A lo largo de mi vida colgaron de mi brazo y de mi lengua hombres como plantas angiospermas, que son las que vienen con una flor de regalo, con la que me enamoraban por meses o años y que al final se marchitaba perdiendo toda su belleza y su gracia ante mis ojos.

Las cualidades que les encontraba me hacían verlos llenos de vida, de formas apetecibles, distintas (confundir bizarro con distinto es un error frecuente) y maniáticamente incomprendidos. Con cada Angiosperma que conocía me encarnaba en ese botánica que entra en éxtasis ante una flor nunca vista que se llena de ilusiones al sentir que puede romper el mundo con tamaño descubrimiento. La fe en la ciencia y la fe en el amor se parecen un montón: se emplean al completo para dar con un hallazgo, pero luego lo que hay es un marcador: unos descubren y brindan, y otros descubren que no han descubierto nada y se pueden largar a llorar al laboratorio.
Me topé y elegí hombres con un cerebro portentoso, yoguis porreros antisistema, humoristas que llenaban teatros, millonarios interesados por la bohemia o chicos apolíneos que me dejaron petrificada en aeropuertos y que serían el sueño de cualquier adolescente hormonada. Todos me parecieron, en algún momento, válidos aspirantes a mi corazón; les ensalzaba sus virtudes, sus difíciles excepciones, sus inconfesables delirios, y los empecé a disculpar cuando pillaba por descuido algunos de sus fallos de diseño. Esas plantas olían bien, a veces, pero de repente empezaban a coger un aroma podrido al que costaba acostumbrarse.

Daba igual el lugar donde hubiesen sido criadas, ya fuera en el Viejo o en el Nuevo Continente, en su moderno intento para amarme olvidaban de lo que yo estaba hecha y empezaban a descomponerse en actos como estos: Uno me regalaba camisas de hombre para salir a la calle, otro me espiaba a través de su teléfono y me hacía tablas de Excel para entender mis horarios de la carrera para aumentar mi productividad, y un tercero, el Adonis de película, me esperaba con las luces apagadas en su carro para confirmar que iba a mi casa.
Los brillantes, que también se acercaron a mí por contraste, fallaron por su excesiva destreza neuronal. Estos pensaban tan rápido que se olvidaron de sentir y tenían la costumbre de clasificar a las personas por su velocidad de abstracción matemática. Por supuesto, según sus baremos, una persona con mis aptitudes será siempre un poco tarada porque las palabras no son exactas, ni precisas, ni se ordenan simétricamente en ningún sitio. Comían pasta encima del portátil, tenían informatizada hasta la chimenea y sentían fascinación por las caricias binaurales de las grabaciones ASMR en Youtube, con las que hicieron competir a mis manos alguna vez.
Pasé años oyendo sus yemas golpeando como cyborgs el teclado numérico. ¡Recuerdo más sus dedos en acción que sus piernas en movimiento! Unos pontificaban con corbata, otros disimulaban con cerveza y Marlboro su poca fe en una carrera como la literaria, y entre todos me hicieron la catequesis de que letras y los números eran inversos; lo que en el lenguaje de finanzas venía a ser: escribe mucho y comerás poco.
También tuve amantes tontos, quienes me enternecieron, aunque estuvieron muy cerca de asesinarme. Uno provocó un incendio por querer ser romántico con una fogata a la que arrojó alcohol para sofocarla en medio del campo; otro casi me sepulta en su carro porque juraba, viendo al cielo –siendo ateo-, que conducía mejor borracho, y hubo otro que me hacía revisar el parabrisas de mi papá porque tenía la costumbre de ponerle notas para protestar por los castigos medievales que experimentaba conmigo, su hija díscola, aunque él hubiese sido revolucionario a los veinte años.

