Las ciudades se componen de formas humanas, como nos lo describe Ulises Franco en el siguiente cuento:
No había trazos rectos en el turbio rostro de la ciudad: bordes, desfiguros, cortes distraídos y egoístas eran lo que le daba personalidad a ese rostro cansado y muerto. En las calles los cabellos corrían como un violento río que no traía nada sano consigo. Los insectos siempre apresurados deambulaban sobre ese rostro escaso de gesticulación. Justo en medio de la cara subía una extensión al cielo, respirando una asfixia por librarse de su ámbito. No era una nariz. Era un hermoso y atractivo seno bien formado. Con el pezón pinchando un cielo nocturno y algunas veces de ese pezón salían las estrellas, la luna siempre era la última en aparecer; un erótico y bello espectáculo. Más abajo, las casas descompuestas de una comunidad que se quiebra como el seco lodo en la mano, tomaban por asalto su propio escenario y se perdían de tan atrevido acto de la naturaleza. Así la nocturnidad era a medias y los astros celestiales ni adorno llegaban a ser.

En el centro de la urbe la gente se divertía con esa ligereza atrayente de la muerte. Los transeúntes se buscaban a tacto, se encontraban, se entregaban pero sólo a medias. Un rostro a medias. El centro era la sensación, quizá porque todo lo atractivo se concentraba allí y su singular figura de boca entreabierta, de forma inconsciente, atraía al deseo desmedido.

A orillas del conglomerado de casas, edificios y negocios, vivía la gente más excéntrica del lugar. Poder disfrutar de su propia vida, implícitamente era algo extravagante. Un pleonasmo. Casi a diario, ocupando un tercio de noche, las nubes llegaban con sus violines, órganos, trompetas, trombones y demás instrumentos para hacer su salvaje concierto. La semana anterior fue dedicada a Tchaikovsky. El público, complacido, festejaba cada cierre con letras y suspiros largos bajo un manto acuático. Esa gente era la que vivía en los pies, las más ricas tenían sus pent-houses en los dedos, casi en el barranco que daba a la libertad.

Los menos afortunados colgaban sus sueños en casas que eran dos habitaciones conectadas a un baño. Apenas y tocaban su cama, poco saboreaban su comida. Vivían en el trasero. Los industrializadores los seducían para explotarlos y fornicarlos. Ya pasando eso eran los molestos, los hijos del caño por vivir tan cerca de la mierda.

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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a João Calafate Figueiredo.
