
Juanito era una niño que rezaba todas las noches, y lo único que pedía era que su tío Ignacio lo dejara de violar. Y su voz fue escuchada.
El tío Ignacio había abandonado el sacerdocio y ahora daba clases en La Salle, donde se caracterizaba por su buen vestir, su buen hablar y sus buenos modales. Citaba puntualmente los evangelios canónicos e impartía la materia de “Ética y Valores”. Era muy estricto y eso lo agradecían los padres de los chicos, quienes veían en el sacerdote retirado el mejor criterio de enseñanza para sus hijos. Disciplina, obediencia y adoctrinamiento religioso, la receta para dichosos críos. Sin embargo, cuando salía de la escuela y llegaba a la casa de su hermana (donde se hospedaba), aprovechaba cualquier oportunidad para abusar de su sobrino. Todos los días lo llevaba a la iglesia y le agarraba la pierna mientras se daba la misa. Juanito no podía hacer nada, sólo rezar por las noches para que todo se terminara.
Una noche su madre tuvo una cita y, como siempre, el tío Ignacio lo cuidaría, empero, Juanito ya no lo permitiría. Se encerró en su cuarto y le puso llave, contra la puerta puso una silla y un buró para apoyarse. También empujó otro mueble y se arrinconó en su cama tapándose hasta la frente. El silencio exaltaba el fluir de su sangre, el fluir de su alma y temblaba rezando para que no sucediera nada. De pronto la puerta de su cuarto fue golpeada, brutalmente profanada y sus barreras derribadas. El tío Ignacio se asomó y con sonrisa diabólica lo amenazó. Juanito, asustado, abrió la ventana de su cuarto, y aunque de la calle estaba a gran altura, prefirió cualquier fractura. No obstante la fuerte caída, Juanito corrió en su huida mientras su tío gritaba desde la ventana que lo perseguiría.
La caída lastimó seriamente a Ignacio, quien cojeando en el camino vislumbró a la distancia el mercado y en sus puertas a Juanito, frunció el ceño pronunciando la vista y, con el odio que recordaba su niñez en España, persiguió al niño recordándose a sí mismo los abusos de supuestos santos con sotana.
La reja estaba puesta y sólo un niño podía atravesarla, por lo que Ignacio decidió, en la furia contenida de su mente, recuerdos y trauma, escalarla y brincarla. Ya arriba observó a Juanito, corriendo en su huida por los estrechos pasillos, y bajó de prisa. Sabía que Juanito ya no lo ocultaría, ya no le temería y, luego de que se supiera todo, el mundo se le vendría encima. Corrió por los pasillos desesperadamente y finalmente lo encontró, hincado y rezando frente al altar religioso del mercado. Ignacio lo tomó violentamente por el brazo y, jaloneándolo, lo amenazaba que no dijera nada. Cuando todo parecía perdido para el niño, finalmente se cumplieron los rezos de Juanito.
Una mujer detuvo el brazo de Ignacio por la fuerza y golpeó su rostro para someterle, echarle sus brazos por la espalda y atarlo como delincuente.
—¡Dejadme, joder! —dijo protestando hasta que se dio cuenta de quien lo estaba sujetando era La Virgen del mercado. Con dureza levantó a Ignacio del suelo y lo colgó en la reja, luego cargó a Juanito y la saltó de un brinco. Ambos se fueron volando por el viaducto Nuevo Hidalgo.
Juanito abrió los ojos y estaba acostado en su cama, su mamá estaba a su lado, le pidió perdón y juró que jamás volvería a dejarlo solo con su tío, quien en esos momentos ya en la agencia del ministerio público se encontraba detenido. Juanito preguntó qué había pasado y su madre contestó que su tío lo había golpeado, perdió el conocimiento y hubo escándalo, los vecinos la llamaron y, aparentemente, eso fue todo lo que había pasado. Sin embargo, eso no fue lo que Juanito había experimentado.
El tío Ignacio ingresó al manicomio jurando que La Virgen del mercado lo había castigado. Sólo se la pasaba gritando que le sacaran de su calva los demonios de sus actos.
