Hay un ladrido que rompe la pesada noche, hay fantasmas que se hacen a un lado, sumen la panza y se paran de puntas para no romperse también. Hay puntos cardinales desorientados en la negrura del cuarto, están perdidos y con leves silbidos se van organizando entre ellos.
Con el eco roto y entrecortado las paredes zumban como colmenas del desierto africano, los hombres que se esconden en el suelo como gusanos, se mantienen cuerdos escuchando el ¡tic,tac! de sus corazones blandos. Se lavan la cara y las manos con los charcos de orines y de su propio llanto. Hijos, ¿hijos de quién? ni aún la placenta se han limpiado, se calcinan de pies a cabeza con la palabra “cambio”.Cambiar la forma de ver el mundo, cambiar los nudos y los barcos, cambiar y nacer viejo haciéndose cada vez más pequeño, respirar más que el suave aliento y ver, sentir a nuestros corazones recorrernos todo el cuerpo. Volvernos piedra y polen, hacerle el amor a otro no con la verga ni sudando el cuerpo, volvernos ese amor y regresarlo a cada criatura que ocupe espacio y tiempo.

