La Mujer Diablo

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por septiembre 6, 2016
La mujer diablo
La Mujer Diablo

El siguiente cuento erótico pertenece al autor Fernando Ángel Lara 

La mujer diablo - la mujer diablo

Había conocido a la mujer diablo, una  desgraciada que había soñado durante tantas noches. Tantas malditas pesadillas en las que me había mutilado, y ahora había osado en materializarse. Tenía ojos negros de gato. Y un cuerpo que insultaba a todas las mujeres que se postraban a su alrededor, era como si Lucifer la hubiera creado con una mano en la entrepierna.

Había llegado a un bar, pedí mi cerveza y ella ya estaba ahí esperándome. Tenía en su mesa varios tarros de cerveza vacíos, eran de todos los calientes cavernícolas que habían sido presa de su cuerpo y se los habían mandado. Uno que otro atrevió a entablar una conversación, pero todos habían sido rechazados. La mujer diablo no tenía que decir palabra alguna para botarlos, simplemente los miraba y ellos huían con el pito entre las patas. Esa mirada que les había echado, era la mirada que todo hombre buscaba cada noche que salía a un bar en busca de un coño, pero en el fondo todos eran cobardes. La mujer expresaba un deseo incontenible y ellos, como todo fanfarrón, no sabían qué hacer cuando una mujer embestía con ansía y con gran apetito feroz de carnalidad.

Yo estaba temblando detrás de mi tarro de cerveza a unas cuantas mesas de ella. Me hacía pendejo, llevaba en mis manos un cuaderno para hacer anotaciones, pero no las hacía, sufría de un episodio de síndrome de la hoja en blanco. Sólo tenía la cabeza agachada, la pluma en la mano y mis ojos sobre la página. Como ya dije: me estaba haciendo pendejo. Y todo esfuerzo de esquivar su mirada fue inútil. Ella se levantó y se dirigió a mi mesa con dos tarros de cerveza, seguida por las miradas de todos los presentes que jadeaban convulsos. No sé para que la miraban, no sabrían que hacer con una mujer de su talla…ningún hombre, en realidad, tal vez una mujer sí. Se sentó a mi lado y dijo:

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-Deja de hacerte pendejo. Bébete está cerveza y vámonos.

No existía poder alguno que pudiera desobedecerla. Así que nos bebimos nuestros tragos y partimos.

Llegamos a su casa. No era nada fuera de lo común, entramos y enseguida me llevó a la cama. Estaba que me moría de miedo, sentía en mi estómago una adrenalina mal sana, no sabía si me iban a reventar las tripas, o me iba a cagar en su cama. La cual poseía unas impecables sábanas blancas.

-Bájate los pantalones y quítate la ropa interior -me ordenó con impaciencia.

Obedecí y ya estaba sin nada de la cintura para abajo.

-Póntela dura –con voz autoritaria y sedienta de lujuria me indicaba la siguiente orden.

-No puedo, no es tan fácil –con miedo a una represalia le hice notar.

-No puedo creerlo, tienes razón. Estás flácido. Normalmente todos los hombres la tienen dura de sólo pensarme, y al verme eyaculan en sus pantalones.

Eso explicaba el áspero hedor a guayaba en el bar.

-Supongo que tendré que darte un incentivo -dijo ella con la voz más sensual de todos los infiernos.

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Así que lo hizo, sí. Me dio un gran incentivo. Puso sus delicadas manos en el borde de la blusa y comenzó a levantarla, no llevaba brasier, y el resorte de la blusa se atoró por unos segundos en sus espléndidos senos. Los cuales eran dos monumentos a la perfección exagerada en una mujer. Dos senos que habían hecho arder cientos de civilizaciones, que habían hecho que algunos mataran al prójimo por tan sólo echarles un pequeño vistazo. Cerró sus lascivos ojos cuando pasó la blusa por encima de la cabeza dejando caer el cabello. Por unos instantes dejó de ser la mujer diablo para convertirse en un poema, un poema húmedo que escurría su liviandad por todo el cuerpo…y el mío. Después se bajó las licras y me mostró su redondeado trasero firme. Llevaba unas bragas de lencería de encaje excepcionales con un coqueto moñito en medio de esas nalgas. Y al abrir los párpados, encajó sus ojos directos a los míos y a mi cosa.

-¿No te has corrido? Sorprendente. Con el último hombre que hice esto se vino como si abrieras una manguera para apagar un incendio. Sin mencionar que vomitó por el mareo que le causó experimentar tan intensa excitación.

Yo no decía nada. Lo único que podía hacer era mirarla con el corazón acelerado y la cabeza hinchada.

-¿Quieres cogerme? –me inquirió con algo de duda en su voz.

-…sí -respondí de inmediato.

-Qué pésimo entusiasmo tienes. ¡Dilo como si lo desearas! ¡Cómo si de verdad me desearas!

-Sí.

-Dilo de nuevo. ¡Cómo si desearas cogerme con furia, golpearme, jalarme el cabello mientras me penetras por detrás! ¡Cómo si desearas cachetearme y ahorcarme mientras brinco sobre ti y entras en mi cuerpo! ¡Cómo si anhelaras verter tu semen caliente sobre mis senos y mi rostro! ¡DILO!

-¡SÍ! –grité como si hubiera lanzado un grito de batalla. ¡Como si yo fuera quien ordenó invadir babilonia! ¡Como si yo fuera el mismo Lucifer gritando al tener su primer orgasmo después de abusar de una angelita detrás de unos pilares celestiales en el paraíso a espaldas del Señor!

Había sido el SÍ más potente para poder arribar hacia el sexo opuesto que había expulsado en toda mi enmarañada vida. Así que la mujer diablo me miró, con sus senos perfectos también mirándome a través de los pezones erectos, y me dijo con una sonrisa seductora:

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-Ya no quiero. Guárdate tu cosa, súbete los pantalones y lárgate.

Y sin hacer escándalo o rogar, ya que yo jamás había rogado en mi vida, y menos por sexo, partí de su casa.

Todo el camino hasta mi hogar fue un martirio, sólo comparado con la pasión del cristo, pues los latigazos que a él le habían propinado, yo los sentía en el pantalón. Caminaba duro, no se había bajado la erección, y me latigaba a cada paso dado. Sentía en mi cabeza hinchada una corona de espinas que lentamente me bajaba por el tieso cuello.

Pinche mujer diablo, era más de mi agrado cuando sólo aparecía en mis pesadillas. No tenía sexo con ella ahí tampoco, pero por lo menos amanecía corrido.

**
La sensualidad y erotismo es una de las cosas que más se disfrutan y que deben explorarse, por esa razón te compartimos algunos poemas eróticos que harán temblar tus piernas.

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