Era un día soleado y caluroso, un tipo de clima que no se asocia con los funerales; a mi alrededor un par de familiares que reconocía lloraban la pérdida con otro par de familiares que nunca había visto, cumpliendo con el protocolo, las reglas no escritas de llevar ropa negra para hacerse saber que hay luto.
Algunas personas lloraban simplemente porque es esa reacción la que se espera en las personas que guardan afecto por el cadáver; otras más deseaban parar de hacerlo.

Vi a lo lejos al abuelo, nuevo viudo, con lentes negros para el sol, casi completamente sereno; lo único que estorbaba a ese estado, tan buscado por las personas espirituales, era el menú elegido para el funeral.
–¿Hojaldras y café con este clima tan sofocante? –lo lograba escuchar.
Primas y primos hablaban sobre lo dulce que había sido la abuela al cuidarlos, exaltaban su sazón, su calma y cuidados; entre las tías y tíos hablaban sobre lo mucho que extrañarían a su madre. También llegaba a escuchar comentarios sobre el terrible mal que terminó con la abuela, cáncer de mama; sobre lo que se pudo hacer para mantenerla con vida: medicina naturista, más o menos quimioterapias, paseos para que olvidara su condición de enferma.
Yo pasaba pequeños ratos en cada grupo, pero cuando comenzaba la presión por actuar de la manera esperada, en este caso, demostrar la tristeza que debían tener todas las personas en ese funeral, me iba discretamente; por más café, a usar al baño, a saludar a quien acababa de llegar, etcétera.

De repente me sentí extraña entre los recuerdos y las anécdotas que evocaban a la abuela. A mí no me gustaba todo el repertorio de su cocina; sí recordaba atenciones dulces, pero también gritos, comparaciones entre primas, la competencia por su atención y tristes historias contadas por mi madre. Sentía a los demás hipócritas, tratando de forzar emociones que no sentían y, lo peor, lo que realmente mató en espíritu -su esencia- se replicaba en su funeral.
Nadie habló de la violencia y dolor que vivió al lado del abuelo; casi 50 años de golpes, infidelidades, acoso sexual y vejaciones que se vivían al cerrar la puerta de la casa. Tampoco escuché hablar de sus raíces indígenas, del pueblo donde nació, de la lengua que le ayudó a expresar su forma de ver el mundo hasta antes de salir de la zona rural, de las costumbres que tuvo que “olvidar” porque le estorbaban en su nueva faceta de esposa citadina.
–Los jóvenes deberían aprender de Don Pedro y Conchita, tantos años de matrimonio y la hermosa familia que crearon –es el comentario que sí escuché, más de una vez.

¿Es en serio? pensé, ¿Ni en su condición privilegiada por ser la difunta de éste funeral puede estar a la par del abuelo? ¿Por qué no hablar de Pedrito y Doña Concepción? Minimizarla en su propio funeral.
–Se ve dormidita, muy linda… tranquila –me dice la señora de cabello gris con arrugas marcadas alrededor de los ojos, la eterna vecina de la abuela y el abuelo.
–¿Le parece? –pregunté con la mirada firme, la vecina se me quedó viendo algo desconcertada y luego ofendida, dio media vuelta y se fue. Al verla alejarse, me pregunté cuántas veces llegó a oír golpes y gritos, súplicas para que la violencia cesara.
No es un secreto que la vida en ese matrimonio fue todo, menos amorosa, leal y feliz; una unión que se alejó mucho del respeto básico a la dignidad humana. No sólo fue la violencia en casa lo que destruyó la vida de la abuela, las constantes aventuras del abuelo que a veces terminaron en una relación a distancia, incluso con otros hijos, o las migajas de amor que ella recibió en 50 años; había algo más que le hería la vida.

Donde ella nació se empezaba a beber pulque antes de mudar los dientes de leche, lavar la ropa y bañarse en el río eran parte de la cotidianidad; trenzar el cabello de las mujeres, utilizar ‘yerbas’ para aliviar malestares, acarrear agua y sacarse los zapatos mientras se come.
Ese era su mundo, plagado de sencillez y carencias económicas que no notaban, ya que no había algún punto de comparación. ¿Cómo saber que te falta luz eléctrica si desde el día que naciste y hasta antes de migrar a la ciudad, no sabes lo que es prender y apagar la luz?
El día que marcó un antes y después de ese mundo fue el día que su padre murió; las yerbas y el curandero habían agotado todos los recursos disponibles para sanar ese cuerpo, designio del destino o falta de atención médica especializada. Huérfana de padre y abandonada por su madre, llegó a la ciudad. Aquí tomó conciencia de lo diferente que había sido su vida, no era lo mismo bañarse con la temperatura regulada por el calentador que caminar 15 minutos para conseguir el mismo fin. Regresar al pueblo empezó a significar un retroceso. ¿A qué regresaba? Casi todos los animales que la familia había conseguido criar se vendieron para el entierro de su padre y semanas después de enterrarlo la comida había dejado de llenar en el plato, por más plantas y granos que consiguieran.

No me sorprende pensar que la dependencia desarrollada por la abuela a su marido no sólo fuera provocada por un retorcido sentimiento de amor, sino también por la certidumbre económica y afianzado por un estatus social, el cual se pagaba con el alma. Mi curiosidad por saber de ella empezó durante un viaje a un pueblo no tan lejano a la ciudad; en el camino mi mamá tomó una olla del puesto de un vendedor y aseguró que cuando se cocina en barro la comida sabe diferente.
–¿Y cómo sabes eso? –pregunté.
–Es lo que decía mi mamá, cuando tus tías y yo estábamos con ella a solas, en la cocina –me contestó.
Me inquietó saber que se los contara como si se tratara de un secreto. Había más anécdotas como ésta, de cómo la abuela cantaba en la lengua de su pueblo cuando se sabía sola, cómo se comunicaba con otras personas de su etnia cuando se topaba con ellas.

–¿Y nunca les enseñó esa lengua? –le pregunté un día.
–No, cuando mi papá y mi abuela la escuchaban, la callaban.
Un día, aprovechándome de su condición de enferma, me ofrecí a cuidarla mientras le suministraban calmantes para el dolor; sabía que ella era muy hermética, así que esperaba que los sedantes funcionaran como una especie de “suero de la verdad”. Ese día me contó su breve historia; en algunas partes cerraba los ojos, cuando la vi tan cansada, arrastrando las palabras, ya no quise seguir. Me sentí mal por haber conseguido lo que quería, motivada por el morbo y no por el hecho de querer conocerla mejor.
Ella y yo no éramos tan cercanas, no como lo era con mis primas y primos, pero ese día eso cambio. El cáncer no tenía más remedio, estaba incrustado en el cuerpo, la detección fue en una etapa tardía; en poco tiempo ella estaría muerta y yo apenas la había descubierto, entonces me aferré a la idea de recordarla como persona, sin beatificarla en mis pensamientos, aceptando las partes buenas y las malas.

Al salir de mi retraimiento, me di cuenta que el funeral finalmente estaba terminando; algunos familiares me miran extrañados porque no me vieron llorar, y me quedo tranquila con la decisión de no hacerlo si no me nace. Tranquila porque podría apostar que la mayoría de los que estuvieron aquí se fueron con la idea del cáncer como causante de la muerte de la abuela; y yo me fui sabiendo que una parte de ella ya había muerto en vida.
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