Daba igual su IQ, su carrera, su partido político o hasta sus modales en la mesa. Descubrí que todo esto podía manejarlo. No importaba si el Angiosperma besaba frío o caliente, si introducía la lengua hasta masajear el esófago, si fumaba o tomaba café, si tenía los dientes perfectos o más amarillos que mi funda de almohada. Pude tolerar cuanta prueba me echaran con más o menos sentido del humor.
Incluso, si no era el más hábil en la cama, situación que podía ser triste y limitante; podía tener solución con paciencia y cariño, toneladas de cariño había que echarle a los amantes con poca creatividad, con cero dones amatorios, porque en el amor todo se va construyendo y se va olvidando por el bien de la pareja que se desea tener en ese momento. Pero… ¿Por qué coño tenía que justificar una pareja que no funcionaba? ¿Por qué tenía que esforzarme por amarlos? ¿Por qué sintieron que tenían que corregir mi destino? El remedio pasaba por coger el mismo teléfono con que me espiaban y decir: mujer, me gustas mucho, me encanta la pasión que tienes, pero no me veo pasando el resto de mi vida con una escritora. O tal vez: “tu seguridad me apabulla, quiero una compañera más casera, más tranquila y que no diga esas cosas por esa linda boquita con la que horrorizaste a mi abuela”.
Y en mi caso, confesarles que ni los edificios térmicos, ni el billar, ni la realidad aumentada, ni la música disco japonesa, ni los cachorros labrador, ni las clases de salsa, ni el diseño de videojuegos, ni tomar cocteles en un parque para ver gente guapa eran mi pasión, y que ni la más amable de mis intenciones era ni ha sido nunca la de ser políticamente correcta.
Luego vi la importancia del árbol genealógico. Ninguna de sus mamás me pareció un modelo aspiracional; pues ya por aquel entonces sabía que la suegra muchas veces sirve para ver lo que ese hombre desea, ama, anhela y también para saber de qué pie puede cojear. Si la suegra en cuestión es terrible, hay que ponerse los tennis y correr porque luego no habrá tiempo, pues mi biografía será su obsesión, mis hijos serán sus nietos y mi esposo para siempre el retoño Angiosperma que yo le arrebaté. Las suegras deberían estar prohibidas por ley.
Seguí con cada uno de ellos por mi fe ciega, porque la vida la vine a entender con treinta y cinco, antes sólo estaba haciendo prácticas.
Así que hoy, casi dos décadas después de salir con mi primer hombre, descubrí que lo que les pasaba a mis Angiospermas es que no leían. Por acercarse a mí me pedían que les hiciera un resumen del libro que estaba terminando y su única fuente de conversación eran los titulares de prensa, los créditos del noticiero o sus revistas dedicadas al motor, la informática, la ciencia o el deporte. Tenían una cultura cinematográfica y musical que les permitía jugar al Trivial, pero no abrían un libro ni porque les cayera del cielo y tampoco les hacía falta comprarlos.
Hoy no les perdono que vivieran en el mismo mundo que yo, pero que le hubiesen arrancado la literatura. Y que por eso lo juzgaran sin letras, que lo administraran por diminutas construcciones desde sus ombligos rastreadores de éxito, buscadores de mejores empleos, de restaurantes de lujo o de bares para sentirse libres. Pero, ¿quién los iba a convencer que un libro libera más que una borrachera?
No les perdono que no supieran que Mutis era un autor y no un insulto, o que Bukowski no es un bar de Malasaña, que escribieran mensajitos con pésima ortografía y no se les cayera la cara de la vergüenza al no saber la diferencia entre a ver y haber.
Desconfío desde siempre de los best sellers, pero mi desconfianza se vuelve dañina cuando veo que el hombre que yo quiero se compra un diccionario para ser imbatible en ventas y en carisma empresarial, mientras yo elijo pasarme días leyendo a Vallejo, un libro que calificó uno de castigo.

Ahora tengo mucho cuidado con los hombres cuentapáginas: esos que no dicen el nombre ni el autor, sino que hablan de las 700 páginas de una novela como si fueran abdominales; o que aconsejan libros porque son delgaditicos (sic). Es preocupante darse cuenta que algunos de mis hombres floridos sólo tuviesen los libros de la carrera, libros de súper ventas en su cuarto, o lo que es peor: sólo mis libros en sus librerías. Mi padre decía que se podía saber todo sobre una familia mirando su estantería. Si sólo encontrabas las Páginas amarillas tenías que salir corriendo. No le hice caso. (Una vez más).
Perdonar la no lectura es perdonar la ignorancia y ser su cómplice. Si no lee no comprenderá el mundo de las que leen, ni su velocidad, ni la belleza de lo que no se puede tocar ni comercializar. No sabrá que somos nuestras lecturas, y éstas se convierten en recuerdos de máxima ayuda. Los que leen luego pueden citar, los que no leen sólo pueden colar refranes y, como diría Caballero Calderón: el refrán y el lugar común sustituyen al pensamiento personal. No me atraen los Angiospermas que se explican siempre por medio de refranes, ni las personas que asumieron en la adolescencia que la riqueza lexical nunca estuvo de moda y se quedaron diciendo la misma palabra para cada cosa que ven, sin siquiera ser conscientes de lo que están diciendo.
Estos hermosos Angiospermas tan excepcionales, jamás entendieron que la literatura no conoce de lectura transversal, ni de sondeos generales, mucho menos de sinopsis o de factores de rentabilidad. (Así ven el mundo algunos editores y algunos agentes literarios, a los que tampoco se les puede perdonar su afán recaudatorio y su sed por destrozar esta profesión).
Y yo tenía que haberles explicado que lo mío no era una pasión adolescente, como ellos pensaron. Lo mío fue una enfermedad. Y creció. Si supieran que ahora me gasto el 50 por ciento de lo que queda de mi sueldo en librerías, que voy con todo mi cupo de maletas siempre llena de libros, que prefiero estar en una biblioteca antes que en un club social, y que he podido entrar por Aduana hasta 250 ejemplares, jamás habrían estado conmigo regalando su marcesible ofrenda. Pero como ellos no leen, jamás se enterarán de lo que pienso.
