Anoche llegué a casa. Un martes que como cualquier otro, después de un largo día de trabajo, me desmaquillé, me puse ropa cómoda y me recogí el pelo. Para variar, la cena no estaba hecha. Con mis pocos dotes culinarios, lo más fácil y rápido me parecieron un par de quesadillas. Después de un rato de hacer zapping, y un sinfín de programas sin sentido, fue hora de irse a dormir.
Por tercera vez consecutiva en la semana, el sonido proveniente del piso de arriba no me dejaba dormir. Los breves pero repetidos pasos me recordaban al sonido de las canicas al tirarlas al suelo que de pequeña tanto me reprimían.
Los golpes se hicieron pasos, y escuché lo que tras una reprimenda pudiera haber sido un llanto. Toda la noche, sin cesar, lloró la criatura. Para mi desgracia hoy amanecí cansada, estresada, y con ganas de exigirle al vecino que controlase a su hijo. No podría seguir una noche más así.
Después de saludar a Juan, el conserje, y que él me contestara con su –buenos días señorita– de siempre, procedí a relatarle el porqué de mi insomnio. Frío como siempre, pero tembloroso como nunca, me contestó que arriba no vivía nadie.
