cama y las estrellas de cuartel. Los dioses nos otorgaron una tregua de la descarada vida atosigante, y nos embelesaron en un momento de goce en las calles donde sus habitantes caminaban frustrados, oprimidos, cansados y sobre todo, despojados de sus sueños y placeres.
Éramos bienaventurados de ser carentes de moral y de ser un par de jóvenes calientes por igual.
Era una faena que ella, la mujer de los labios perfectos, y yo, el escritor de negro de los relatos indecentes, llevábamos al éxtasis. Sentir su vagina húmeda alrededor de mi pene, en la brisa libertaria de la noche, con sus gemidos y sus besos que me invadían, ha sido de las experiencias lúbricas más excitantes de mis últimos años. Ese rostro hermoso, que los desafortunados, y a la vez, pequeños bribones tienen el deleite de ver sonreír con belleza y juventud envidiable, yo tuve la fortuna, y fui elegido por ella para verlo estimulado, ardiente, perdido en rabia sexual; para sentir su interior en mi exterior escurrir y oprimirme con el único deseo de llevarla al orgasmo, de la misma manera que ella me jalaba a su íntima esencia.
Al día siguiente, después de que las cosas se “normalizaron” en mi cuerpo y ella estaba a cientos de kilómetros lejos en su hogar, seguramente dormida desnuda y complacida, yo volví a recorrer la vía de placer, ¿por qué?, ¿por morbo? Sí, pero mi principal consternación era que aquello que me excitó y me hizo perder el control fue que había tenido sexo en la calle, y tal vez podría haber cámaras de seguridad. Así que apenas al medio día llegué en donde nuestros fluidos fueron derramados y vi con severa ansiedad que esa esquina, esa barda que nos resguardó era parte de un restaurante. Traté, sin éxito, de encontrar alguna cámara que me alertara, pero no hallé nada que pudiera haber capturado la faena nocturna. Eso me sosegó, pero a la vez me defraudó, ¿cómo era posible que no nos hubieran capturado en video? Semejante acto de poesía y visceral comportamiento humano, de entrega e ímpetu sexual, no había quedado grabado.
Estaba molesto.
Tenía que ver de nuevo a la mujer de los labios perfectos para volver a degustarlos y perder la razón de inmediato; ingerir alcohol, seducirnos para fantasear y, en un arrebato de ardor sexual, penetrarla en una calle donde esta vez si existan cámaras y quedé registrado cómo dos personas libres hacen lo que todos los prisioneros comunes que caminan todos los días sobre ese asfalto se prohíben.
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