Desde pequeña, Virginia Woolf estuvo rodeada del mundo de las letras: su padre fue crítico de literatura y editor de The Dictionary of National Biography, por lo que tenía una extensa biblioteca que podía consultar cuando le complaciera; sin embargo, en la época victoriana, las condiciones educativas entre hombres y mujeres eran desiguales, y aunque por las mañanas Virgina podía estudiar griego o pintura, por las tardes debía dedicarse a tareas más “adecuadas” como servir el té o simplemente sonreír a las visitas.
Su obra comenzó con crítica literaria y artículos publicados en periódicos de renombre como The Guardian. En 1912 se casó con Leonard Woolf y fundaron la editorial The howarth press. Su obra se caracteriza por cambiar la manera en la que se escribía en todo el mundo, pues incorporó una nueva “linealidad” de la narrativa. Al igual que el movimiento Bloomsbury, Virginia Woolf utilizó el flash-back o analépsis, para mantener el suspenso del relato.
Otro de los grandes logros de la escritora fue la publicación de ensayos que empoderaban a la mujer, en especial su texto: Una habitación propia. Gracias a esto, Virginia Woolf se proclamó como una de las principales promotoras y símbolos del movimiento feminista.

Sufría desorden bipolar y se dice que cuando entraba en colapsos nerviosos, las crisis de delirio le hacían perder la conciencia de la realidad. Muchas veces, esas crisis coincidían con los momentos en los que estaba por finalizar sus novelas, por esta razón, Woolf incorporó, en repetidas ocasiones, traumas psicológicos a sus personajes, como Septimus Warren-Smith, quien sufre neurosis de guerra y termina cometiendo suicidio.

Al igual que su personaje, Virginia Woolf decidió acabar con su vida. Había terminado su última novela: Between the acts, y sufría una profunda depresión. El 28 de marzo de 1941, a las once y media, hacía frío y Virginia caminó hasta el río Ouse, apoyándose en su bastón. Llenó su abrigo con piedras y se sumergió en las profundidades del agua hasta no respirar más.

Antes de morir, Virginia escribió una carta a su esposo. Así fue como se despidió de quien amó tanto y de quien creía obstaculizar con su enfermedad:
“Querido:
Estoy segura de que estoy enloqueciendo de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. No creo poder recuperarme esta vez. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido lo mejor que nadie puede ser en todos los aspectos. No hay otras dos personas que puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.
V”.
